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Un cuento real

Una ceremonia sobria reunió a casas reales, aristócratas y destacados miembros de la clase media británica

  • ÍÑIGO GURRUCHAGA . COLPISA. LONDRES
Publicado el 30/04/2011 a las 01:04
El príncipe Guillermo y la que ya se conoce como princesa Catalina -aunque no es ése su título oficial- se dieron ayer el "sí, quiero" en una ceremonia sobria celebrada en la abadía de Westminster, en pleno centro de Londres. Dos horas más tarde, ambos se daban el esperado beso en el balcón del palacio de Buckingham, breve pero doble.
El desvelamiento del vestido de la novia, diseño de Sarah Burton, joven asistente del fallecido Alexander McQueen, mostró en el inicio de los actos el equilibrio entre los gustos de los contrayentes y su papel constitucional. No tan ampuloso como los desplegados en precedentes bodas reales, el vestido contenía en los bordados del tejido de encaje que cubría sus hombros los emblemas forales de las naciones británicas: Escocia, Gales, Inglaterra e Irlanda del Norte.
En la disposición de los bancos de las familias, ya en el interior de la abadía de Westminster, quedaba para la historia la imagen de un linaje real con las damas ofreciendo su porte inmutable y los caballeros, uniformes militares y profusas condecoraciones, mientras al otro lado de la alfombra roja se alineaban hombres y mujeres de clase media.
En la congregación, invitados de organizaciones caritativas que apoyan Guillermo y Kate (desde ayer duques de Cambrdige) y amigos de los novios que pertenecen al mundo de los famosos -el matrimonio Beckham, el músico sir Elton John, el cómico Rowan Atkinson - se mezclaban con políticos y autoridades y miembros de familias reales extranjeras.
Los uniformes de Guillermo -de los Guardias Irlandeses- y de su hermano y padrino, Enrique -de los Azules y Reales--subrayaban la alianza de la monarquía con las fuerzas armadas, cuyos miembros, de numerosos regimientos, incluidos el del Aire y el de la Caballería en los que sirven ambos hermanos, formaron a lo largo de la procesión.
Gran expectación
En el recorrido entre la abadía y el palacio de Buckingham se habían congregado desde las primeras horas de la mañana miles de personas, entre las que había turistas y una variedad de banderas, pero que en su mayoría eran británicos que crearon una atmósfera alegre: mujeres mayores que lucían tiaras de calamina, chicas jóvenes vestidas de novias, hombres con bombines de papel. Hacia las ocho de la mañana, cuando el público aún no se esforzaba por identificar a las familias reales europeas que recorrerían la gran avenida The Mall en minibuses con cristales ahumados, el hijo de un exiliado español, Michael Portillo, que en los años noventa del siglo pasado aspiró a ser primer ministro, conversaba con la gente en su nuevo empeño profesional como comentarista de la televisión. «Es un público que se ha elegido a sí mismo, son los entusiastas. Pero lo más llamativo es el ánimo amistoso y de celebración».
Cuando el cortejo pasó camino de la iglesia, ondearon vivaces las banderitas británicas, que vendedores ambulantes ofrecían por tres libras pero que gran parte del público había traído de su casa, en trenes de madrugada.
Desde el interior de los autobuses que llevaban a las familias reales -el de la española era el único que no tenía estampada la prosaica publicidad de Autobuses de Lujo Wings- se filmaba con móviles el júbilo de un público que, con teléfonos y cámaras, también archivaba su experiencia de la historia.
Ceremonia sin contratiempos
El servicio fue transmitido por altavoces a los congregados en torno a la abadía y en el itinerario y mediante pantallas en parques y plazas del centro de la capital. La voz del comentarista de la BBC, en el interior de la nave, apuntaba el orden de la liturgia y el transcurrir sin contratiempo de la ceremonia. Y la voz elegida para recrear el rito anglicano era la de Edward Stourton, miembro de una familia aristocrática de la minoría católica del país.
El público vitoreó los votos de los contrayentes, su proclamación como marido y mujer, pero nada provocó más vibración colectiva -superando incluso al coro del himno nacional- que el canto de Jerusalem, himno con música de Parry y versos del poeta puritano y revolucionario, William Blake, que anima a una lucha de la mente y con la espada para construir "una Jerusalén en la verde y agradable tierra de Inglaterra".
Guillermo y Kate partieron en carruaje al final de la ceremonia religiosa desde la abadía hacia el palacio. Habían estado sonrientes y cómplices en el interior de la iglesia y, escoltados por la imponente caballería de los guardas reales, recibieron los parabienes de un público entregado, que se aglomeró después frente a la fachada de Buckingham para ver a la familia real comparecer en el balcón central y a los novios darse un beso.
"Ha sido increíble", le dijo la reina Isabel a su nieto GuillermoLa reina Isabel II de Inglaterra, poco dada a expresiones espontáneas, manifestó ayer su felicidad por la boda de su nieto, el príncipe Guillermo, cuando ambos se reunieron en el palacio de Buckingham minutos después de la ceremonia. "Ha sido increíble", se pudo escuchar a la reina en unas imágenes de televisión, recogidas por la agencia local de noticias PA. La monarca acababa de bajarse de la carroza real que la llevó desde la abadía de Westminster hasta el palacio de Buckingham junto a su esposo, el duque de Edimburgo, tras recorrer las calles más emblemáticas del centro de Londres y saludar a las decenas de miles de personas que vieron en directo el cortejo. En las imágenes se pudo ver también a Guillermo saludando a su abuela, con la que habló brevemente y a la que besó en una mejilla. La reina, de 85 años, concedió a su nieto y a su esposa Catalina el título de duques de Cambridge, y tras la boda ofreció una recepción oficial en el palacio de Buckingham a 650 invitados. Tras la recepción, y poco después de que los recién casados se trasladaran hasta la cercana Clarence House, residencia oficial del príncipe Carlos, la reina y su esposo, el duque de Edimburgo, abandonaron Londres para pasar el fin de semana fuera. EFE
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