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HISTORIA NAVARRA

Los nazis estuvieron en Canfranc

  • Fue la segunda estación más grande de Europa y hoy se viene abajo. La obra supuso agujerear el Pirineo para unir España y Francia. Durante la Segunda Guerra Mundial la Gestapo se instaló allí.

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La estación internacional tenía una aduana compartida por franceses y españoles. Con la invasión alemana, los nazis se instalaron allí.

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El navarro Jesús Esparza fue secretario de Canfranc hasta 2005.

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Jesús, que trabajó en la estación, muestra los vagones abandonados.

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La enorme estación está abandonada y se va derrumbando poco a poco.

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Imagen antigua del interior de la aduana de la estación con el escudo preconstitucional español al fondo. CANFRANC ESTACIÓN INTERNACIONAL

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Actualizada 03/07/2011 a las 02:04
  • LAURA PUY MUGUIRO . CANFRANC

Durante la Segunda Guerra Mundial hubo un destacamento permanente de nazis en España que incluía fuerzas de la Gestapo, la policía secreta de Hitler. Estuvieron en Canfranc, la pequeña población de Huesca ubicada a ocho kilómetros de la frontera, entre Jaca y Candanchú, donde incluso llegó a ondear la esvástica nazi.

Allí, en una descomunal y majestuosa estación que hoy se cae a pedazos, se cruzaban carabineros españoles, guardias civiles y gendarmes. También soldados alemanes, judíos en huida desesperada y miembros de la resistencia francesa. Por aquellos andenes transitaron toneladas de wolframio que España y Portugal vendían presumiblemente a Alemania para fortalecer el acero de los tanques nazis.

Algunos vecinos de Canfranc también vieron y tocaron varios de los miles de lingotes de oro llegados en tren desde Suiza y con los que al parecer los alemanes pagaban el wolframio. Hay quien sospecha que al menos una parte fue arrebatada a los judíos.

A sus 86 años, Jesús, antiguo agente aduanero, camina por las ruinas de la estación internacional. Recuerda cuando en una parte del edificio se disponía la Guardia Civil. En la otra la Gendarmería francesa. En medio, la frontera, cuando aquella línea era especialmente seria y franquearla podía significar salvar la vida.

En 1940 el ejército francés se derrumbó ante la Wehrmacht y los nazis se desplegaron por buena parte del país galo, incluida la estación compartida. Y por ello Jesús vio un día aparecer a los soldados alemanes en el pueblo pirenaico. Los recuerda elegantes. Educados. Alojados en el hotel de la misma estación, apenas tenían relación con los españoles. Y Jesús cree que la que existía con los gendarmes franceses era muy tensa. El propio jefe de la estación gala tuvo que huir a Madrid escapando por los pelos de la Gestapo cuando se descubrió que era un importante agente de la resistencia.

Una obra colosal

Jesús deambula entre los antiguos muelles de carga donde él mismo tocó los lingotes de oro que venían de Suiza y cuyo paso era metódicamente registrado en la aduana española. Se detiene y contempla el imponente edificio de la estación internacional. Cuando se construyó tuvo que realizarse una descomunal obra de ingeniería que incluía horadar el Pirineo para construir el ahora cerrado túnel de Somport. Hoy nadie sabe muy bien qué hacer con ese enorme edificio. "En mis fantasías veo ahí piscinas de agua caliente para los esquiadores que vienen a Candanchú. Pero sea lo que sea, yo no lo veré".

Cadanchú y Canfranc comparten una fecha: 1928. Ese año abrieron las pistas de esquí -las más antiguas de España- y se inauguró la estación internacional y su agitado tráfico ferroviario, hoy reducido a dos testimoniales viajes diarios a Zaragoza.

La idea surgió, sin embargo, mucho antes, en 1853. Los aragoneses querían un paso con Francia, un tren que uniera Madrid y París, alternativo a los del País Vasco y Cataluña. Finalmente, ambos países acordaron agujerear el Pirineo casi ocho kilómetros y, en su salida española, en Canfranc, construir una estación, que tendría doble nacionalidad y haría de aduana.

Elegir este pueblo enclavado al fondo de un profundo valle supuso una formidable obra de ingeniera forestal: las avalanchas de nieve y los desprendimientos de las laderas eran constantes, por lo que se necesitaban muros de contención contra aludes y plantar árboles, muchos árboles, para sostener el terreno. Concretamente, tres millones.

El proyecto era tan relevante que hasta el rey Alfonso XII se desplazó en 1883 a este pueblo del Pirineo para poner la primera piedra. Las obras suponían desviar el curso del río Aragón y crear así "probablemente el mayor espacio abierto de Europa para una estación de ferrocarril en esa época", dice el navarro Jesús Esparza, hasta 2005 secretario del Ayuntamiento de Canfranc.

La estación se construyó a cuatro kilómetros del pueblo e incluía un edificio central de 241 metros de largo. Era la segunda más grande de Europa, detrás de la alemana de Leipzig. Hay que imaginarla con agentes de aduanas franceses y españoles, dependencias del Banco de España, correos, comisaría de policía, hotel, cantina. También enfermería. "Con este edificio tan vanguardista se quería que nuestro país deslumbrara a los visitantes extranjeros", apunta Esparza. Era un proyecto de enorme envergadura para ambos estados. Y por eso el día de la inauguración, en 1928, viajaron a Canfranc el rey Alfonso XIII, el general Primo de Rivera y el presidente de la República francesa Gastón Doumerge.

Había, sin embargo, un gran inconveniente. Las vías europeas, incluidas las francesas, tenían un ancho diferente al español. Los trenes de uno y otro lado nunca podrían ir más allá de Canfranc. Por ello, los pasajeros debían cruzar la aduana y cambiar de andén. Y, lo más importante, "las toneladas de mercancía se traspasaban de unos vagones a otros a mano, colocándolas sobre rollos de madera o utilizando gatos", indica Jesús.

En 1936, y durante toda la guerra civil, Franco ordenó cerrar la estación, temeroso de tener ese paso con Francia abierto. Así estuvo clausurada hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando recobró una gran actividad. En 1943 había un trasiego diario de 1.200 toneladas de mercancías de unos andenes a otros.

Roces con la Gestapo

Cuando durante la guerra las tropas de Hitler ocuparon Francia, los nazis llegaron a Canfranc. Lo escribió el aduanero Antonio Galtier Rambaud en un testimonio recogido en el libro El oro nazi. "De buenas a primeras vimos llegar un tren con fuerzas alemanas. Se acomodaron en mitad del edificio de la estación, en la parte francesa, y allí se aposentaron en pisos que ocuparon a los funcionarios franceses. Estos tuvieron que aguantar indignados e irritados".

Los españoles, escribe Galtier, no estaban dispuestos a aceptar esta autoridad y "aunque desde Madrid nos aconsejaban prudencia" esto "dio lugar a muchos roces". "La Gestapo, compuesta de un capitán y bastantes números, quería ver nuestras oficinas españolas y controlar los libros del movimiento de fronteras. La verdad es que nos tuvimos que poner tiesos. Ni yo ni ningún compañero admitimos que irrumpieran en nuestras dependencias armados con pistolas y metralletas. Más de una vez se lo impedí al capitán".

Jesús vio ondear la esvástica sobre un mástil colocado en el lado francés de la estación. "La ponían cuando iban a recibir alguna visita importante de Alemania". Existió una fotografía que recogía esta situación, pero tanto esa como cualquier otra imagen de los nazis en Canfranc parecen haberse perdido.

Durante la guerra, la estación mostraba un ajetreo incesante. Hitler necesitaba un material, el wolframio, que mezclado con el acero aumentaba la resistencia del blindaje de sus tanques. Este componente le llegaba supuestamente de España y Portugal pasando por Canfranc. A cambio, por la estación circulaban toneladas de oro que venían de Suiza, un camino que se sospecha empleaban los alemanes para no dejar rastro de los pagos.

Jesús fue uno de los que vio los lingotes "metidos en cajas de chopo rellenos de serrín, para que no se movieran durante el trayecto". Victoria Labarta Salanova, también. "Los empleados de la aduana nos los enseñaron", cuenta la mujer a sus 94 años.

Acabada la guerra, la estación siguió funcionando y la aduana era todavía un paso complicado. Pero en un lugar tan pequeño como Canfranc, en el que franceses y españoles vivían juntos e incluso había un colegio galo, las normas tendían al relajo. Dentro de un orden. Victoria Labarta cuenta que a los del pueblo "no nos miraban las maletas. Hacían la vista gorda. Y traíamos de Francia café Biec, que era muy bueno, vajillas de Duralex y Pirex y lana". También Jesús, el aduanero, recuerda "un año en el que todo el mundo tenía neumonía. Aún no habían llegado los antibióticos y en España no había medicación para hacerle frente. Pero en Francia sí, el Dagenan. Y a amigos franceses les dijimos que nos pasaran alguna caja bajo manga".

El cierre de la línea férrea con el país vecino fue súbito. Y supuso el golpe definitivo para la estación de Canfranc. Ocurrió en 1970, cuando un fallo en los frenos de un tren en la parte francesa hizo que descarrilara, llevándose por delante el puente de L¿Estanguet que las autoridades galas ya nunca repararon. Hay quien sospecha que fue provocado por los franceses como excusa para cerrar la línea. "Al parecer, ya no era rentable. Los últimos años el tren llegaba desde allí de vacío y España sólo exportaba algo de fruta", dice Esparza.

Desde entonces el tiempo ha ido haciendo estragos en la estación abandonada. Proyectos, ideas, los ha habido. Siempre ha faltado el dinero. Al menos se arregló el tejado para evitar que se viniera abajo. En cualquier caso, quien hoy se acerca a ella puede caminar por sus vías inservibles, imaginando un pasado de gendarmes, agentes de la Gestapo y gentes que huían de la persecución y necesitaban a toda costa cruzar la aduana de Canfranc.

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