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CRÓNICAS DE ASFALTO FRANCISCO JAVIER ZUDAIRE

Llego tarde

Hay días en los que no es posible llegar a tiempo a nada. Todo está confabulado. Apenas amanece la jornada, cobras la impresión de que el mismo sol se ha ralentizado y te espera una sucesión de retrasos.

  • OPINION@DIARIODENAVARRA.ES
Publicado el 20/03/2011 a las 02:01
F UE el martes. Me levanto, y la cafetera, de acuerdo con el boicot preparado de antemano, invierte en agónicos estertores sus esfuerzos, pero nada más. Ni gota; también las cafeteras tienen un final, otra cuestión es que su muerte sea oportuna. Entre unas cosas y otras, salimos con retraso. Al llegar al punto donde cada mañana tomo una decisión, en función del tráfico, me inclino por la peor y caigo en la trampa de un embudo. Llegamos tarde, mi hija con morritos de bajorrelieve, y yo bastante conforme porque estas conjunciones astrales, desastrales o desastrosas me las conozco. Para ella, el mundo se había parado, no admitía llegar tarde a clase, pero cómo le iba a explicar yo que ese mundo -no el suyo, intrínsecamente doméstico, sino el otro, el de verdad- seguirá girando a la misma velocidad, aunque ella se pierda una lección donde iban a contarle cómo salir airosa -en la vida- del trance de estudiar periodismo. Como si fuera explicable.
De vuelta, la circulación había ganado en fluidez. Me detengo en el stop de siempre, porque es lo propio y porque -para qué negarlo- hay un coche delante. Noto un golpe, me han dado por detrás, poca cosa. Lo dejamos correr, pero soy consciente de que, si no me hubiera retrasado, los átomos del cristal del intermitente seguirían reunidos en asamblea, no desperdigados. Un minuto habría bastado. Cierto desasosiego me invade al llegar a casa, calmo la ansiedad con un yogur, el único superviviente, y es al acabarlo cuando me doy cuenta de que también este lácteo se me ha adelantado: lleva tres días caducado. Es el momento de tomar una decisión drástica. Una parte de mi mente, la racional y lógica, me aconseja meterme en la cama; la otra mitad, la perversa, hurga en mi tozuda disposición de encarar las tormentas de frente, así casque el palo mayor y se astille la botavara. No estoy muy lógico, me inclino por abrir el ordenador, me conecto a Internet y apenas pasan diez minutos antes de recibir el primer correo electrónico. Parece que, ahora sí, he llegado a tiempo de ganar un buen premio que me reportará 100.000 euros, sólo debo enviar mis datos y diez euros para gastos de envío. ¡Ay, qué leche! ¿No pueden descontarlos de los 100.000? No, no pueden porque no hay premio, evidentemente, y si lo hubiera, yo habría llegado tarde, ahí está la trampa. Lo sé porque el segundo correo es de mi (un decir) caja, y con ésta pocas bromas: me advierten de que voy retrasado en..., bueno tampoco es cuestión de contarlo todo, a fin de cuentas son ustedes unos desconocidos... Entra un nuevo mensaje y lo abro envuelto en la mayor prevención. Unos excompañeros me citan en una ciudad para recordar viejas andanzas, es una misiva agradable, creo que iré. Apuntan que los años han pasado veloces, y es mejor vernos antes de darle una oportunidad a lo imposible. Veremos si esta reunión llega a su hora, a tiempo de pasar la bayeta al polvo de la memoria. Nuevo correo. Me contestan de un ayuntamiento para indicarme que es tiempo pasado para admitir mi recurso a una multa impuesta por llegar tarde a un aparcamiento de pago.
Tardanzas encadenadas. No me importa, tomo medidas, mi agenda me devolverá a la senda de la puntualidad, sé cómo conseguirlo, incluso en días tan conspirados, y es algo que recomiendo a quienes tienen mala conciencia por su impuntualidad manifiesta. Si los hados me cierran hoy la relación con el Crono germánico, abriré de par en par la ventana de la incorrección ibérica y aplicaré, a mi modo, el manual de urbanidad. Tengo un lugar pendiente de acudir que me va a servir para adelantarme al destino y fastidiarle esa maquinación de hacerme llegar a deshora. Lo decidiré yo, y no él, se va a enterar. Sobre la hora de té -hoy tengo fiesta- me tomo un gintónic, cuestión de interpretar al gusto propio los mandamientos anglicanos, pues tan británico, con permiso de la India, es el primero como el segundo. Me preparo sin prisa, albergo la convicción de romper conspiraciones a través de mi cita con la inquisición laica, o sea, con el dentista, y ya me ocupo yo, en esta ocasión, conscientemente, de ser impuntual..., a ver si puedo oír en la voz de la enfermera el agradecido reproche: No podrá atenderle el doctor, se le ha pasado el turno. Nada, ni por ésas, aquí es imposible llegar tarde, de manera que he dado la vuelta al complot como un calcetín y he recuperado el orden del reloj. En seguida lo atiende, me confirma la prenda de la bata blanca, ignorante de que acaba de romper el encantamiento de mis tardanzas. Regreso a casa como un boxeador noqueado, no siento la mandíbula, pero llego a tiempo de narrar la experiencia.
Lo sabía, vuelvo a ser puntual.
(Saludos para Roberto, mi dentista, y su encantadora enfermera, Mari Carmen. Todo es broma, no me metería con un gremio al que siempre acabas volviendo. Conste.)
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