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ARTISTA

Elena Asíns: "Han tenido que venir nuevas generaciones para comprenderme"

  • "Si no entiendes una cosa, respétala. Eso es lo que falta en España: respeto"

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La artista Elena Asíns en su lugar habitual de trabajo de su casa en Azpirotz (Valle de Larraun). JAVIER SESMA

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Sin título (1977), tinta china sobre cartulina negra. JOAQUÍN CORTÉS/ ROMÁN LORES

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Albiku Trikuharri II (Dolmen de Albi II), 2002-2003. Hierro esmaltado. JOAQUÍN CORTÉS/ ROMÁN LORÉS

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Actualizada 13/11/2011 a las 13:20
  • ION STEGMEIER . AZPIROTZ .

"Es día de funeral en Azpirotz", advierte Elena Asins Rodríguez al abrir la puerta de su casa. Los gatos saltan rápido y desalojan el jardín. Hace un poco de frío fuera. Dentro, el mundo de esta mujer menuda, de 71 años, creado con las matemáticas y la razón como guía, es muy caluroso. Hace ya 18 años que Asins se instaló en el valle de Larraun en busca de concentración. Madrileña de nacimiento, neoyorquina, parisina y alemana en diferentes etapas de su vida, Asins vive y trabaja en un caserón de piedra, de aspecto medieval por fuera y moderno por dentro, con ascensor, y un primer piso enmoquetado donde pasa las horas, rodeada de ordenadores, libros y un espectáculo de montañas al fondo. El fin de semana pasado, por ejemplo, lo tuvo por "glorioso" . "La lluvia me trae un recogimiento enorme. Es como una compañía, te empuja dentro de la casa", cuenta. "Nadie me entiende", añade, a continuación. Esto último no es nuevo, aunque está cambiando. Desde que le otorgaron el Premio Nacional de Artes Plásticas no ha podido trabajar. Bromea diciendo que no sabe si es un premio o un castigo, por el volumen de correo que recibe. En su habitación-estudio reina un pulcro orden. Asins, cuya obra más célebre probablemente sea la serie de 72 bloques del paseo marítimo de Zarautz, viste una camiseta y un pantalón. El pelo, lo tiene muy lacio. Se ve que no le importa la apariencia. A ella le interesa lo que en la calle llamamos "el fondo" de las cosas, la esencia, y por eso, por ejemplo, no utiliza el color en su obra, porque la esencia está en la estructura, y no en el color.

Pionera en el arte por ordenador. Cuando empezó en los años 60 sería algo exótico, ¿no?

Sí, lo era. Hace una semana estuve precisamente con el creador del Centro de Cálculo, Mario Barberá. Yo le dejé siendo un hombre muy joven, ahora es un señor de 80 y tantos. Este hombre trabajaba en IBM, y los americanos le regalaron un ordenador para España. Este ordenador se empleó para investigación de arquitectura, música, artes plásticas... Yo me enteré por Eusebio Sempere, que me dijo "esto te va a interesar". Y, efectivamente, me interesó muchísimo. Esto fue en el 67. En el 68 me marché a Alemania, algo que ha sido continuo en mi vida, y cuando volví a España, en el 70, ya lo habían cerrado. Creo que fue una de las cosas más importantes que se ha hecho en España. Fue crucial.

¿Cómo era?

Inmenso. Toda una habitación llena de cables y cosas. Naturalmente se programaba con tarjetas perforadas, muchísimo más complicado de lo que es ahora.

¿Qué puertas mentales le abrió?

¡Muchísimas! Quizá sea la única del Centro de Cálculo [pertenecía a la Universidad de Madrid, hoy Complutense] que he seguido con los ordenadores. Me ordenó el cerebro, lo que era superfluo, lo que era necesario, lo que había que poner, quitar.

¿Los demás artistas le miraban como un bicho raro?

A la gente del Centro de Cálculo nos interesaba el ordenador. ¿Fuera? la gente se quedaba alucinada. Cuando obtuve una serie de becas, fui visiting scholar en Columbia University, tuve una beca del gobierno americano que daba el comité conjunto. El jurado decía: "¿Para qué quiere una artista una máquina?". No lo podían entender. Pues sí, yo la necesitaba. Me concedieron la beca, fui a Columbia y estudié Computer Art.

¿Allí era otra cosa?

Entonces en Estados Unidos los ordenadores personales existían. En España todavía se estaba con calculadora. La diferencia era abismal.

¿Le agobia esta velocidad con la que la tecnología queda ahora desfasada?

¡No para! Cada día se está avanzando más y más y más, ¡Es que no se puede consumir tanto! Mi ordenador está obsoleto y no tiene más de tres años. Es magnífico por un lado pero por otro se necesitan los medios más recientes y una persona individualmente no puede acceder a tanto. Yo creo que mientras vivimos tenemos una obligación de vivir. Y vivir implica reciclarse, ir aprendiendo... Es que a veces los años no son tan importantes como la gente de mi edad cree. Yo cuando veo una persona de mi edad que ya se ha jubilado, y no hace nada, estar sentado y mirar la televisión... esto no es vivir ya, es como si para él se hubiera detenido la historia. No, no. Mientras estás vivo la historia de tu vida continúa.

Decía el director del museo Reina Sofía, Manuel Borja-Villel...

¡Una magnífica persona en todos los sentidos!

Decía que usted no es una artista marginal, sino al margen.

¡Eeeeeeso es!

¿Siempre ha cultivado un poco su independencia?

Es verdad. Él me conoce bien. Y se ha portado conmigo mejor que bien. Han tenido que venir nuevas generaciones, veinte años más jóvenes, para comprenderme. Mi generación no me ha entendido nunca.

¿Duele?

Uno termina por acostumbrarse a todo. Pero a costa de muchas cosas. De tener una vida muy difícil, una relación con la sociedad diferente, de incomprensión, mayormente, y de dificultades que no debía ser así. Lo primero: debe haber respeto de unos a los otros. Si no entiendes una cosa, respétala. Nadie podemos entender todo. Eso es lo que falta en España: respeto.

Últimamente la reconocen mucho, está la exposición del Reina Sofía, el Premio Nacional...

...¡A estas horas ya no me lo creo! [risas] Eso ya me viene un poco grande, pero, lo agradezco muchísimo. Pero si me lo hubieran dado cuando tenía 50 años o 40 o 35... uf, ¡qué bien! Me lo han dado un poquito tarde.

¿En esta travesía del desierto nunca ha dudado si iba por buen camino?

Me da igual. Es algo que me pide el cuerpo, que me pide el alma, me lo pide todo. Yo he hecho lo que creía que tenía que hacer. Me daba exactamente igual si el público respondía o no. Hombre, tengo amigos incondicionales que me han defendido y han comprendido mi trabajo. Javier Maderuelo, Ignacio Gómez de Liaño... todos más jóvenes que yo. Luego ya ha venido Borja-Villel y lo ha entendido todo.

¿Será que nació usted en la época equivocada?

¡Seguramente me equivoqué! Yo soy muy despistada [risas].

Usted se define "autodidacta por elección", pero tiene una extensa formación en Columbia, en Alemania...

Es verdad. Yo he ido más a las universidades a enseñar que a aprender. Estudié primero en París, Bellas Artes, pero no todo. Luego estudié Semiótica con Max Bense, que era un filósofo, un gran pensador alemán, en la Universidad de Stuttgart. Estábamos todos en lo que se llamaba poesía experimental o poesía visual. Luego he pasado por distintas universidades, aprendiendo cosas que puntualmente me interesaban, pero nunca he hecho un doctorado, un algo muy específico.

En Columbia estuvo con Chomsky.

Sí. Noam Chomsky fue a mi exposición, la vio y debió gustarle cuando dijo "Esto es un lenguaje". Y fue el que me recomendó a Columbia para que me invitase.

En el Reina Sofía usted explicó que se propone crear un mundo perfecto como el de los números, sin sentimientos.

Exactamente. El mundo que vivimos no es precisamente el que nos gustaría. Es imperfecto. Como todo lo humano. Mi ideal es que mi trabajo, aunque está en el mundo, no esté en este mundo, sino en un mundo creado por mí en el cual la perfección, y la lógica, y la matemática, y la proposición matemática esté presente. No sé si lo he conseguido.

¿De ahí tanto viaje a Alemania, a otra manera de pensar más racional?

Sí. Me va muy bien. No entiendo muy bien la mentalidad española, la verdad. Mucho menos lo del sur. Me supera. Soy bastante nórdica; cuadriculada, como se dice aquí.

¿Qué queda de su interés por los menhires, los megalitos, cromlechs...?

Me interesó mucho toda mi vida. Los primeros megalitos que conocí fueron en Guipúzcoa. Estaba viviendo en Hernani, en el ayuntamiento, en los años 70.

¿En el ayuntamiento?

Es que un conserje del ayuntamiento, que tenía su vivienda allí, era amigo mío. Me invitó a pasar una temporada en su casa. Él me llevó a conocer los megalitos. Me quedé entusiasmada. Me pareció una cosa tan magnífica la sabiduría de aquella gente y aquel trabajo de equipo, porque un individuo no podía transportar aquellas piedras, era toda una sociedad. O una tribu. Me entusiasmó. Me sigue interesando.

¿La idea de trascendencia le atrae?

Exactamente. Precisamente la idea de trascendencia. Enterrar a los muertos. Por ejemplo, visité las cuevas de Sara y pregunté a la guía: ¿Aquí no había pintura? Y me dijeron: no. Ellos solamente pintaban cuando enterraban. Para ellos el acto de pintar era un acto sacro, un ritual. Qué maravilla. No es el acto de pintar para detrás de un sofá, que quede bonito. ¡Eso es horrible! ¡Es una degradación del arte! Ellos tenían claro que aquella representación, aquel pensar en imágenes era algo para transponer este mundo y hacer un honor al muerto.

Pues esta zona tan llena de menhires...

¡Me encanta! Aralar es más de lo que se puede decir.

¿Influyó para venirse a vivir a Azpirotz hace 18 años?

¡Claro! Y, sobre todo, el paisaje. Para mí es fundamental. A mí me gusta mucho más el campo que la ciudad. He nacido en Madrid pero precisamente por eso, porque he vivido en ciudades enormes y descomunales, siempre que he podido me he refugiado en el campo. Estoy muy bien aquí. Este silencio, este recogimiento...

¿Y Oteiza? ¿También le influyó?

Todo nos influencia en la vida. Yo creo que también le influencié yo a él. Oteiza ha sido uno de mis grandes amigos. Le considero un artista genial. Un personaje fascinante. Había que tener cuidado con él, porque tanto te quería mucho como te odiaba. Pero es irrepetible. Inolvidable. Creo que era un hombre bueno, también.

¿Cómo vive esta época de crisis en la que parece que la cultura se está desmantelando poco a poco?

Es algo verdaderamente triste. La cultura se considera como un adorno. Es una situación de cambio. Hemos derrochado mucho. Creíamos que éramos ricos, y no lo éramos. Lo malo es que estamos pagando la crisis los que no hemos dilapidado nunca porque nunca hemos tenido para dilapidar. Ahora es el momento de repensar. Replantearse las cosas está bien. El consumismo, el capitalismo salvaje no conduce a nada. A una desvalorización de los principios. Hay que recuperar algunos, o inventarlos, pero hay que tener algo para llamarse una sociedad civilizada.

ELENA ASÍNS

Artista, escritora, conferenciante y crítica de arte, Elena Asíns Rodríguez nació en Madrid en 1940.

Estudió en la Escuela de Bellas Artes de París, en la Universidad de Stuttgart (Semiótica), en la Complutense (Centro de Cálculo), en The New School for Social Research y en la Columbia University (Computer Art).

Más de 40 exposiciones individuales ha llevado a cabo en distintos países y ha escrito y publicado ensayos y poemas de Poesía experimental en España, Francia, Alemania y EE UU.

Pionera en la introducción de la computación en el arte.

Medalla de Oro al Mérito en Bellas Artes en 2007, tiene obra en el Reina Sofía, el IVAM, el Spanish Institute de NY o el Bellas Artes de Bilbao.

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  • mercedes
    (22/11/11 00:03)
    #4

    que mujer y artista mas interesante,es de esas personas con las que me gustaria hablar para aprender, me gusta su obra y su forma de vida

    Responder

  • A mí me cae muy bien esta señora
    (13/11/11 15:58)
    #3

    me parece inteligente, perspicaz y respetuosa. 

    Responder

  • Darío
    (13/11/11 14:38)
    #2

    Ahora llaman comentario a cualquier cosa

    Responder

  • Ud
    (13/11/11 13:11)
    #1

    Ahora llaman artistas a cualquier cosa

    Responder


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