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CRÓNICAS DE ASFALTO FRANCISCO JAVIER ZUDAIRE

El viejo de las rayas blancas

Ayer nació un niño pero él no lo sabe aún, es muy pequeño este bebé. Comenzará a enterarse al mismo tiempo de descubrir sabores y sinsabores y, cuando sea mayor, le informarán de que ha nacido un niño.

  • OPINION@DIARIODENAVARRA.ES
Publicado el 08/05/2011 a las 01:04
A CURRUCADO en el banco, protegido por una chaqueta de costuras deshilachadas, conforme ha subido el sol, ha consentido en abrirse a la mañana y se come a bocanadas la perezosa primavera. Traga el frescor abandonado por la noche, entre tanto se asoma un día más a la vida. Hace un rato amaneció, según dicta la costumbre, hasta donde sabe y conoce, y ha pasado frío. No mucho, la verdad, una ventaja de esta edad es la facilidad para adaptarse.
Le gusta este tiempo pausado, todavía ensoñador de inviernos y reacio al flujo brusco y acalorado del verano, huérfano de estridencias. Con gusto hubiera estirado estas semanas hasta cubrir un calendario entero, si hubiera sido capaz de manejar el tiempo. Y, sin embargo, él es tan sólo un resorte de la máquina, un minúsculo muelle retorcido sobre sí mismo, una pieza desgastada de un reloj cansado, bien lo sabe.
Mira ahora hacia el monte, por la mañana verde, azul será por la tarde, y cree entender su camaleónico proceder, remedo de sí mismo, recuerdo velado de una vida, de cuando él fue de esta y de aquella manera, de cómo vadeó las aguas revueltas, y las hubo, camuflándose, aprendiendo en el libro escrito con cada hostia recibida. Observa esa cima, y en lo alto se imagina una especie de polvorín, un promontorio enrevesado de mil historias truculentas, entonces desconocidas para un soldado raso. Eso también fue vivir, una sucesión de historias, un disfraz caqui de ocasión, otro de novio, alguno de fin de año, embozos de amores y desamores. Comedia de la vida, a veces trufada de dramas. Quizá sea la hora de sentar la cabeza y echarse a la espalda la memoria de los sinsabores, el momento de rascarles la poesía a las cosas más nimias, este banco del parque, aquel triciclo medio abandonado, la barandilla del león, ninguna barandilla como ésa en ciudad alguna., esas tonterías llamadas a desaparecer, como todo y, pese a ello, casi adoradas al presentir el adiós. La punzada ha sido ahora más fuerte, si bien tolerable.
Nadie sabe las sensaciones del amanecer siguiente, de cuando desaparece el dolor para siempre, por eso es cuestión de sufrir, pero, sobre todo, de sentir, habrá una eternidad dispuesta a desterrar las sensaciones. Media Luna, parque de mañanas como ésta, viejas tardes de pan y plátano, de cierzo con nenuco, de patines de correas y taco de goma, fuente de cuatro caños, murallas adosadas, el ribazo sujetando el río, el club inalcanzable, sólo para socios, la presa, las pasarelas, aquel amago de lencería de Reme, ¡ay!, la Reme, la del número 12, ella la enseñaba por diez céntimos, sólo a los más íntimos y a cierta distancia, aún hay clases, chavales, decía su novio, el Tiburón. Pecadillos preconciliares. Sopla suave el viento del norte. Pasa una señora con su carrito de bebé, otro niño del parque llamado a sentarse un día en este banco; tendrá sin duda una cita con el pasado y un adiós.
El anciano interpreta ahora un giro sobre sí, se recoloca los huesos, y cualquiera se metería en camisa de once varas si lamentara su postura incómoda. Pero él no es cualquiera, las posiciones normales de la gente ya no le sirven, él va deslizándose por el respaldo rayado, poco a poco, tampoco hay demasiada prisa, el final puede esperar.
Unas nubes diminutas asoman por encima de las montañas más lejanas, pobres volutas de algodón sin pena ni gloria. Éstas, ni agua ni sombra. Algo dirán de mí mañana, un día que siempre llega, seré pasto del tópico, en cuatro puestas de sol no valdré ni un recuerdo, así ha sido desde el comienzo de los tiempos.
Entra a destajo el paso de las horas, a sumar y restar, inexorable avance, inevitable cuenta atrás, y suena una campana, sólo trae un mensaje, el suyo, lo reconoce, el badajo es sabio después de siglos batiendo el bronce. Ven, punzada, remata tu trabajo, yo tengo hecho el mío.
Una raya le queda al banco, la última raya blanca de madera, para sostener su cuerpo, apenas a unos centímetros del suelo, por donde han pintado una bicicleta. Observa el carril, le parece absurdo estar contemplando ese dibujo deforme mientras huyen las fuerzas, no importa, ha comenzado a no importar nada. Hace frío; ahora sí, algo se hiela, es bueno entrar en ese túnel, huele agradablemente su oscuridad, ofrece calma. Está bien, así será.
Lo encontraron a la hora de la merienda sentado sobre el cemento, la cabeza apoyada en la pata verde de las tablas blancas, nunca supieron nada sobre sus pensamientos. Una ambulancia insistió con su ulular en lo absurdo de su escándalo y fue repitiendo el grito artificial por toda la ciudad. No había necesidad, casi nunca la hay. Como un cadáver más lo enterraron, y sólo el rumor de una ciudad, exquisita en calidad de vida, se atrevió a murmurar su huida, la noche anterior, de una residencia de ancianos.
La vida.
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