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TRIBUNA CULTURAL | RAMÓN IRIGOYEN

Antonio López

  • WWW.RAMONIRIGOYEN.COM
Actualizada 19/09/2011 a las 01:05

H OY es, para mí, el día feliz en que cantaré la palinodia del pintor manchego Antonio López. Cantar una palinodia, según el Diccionario de la Academia, es retractarse públicamente, y por extensión, reconocer un yerro propio, aunque sea en privado. Hace ya quizá cinco años, escribí en un diario madrileño unas palabras poco benévolas con Antonio López. A los pocos días de escribir aquellas palabras deliberadamente injustas porque ya se sabe que uno no puede ser bueno todos los días y a todas las horas, me presentaron en una galería de arte al humorista Moncho Borrajo quien, al oír mi nombre, al instante me preguntó si era yo el Ramón Irigoyen que había escrito en el periódico aquellas palabras tan injustas con su amigo Antonio López. Es verdad que Moncho Borrajo es un gran humorista pero, en aquellos momentos, no soltó ni un solo chiste, sino una cruda recriminación de mi persona por haber escrito aquellas palabras que no se merecía su querido amigo. Tuvimos un pequeño rifirrafe pero, por supuesto, nuestra sangre no llegó al Manzanares porque la galería, próxima a la calle de Antonio Maura, a dos pasos del parque del Retiro, estaba, por tanto, situada a no menos de cinco kilómetros del mencionado río y no hay cuerpo humano que albergue tantos litros de sangre como para bajar corriendo esos kilómetros hasta desembocar en el río quizá más insultado del mundo.

¿Por qué Antonio López ha sido, tan injustamente, uno de los chivos expiatorios de mi vida? Podría dar una respuesta larga tumbándome dos años en el diván de un psicoanalista, a ser posible argentino, y comenzar hablando de aquel día ya muy lejano de mi infancia en que Francisco Franco visitó Pamplona y mi padre, que era carlista y, por tanto, en esas fechas ya enemigo de Franco, se fue a dar un paseo por el Arga para librarse de ver al Caudillo. Yo, en cambio, fui a ver a Franco porque, en aquel sopor de infancia, la visita de Franco la veía como un espectáculo extremadamente atractivo. Durante muchos años, Franco fue para mí un chivo expiatorio en el que descargaba mis frustraciones y mis odios. Pero, cuando Franco se murió, me quedé ya sin este extraordinario chivo expiatorio y tuve que feriarme por ahí algún recambio.

Un buen día vi en televisión a Antonio López y me dije: este es mi nuevo chivo expiatorio. Había leído y oído por todas partes que Antonio López era un pintor genial. Y, para confirmar estos elogios, que eran unánimes, le pregunté al magnífico pintor Alfonso Galbán, discípulo de Antonio López, si este pintor era tan bueno como decía todo el mundo. Para mi dolor, él también me dijo que Antonio López era un pintor buenísimo. Tengo máxima fe en las opiniones artísticas de Antonio Galbán y, llegado ese momento, decidí tener opinión propia e ir a ver por fin una exposición de este pintor nacido en Tomelloso.

¿Cuántas veces he pasado este verano por el paseo del Prado y he visto en el museo Thyssen-Bornemisza colgadas esas banderolas de un tamaño descomunal con el nombre de Antonio López? La verdad es que las he visto unas cuantas veces, pero, hasta ayer, domingo 18 de septiembre, exactamente una semana antes de la clausura de esta exposición, para decirlo con un lenguaje artísticamente teológico, me había negado siempre a la gracia y no había ido al Thyssen. ¿Qué he sentido en esta visita? He sentido lo que tenía que haberme temido: Antonio López es un pintor exquisito. Maniáticamente perfeccionista, tiene obras - Gran Vía(1974-1981), Madrid desde la torre de bomberos de Vallecas(1990-2006), Membrillero de Ciudad Florida, las esculturas Hombre y mujer (1968-1994), entre otras joyas - tiene obras, digo, de una extrema calidad irrefutable. Por fin he empezado a enterarme de quién es Antonio López. Ya siempre diré que es un pintor soberbio. Debo, pues, decir que he ganado un pintor. Pero no debo ocultar que acabo de perder un chivo expiatorio. Ahora tengo una duda. ¿Qué debo hacer? ¿Prescindir ya para siempre de los chivos expiatorios que son tan útiles para descargar en ellos nuestras frustraciones? ¿O debo salir por ahí a buscarme un nuevo chivo expiatorio como quien sale a buscarse una novia o un novio?



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