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CULTURA

Afganistán busca su herencia musical

Un profesor Instituto Nacional de Música de Afganistán da clase a un alumno en las dependencias del edificio que ocupa este centro educativo en Kabul. La escuela reabrió sus puertas en el año 2010 y acoge a 140 estudiantes, un tercio de ellos niñas
Un profesor Instituto Nacional de Música de Afganistán da clase a un alumno en las dependencias del edificio que ocupa este centro educativo en Kabul. La escuela reabrió sus puertas en el año 2010 y acoge a 140 estudiantes, un tercio de ellos niñas
EFE
  • EFE. KABUL (AFGANISTÁN)
Actualizada 23/01/2012 a las 10:45
Aunque apenas puede sostener su saxo, la joven Fátima Majeed se esfuerza en sacar lo mejor de ese instrumento en el Instituto Nacional de Música de Afganistán, que busca recobrar la olvidada herencia musical de este país, roto por la guerra.

"Empecé tocando la flauta, pero me pasé al saxo hace tres meses porque su sonido me empujaba a tocarlo", cuenta Fátima, de 13 años, en las dependencias del edificio, un inmueble de dos plantas en Kabul que reabrió sus puertas en el año 2010.

En el Instituto estudian 140 alumnos, un tercio de ellos niñas, y sus responsables afirman que la mitad de estos estudiantes son huérfanos o niños que trabajaban en las calles, mientras que el resto son seleccionados mediante audiciones musicales.

"Nuestro compromiso es reconstruir vidas arruinadas, aplicar el poder de curación de la música mediante esta entidad educativa y formar a los niños afganos con más talento", dice el jefe del Instituto Nacional, Ahmad Sarmast.

"Están sedientos de arte y música. Es impresionante ver que el país está cambiando", agrega el profesor de guitarra Ustad Arman, de 69 años, que huyó a Suiza con su familia hace más de 25 años y ahora ha vuelto para enseñar en el centro.

Aunque Kabul -y más aún Afganistán- está plagado de acuciantes necesidades en infraestructuras educativas y la gran mayoría de la población es analfabeta, el Instituto de la Música es un hito en el desarrollo de la educación musical del depauperado país.

Los afganos llevan treinta años enzarzados en guerras de distinto signo, y a ese drama se añade un desafío ideológico, porque los talibanes rechazan la música instrumental y dan prioridad a los himnos vocales de signo religioso o épico, las "tranas".

Durante el régimen talibán (1996-2001), los radicales prohibieron la música instrumental, pero a su caída los afganos no tardaron en desempolvar sus cassettes con suaves melodías de amor -muchas, "importadas" de la India- y las canciones del popular Ahmad Zahir.

El país tiene una larga tradición musical y ha producido delicados artistas de instrumentos tradicionales como el sarod, la tabla o el sitar, aunque el Instituto concilia esa tradición con un activo departamento de música clásica occidental.

Por eso, de las aulas salen también notas de violín, violonchelo, contrabajo, guitarra, trompeta, saxo y también triángulo, batería o piano, en parte gracias a la ayuda, entre otros, del Banco Mundial, las embajadas de EEUU, Finlandia o Alemania y el Gobierno indio.

"El currículum de la academia está diseñado de manera que nuestros estudiantes no aprendan solo la música tradicional afgana, sino estilos como jazz, el pop y el rock and roll", afirma el jefe del Instituto, que estudió durante años en Moscú y Australia.

Sarmast volvió al país en el año 2008 a instancias el Ministerio de Educación, con la misión de volver a abrir un centro musical en Kabul, donde la guerra había destrozado las posibilidades de estudiar música de una manera digna.

Antes de la reforma, el propio edificio donde hoy los niños juguetean con la batería y sueñan con crear sus grupos tenía las paredes de sus aulas cosidas a balazos, fruto de las cruentas batallas y escaramuzas que vivió la ciudad en la década de 1990.

Para Sarmast, su centro busca no solo crear un aprecio por la música entre los afganos, sino también lograr que los niños menos pudientes tengan un modo de progresar en la vida y dar prestigio a la enseñanza femenina, despreciada por los integristas talibanes.

En la tarea colaboran siete profesores extranjeros, aplicados en enseñar a niños como Fátima la manera de domar con delicadeza el instrumento y de salir por unas horas, mediante la música, de las polvorientas calles de un país aún arruinado.

"Quiero ser la mejor saxofonista del mundo", dice a duras penas esta muchacha de voz suave y familia pobre, mientras se afana en limpiar el instrumento -casi más grande que ella- con un pequeño trapo.
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