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CRÓNICAS DE ASFALTO FRANCISCO JAVIER ZUDAIRE

A la caza del inversor

Superado el bajonazo, me he reconfortado con la actividad y he aparcado, no muy lejos, la dulce apatía. Puede que me hiciera falta un objetivo claro para no caer en ensoñaciones improductivas. Y lo tengo.

  • OPINION@DIARIODENAVARRA.ES
Publicado el 01/05/2011 a las 01:03
Y O, es que veo por la calle un inversor de riesgo y me pongo malo; de inmediato comenzaría a faltarle al respeto, si no fuera por la educación retenida (una mínima parte de la recibida). Desde mi experiencia, digo que lo mismo les sucede a otros. Esos tipos son los que han provocado, junto a los especuladores, este maremoto financiero que nos lleva de culo por la senda de la crisis, y aún gracias si no acabamos despeñándonos del todo en cualquiera de esos barrancos -desde el obeso paro al desnutrido pib-sembrados de minas. Les tengo más fe a los especuladores, son mangantes mejor encajados en nuestra cultura, han estado toda la vida a nuestro lado, sabemos cómo actúan y, aunque se van de rositas, casi forman parte de la familia -¿quién no tiene un tío especulador?-, pero ¿un inversor de riesgo?, quita, quita, vade retro, vademécum, Baden-Baden, y lo que vade sea. A estos inversores de riesgo se los conoce en seguida, sólo hay que mirarlos fijamente a los ojos, incluso al cruzar un semáforo, y al momento ves cómo agachan la vista. Y si encima se te ocurre exclamar, para que lo oiga el resto de peatones, ¡Mucho inversor de riesgo anda suelto por aquí!, se ponen coloraos perdidos y salen de naja. Suelen moverse solos, pero el otro día iban dos juntos -seguro que ya empiezan a tramar otra de las suyas, por si remonta el caos- y no me corté ni un pelo. Al principio me puse malo, como ya he dicho que me pasa, pero, después de superar las arcadas -en este trabajo hace falta estómago- opté por seguirlos, a ver si descubría sus intenciones. A cierta distancia oía expresiones como escenario de repunte, movimientos gregarios, guerra del pasivo., en fin, un idioma incomprensible para quienes no tenemos más economía que un bolsillo hipotecado. Yo me iba diciendo, hay que ver cómo han sabido proveerse de su propio lenguaje arcano, que ríete del farfullado en las sentencias, donde el juzgado tiene que preguntar a su abogado si echa para la calle o va al trullo. Y con todo, casos ha habido en los que ha sido preciso explicar en cristiano a los guardias de custodia que el fallo era favorable y dejasen ya de tocar los. Bueno, pues allí iban los dos inversores de riesgo, dándole al pico (el pico, para ellos, es la lengua, el de picar no lo han visto ni en los museos de antropología), caminaban, digo, encendidos con sus planes, cuando de pronto van y se meten en un bar de moda, un local más premiado que un escritor residente en Madrid. Piden cerveza de marca extranjera y sendos pinchos de diseño, tan bonitos que daba pena herirlos. Y así repiten el despilfarro hasta tres veces, mientras yo, en la otra esquina, hago durar la caña recalentada bajo la mirada reprobadora del camarero, que ya me ha preguntado tres veces si quiero darle al tenedor. O sea, que esta pareja de inversores de riesgo no van mal de liquidez, no se toman en esta ciudad seis pinchos si no se dispone de un estatus acomodado. Llamo al camarero con un gesto y corre hacia mi lado con la carta de pinchos en la mano, el muy pesado, demostrando que suspendió la lógica y dejó para septiembre la psicología. Me sabe mal, pero lo vuelvo a desencantar, pago la caña y le pido que avise al dueño. No está disponible, el jefe está ocupado en discurrir pinchos nuevos. Bien, le digo, debes saber que aquellos dos potentados de la esquina son dos inversores de riesgo y lo voy a anunciar a voz en grito, así que no te arriendo la ganancia del follón que se va a armar, ya sabes cómo suele reaccionar la gente. Me mira lívido: No lo haga, por favor, espere a que paguen, la casa le invita a una espuma de birika de cuto amejorado con fresas del bosque, todo sobre lecho foral de virutas de espárrago desoxigenado, absolutamente casero, de confianza. Evito polemizar sobre el último oxímoron -¿casero y de confianza?- y me comprometo a esperar, a condición de que me no me agasaje; nunca he ido más allá de las bolas fritas de pimiento, y aquí no trabajan esas deliciosas vulgaridades. Los inversores de riesgo pagan, por fin, y doy la alarma. Salen corriendo, y los clientes se agolpan en la puerta tras ellos. Uno, incluso, los persigue durante un par de manzanas, pero sin resultado. Abandono el local en busca de más denunciables. Al acabar la jornada, he detectado a siete de ellos, no pienso darles tregua. Un día tan ajetreado merece premio, me siento como Supermán después de una buena acción, así que entro en un tugurio que promete combinados de ron cubano a tres euros la unidad. Invierto esa cantidad con la ilusión del pardillo, y ya desde el primer trago noto un latigazo en las tripas y se me despierta la eterna contradicción de ser pobre con tuberías de rico. Inmerso en la antesala del ardor estomacal, antes de volar hacia el Almax salvador, tengo la sensación de haber caído en la trampa del cubata fácil y ser, a mi manera, otro ambicioso inversor de riesgo.
Pa matarme, oye.
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