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PERIODISMO

Lynsey Addario, reportera de guerra:"Fotografiar la guerra construye la paz"

  • La reportera de guerra presenta en España su libro 'El Instante preciso. Vida de una fotógrafa en el amor y en la guerra'

05/03/2016 a las 06:00
  • COLPISA . MADRID
"No soy de granito. Las lágrimas me han impedido un montón de veces seguir haciendo fotografías". Palabra de Lynsey Addario, (Norwalk, Connecticut,1973), reportera de guerra y premio Pulitzer que presenta su trabajo en España -Fundación Telefónica- y publica 'El Instante preciso. Vida de una fotógrafa en el amor y en la guerra'. En este libro que Steven Spielberg convertirá en película trata de explicar y explicarse qué le impulsó a jugarse la vida en Afganistán Sudán, Irak, Darfur, Congo o Libia, donde fue secuestrada, manoseada y torturada y miró a la muere cara a cara.

"Para encontrar lo mejor del ser humano muchas veces has de encarar lo peor, mirar a ese lado terrible y oscuro que emerge en las guerras" explica Addario en el cantarín y fluido español que aprendió en México, Cuba y Argentina. "En la guerra experimentas lo peor de este mudo, pero al tiempo recuerdas la belleza y aprendes a valorarla". "Fotografiar la guerra es un camino para construir la paz, poniendo a los seres humanos ante un espejo", asegura esta ganadora del Pulitzer por su reportaje 'Talibanistan'. Una Addario incluída por Oprah Winfrey en su lista de mujeres poderosas y señalada como una de las 25 fotógrafas más influyentes del mundo por American Photo.

'En el instante preciso' -'Lo que hago' es la traducción literal de 'It's what i do'- no son unas memorias al uso. Es un libro sin género en el que cabe la aventura, la narración de viaje, el diario íntimo y la confidencia, el análisis político, la crónica y la denuncia. Lo escribió tratando de averiguar por qué se había entregado a un oficio tan duro e ingrato en el que la muerte te aguarda a la vuelta de cualquier esquina y donde siempre hay una bala o un trozo de metralla con tu nombre. "Nadie quiere morir, pero la muerte esta ahí. Has de aceptarlo. No pienso en el futuro ni sé qué será de mí en unos años, pero sé que no puedes hacer este trabajo si no crees que un foto puede cambiar el mundo, frenar la guerra o la barbarie. Es lo que queremos creer", asegura.

Speilberg leyó su libro en un par de días. Le emocionó. Contactó con ella y se hizo con los derechos para una película en la que Jennifer Lawrence encarnará a Addario, una pequeña gran mujer de sonrisa franca e inequívoco entusiasmo por la vida que lleva quince años haciendo fintas a la muerte. "He sido honesta y dura con mi propia vida, como lo soy en el periodismo, y quizá eso le interesó a Spielberg", dice. Explica que su "único truco" para dar con una buena foto "es ir dos pasos delante de la realidad, tratar de anticipar qué va a ocurrir". El poder de la imagen. Una exposición de Sebatiao Salgado le reveló "el poder del la fotografía". Pidió a su padre el mismo dinero que este había gastado en las bodas de cada una de sus dos hermanas y con esta 'dote' compró su primera Nikon, marca la que ha sido fiel. Las bambalinas del rock, los sucesos y las tediosas ruedas de prensa en Nueva York fueron su primer 'campo de batalla'. En Argentina fue una mercenaria a tanto la foto, hasta que un amigo le dijo en la India que la brutal opresión de las mujeres en Afganistán necesitaba ser contada con fotos.

Tas el 11-S el mundo puso de nuevo sus ojos en Afganistán y Addario volvió al belicoso país de los talibanes, esta vez empotrada con la tropas estadounidenses, en el corazón mismo del mortífero torbellino. Supo enseguida como suena un cráneo quebrado por la metralla, escuchó el sordo murmullo de una bala que rompe la carne y sintió el olor del miedo. Vio caer a colegas y fue secuestrada en Faluya. Pero no se amilanó. Desde entonces su empeño es fijar la atención del lector en imágenes "que cuentan una verdad" y evitar "que pase de largo e ignore el dolor, el sufrimiento y el horror que uno seres humanos infringen a otros". Siguieron los años de vértigo y fuego. Meses sin volver a casa ni ver a los suyos, durmiendo al raso o en tiendas de campaña. Soportando toqueteos en lugares donde las mujeres son menos que un cero a la izquierda. Que su pareja no aguantara la presión y la abandonara en la víspera del primer bombardeo estadounidense a los talibanes. Hizo testamento antes de cumplir los treinta años sabiendo "que cualquier mañana puede ser la última en la que veas el sol".

En los escenarios bélico aprendió "a gestionar el miedo que a veces te paraliza, pero también te puede salvar la vida". No le agrada la etiqueta de fotógrafa de guerra y reconoce que cada vez es más difícil informar sobre el terreno. "Los periodistas somos objetivos; nos secuestran, torturan y asesinan y eso te hace penar cómo cubres las historias".

En todas las guerras la víctimas son las mismas. Esos refugiados que hoy vagan por Europa desde Siria y encuentran vallas y gases. Por eso Addario se enciende cuando oye a Donald Trump decir que alzará muros y expulsará a los malignos inmigrantes. "Le mandaría a una de esas islas griegas que son inmensos cementerios o un campo de refugiados para ver como sobreviva", dice. ¿Merece la pena jugarse la vida por una foto? "No me arrepiento de nada, pero no sé si haría hoy lo que he hecho" dice Addario ahora que su situación ha cambiado. Madre de un crío de cuatro años, Lukas, cada vez que hay un niño desvalido ante su objetivo "pienso en mi hijo". No es así extraño que conceda un gran protaganismo a la familia en su libro. Ha sido su soporte cuando las cosas se torcían, como en Libia, donde fue secuestrada por segunda vez y pensó cada noche que no vería amanecer. Cautiva junto a tres colegas de The New York Times durante una inacabable semana, sufrió abusos sexuales y las torturas de las tropas de Gadafi. Se aferraba a la vida tarareando canciones de Adele.

"Periodista. Eso es lo que soy. Eso es lo que hago" escribe en el cierre de sus memorias. En el último mes ha estado en Sudán del Sur y el norte de Irak y reconoce "que existen, seguro, otras versiones de la felicidad, pero la mía es esta". Llegó a cubrir conflicto armados embarazada se siete meses y a pensar que dejar la guerra suponía sentirse "como un cirujano que se ausenta en medio de una operación urgente". Pero después dijo no varias veces a sus jefes del The New York Times cuando le asignaron misiones en sitos calientes. Trabaja también para Time o National Geographic.
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