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LITERATURA

Javier Reverte, un marciano que regresa a China

  • Recurre al humor para ofrecer la visión crítica de un modo de vida que detesta en 'Viaje a un país sin pasado'
  • "El terrorismo está acabando con un era dorada de fronteras abiertas" lamenta el escritor y viajero

El periodista y escritor Javier Reverte
El periodista y escritor Javier Reverte
EFE
  • COLPISA. MADRID
Actualizada 18/11/2015 a las 06:00
Javier Reverte (Madrid, 1944) detesta China. Nada de este gigantesco país atrae al escritor y curtido viajero, que lo visitó fugazmente por primera vez en 1979 y al que ha regresado ahora. En ambas ocasiones se sintió "como un marciano". No entendió a los chino, ni ellos a él, a finales de los setenta, cuando el país salía del maoísmo y estaba aun bajo el mortífero yugo de la revolución cultural. En su retorno se ha repetido el desencuentro con una desagradable China convertida en paradigma del capitalismo salvaje. Lo cuenta en 'Un verano chino. Viaje a un país sin pasado' (Plaza & Janes), primera incursión asiática de este curioso irredento que lamenta que el terrorismo "cierre fronteras y acabe con una era dorada para los viajeros".

Fue un amigo quien le impulsó a regresar a China para recorrer el curso de gigantesco y caudaloso río amarillo, el Yangtsé. De ese periplo surge un libro que recurre al humor para vencer su mala baba y su desazón "ante un modelo de civilización espantoso". Cuenta Reverte en clave jocosa lo que ve y como acabaron enamorados su amigo, "un gigantón de 1,93 metros", y la guía china que contrataron, "menos de metro y medio de mujer, y una máquina de decir tacos con el rudo español que aprendió en el Camino de Santiago".

"Es también una historia de amor y un cuento chino con el telón de fondo de un país aborrecible", ironiza Reverte, de quien se dice que hace literatura al andar y que antes de recalar en China de tan mala gana vagabundeó por Africa, descendió el Amazonas y el Nilo desde sus fuentes, cruzó el Cabo de Hornos y el Artico por pasos ignotos y remontó el río Congo tras el fantasma de Joseph Conrad.

"No me gustó la China de los uniformes de corte militar, del libro rojo y la bicicletas que vi en mi primer viaje como periodista, como no me gusta la del ahora, de mastodontes urbanos e industriales, desigualdad, adoración del dinero y basura", dice Reverte sin perder la sonrisa y advirtiendo que no solo escribe de los países y lugares que le gustan. "No siempre hay que hacer libros felices. Cuento lo que veo, lo que me gusta y lo que no", afirma.

Lamenta que un país "milenario", según el tópico, haya sido capaz de "enterrar su cultura ancestral y su pasado" -de ahí el subtítulo-, y que haya entrado en siglo XXI "mezclando lo peor del capitalismo con lo peor del comunismo". "Y todo adobado -se duele- con un desprecio absoluto al medio ambiente y una contaminación salvaje que se cobra cinco millones de vidas al año".

"Mao quiso crear un hombre nuevo. Para convertir a un país agrícola en industrial, quemó pagodas, vació el campo y mató de hambre a veinte millones de personas", explica. "Dando la espalda a su pasado, los chinos han asesinado a la poesía tradicional que era capaz de recitar un campesino, según contó Somerset Maugham, y han convertido en circo la elegancia del teatro chino", dice sin atreverse a prever el futuro del gigante asiático.

Viajó Reverte en todas direcciones en un periplo que este "mochilero por gusto", inició en Pekín y concluyó en Shanghái. Subió a trenes, autobuses, aviones y barcos, para asomarse al Tíbet, al nacimiento y la desembocadura del Yangtsé -"un río mugriento y apestoso en muchos tramos"- y a la aldea donde nació Mao Tsé Tung.

Es un recorrido "por un país sucio, capaz de hacer un arte del escupitajo, que no me ha gustado pero que me ha divertido", resume. Al contarlo, Reverte hace gala de un gran sentido del humor que provocará carcajadas en el lector. "China es muchas veces el colmo del kitsch; te hace sentir que estás en el corazón de un gigantesco todo a cien del que tienes ganas de huir", dice el escritor. Reverte, que tiene un hijo viviendo de París, condenó los brutales atentados del viernes pasado y lamentó que los terroristas logren su objetivo sembrando el pánico. "El turista es miedoso, y es lógico, porque se viaja para disfrutar", dice. "Hemos vivido una época estupenda con las fronteras abiertas que se va a terminar, de modo que viajar será a partir de ahora más difícil", concluye este curtido caminante que ha rastreado las huellas de Homero en la Grecia clásica, las de Jack London en Alaska remando 750 kilómetros en el río Yukón, o las de Mark Twain en el Misisipi, y que ha vivido en Londres, París, Lisboa, Nueva York, Roma y Westport (Irlanda).

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