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Literatura

Las cartas que deslumbraron a García Márquez

Emma Reyes narra en ‘Memoria por correspondencia’ su dura vida con hondo latido poético

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Las cartas que deslumbraron a García Márquez
  • Colpisa. Madrid
Actualizado el 07/06/2015 a las 06:00
La artista se crió primero a cargo de una mujer misteriosa y después de unas monjas con las que pasó hambre, golpes y todo tipo de vejaciones. Con muy pocos años pasó hambre y frío, sufrió un sinfín de vejaciones y vivió esclavizada. La pintora colombiana Emma Reyes (1919-2003) soportó una infancia y adolescencia durísimas, colmadas de tormentos, primero a cargo de una mujer enigmática que se desentendió de ella y luego al cuidado de unas mojas inmisericordes que la encerraron en un cuartucho. Confinada entre la celda y el claustro, Emma y su hermana Helena aguantaron todas las miserias de la prisión conventual y ninguno de los sosiegos de la vida consagrada. Cerca de Dios, la niña conoció de lleno el infierno.

La historia de esta infancia dickensiana conmovió al historiador y diplomático Germán Arciniegas, quien animó a la artista a que contara aquellos días de pesadilla. Así lo hizo y el resultado fueron 23 cartas conmovedoras. Cuando Arciniegas perpetró la indiscreción de dar a leer las primeras misivas a Gabriel García Márquez, el Nobel se entusiasmó e incitó de forma encarecida a Reyes para que terminara el trabajo. ‘Memoria por correspondencia’ es un relato que encoge el ánimo y sorprende por la viveza con que una mujer que aprendió a escribir a los 18 años narra, con la voz y mirada de una niña, la amargura de la orfandad.

Emma Reyes tuvo una vida de novela. Vivió en Roma, Jerusalén y París, frecuentó la amistad de Sartre, Moravia y Pasolini, y trabajó en el estudio del muralista mexicano Diego Rivera. Pero antes tuvo tiempo de recorrer buena parte de Sudamérica haciendo autoestop, trabajó en hoteles como limpiadora y cocinera y sorteó las penurias vendiendo la emulsión de Scott, una conocida marca de aceite de hígado de bacalao.

Reyes solo escribió un libro en su vida, ‘Memoria por correspondencia’, en el que se ciñe a contar su azarosa infancia. Fue todo un desafío porque las desdichas de la protagonista son muchas y lancinantes. No solo salió airosa del empeño, sino que lo bordó. El relato de las penurias de Emma Reyes vio la luz en Colombia en 2012 y cosechó un gran éxito, hasta el punto de que se convirtió en uno de los libros del año. Esta pequeña autobiografía, que ahora publica por primera vez en España Libros del Asteroide, está desprovista de solemnidad; Reyes cuenta su infancia atribulada con palabras sobrias que evocan a Juan Rulfo. Al mismo tiempo Emma Reyes huye del folletín y desvela todas sus adversidades con autenticidad, una cualidad que encandiló a García Márquez.

Paradójicamente, los elogios de Gabo no fueron ni mucho un acicate para seguir escribiendo. Cuando se enteró de que quien luego sería galardonado con el Nobel tuvo acceso a su correspondencia, Reyes interrumpió su escritura. La pintora se sintió traicionada por Arciniegas, que en verdad rompió el pacto de confidencialidad al que se había comprometido. De ahí que reanudara la tarea de contar su niñez mucho tiempo después. Hay una gran distancia temporal entre la primera carta, que data de 1969, y la última, fechada en 1997.

NARRADORA ORAL

Emma Reyes se atrevió a acometer esta empresa cuando las heridas estaban a medio cicatrizar. Su hermana Helena era muy reacia a revivir un pasado traumático en que se acumulaban el terror, las lágrimas, los golpes y el encierro.

Aunque carecía de cultura libresca, la autora era una formidable narradora oral. Solo cuando ya había cumplido los cincuenta años y la madurez había atenuado el dolor, solo cuando logró vencer su natural pudor a que los demás se percataran de sus frecuentes faltas de ortografía, Reyes se atrevió a narrar por escrito sus desventuras. Sus misivas están preñadas de un hondo latido poético. Los horribles sucesos que va desgranando son todo un puñetazo en la conciencia del lector.

El delgado volumen es una denuncia en todo regla de un sistema escolar en manos de clérigos que inculcan a las párvulas el miedo, la mejor arma para perpetuar el control social. Pero también leyendo las páginas de ‘Memoria por correspondencia’ el lector no puede sino irritarse con la opresión ejercida por unos potentados que se aprovechaban de mujeres vulnerables a las que acababan cargando de hijos bastardos.

Al morir Arciniegas, el hombre al que dirigió las cartas, Emma Reyes impuso a los herederos su voluntad y acordó que los textos sobre su infancia jamás se publicaran mientras ella estuviese viva. Casi diez años después de la muerte de la pintora, que acaeció en 2003, por fin las cartas se publicaron en forma de libro en Colombia, donde los amantes de la buena literatura se deleitaron con un testimonio repleto de fuerza y sencillez.

Como destaca Leila Guerriero en el prólogo, estamos ante «alguien que ha sabido pasar el sentido trágico de la vida por el tamiz adecuado para transformarlo en el regocijo trágico de la prosa». Una prosa que recrea con persuasión una infancia de pesadilla.
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