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El historiador Julián Casanova publica '40 años con Franco'

  • El autor afirma que la dictadura se prolongó porque amplios sectores de la población la apoyaron

El historiador Julián Casanova

El historiador Julián Casanova

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27/02/2015 a las 06:00
  • Colpisa. Madrid
Si la dictadura de Franco se prolongó durante cuarenta años es porque gozó del apoyo de amplios sectores de la población española. Esta es la tesis que mantiene el historiador Julián Casanova, quien aduce que en la sociedad arraigó la convicción de que quien se metía en problemas era porque quería.

"Es cierto que en la supervivencia del franquismo desempeñaron un papel fundamental el contexto de la Guerra Fría, la bendición de la Iglesia católica y el respaldo del Ejército y del aparato represor, pero Franco también tuvo el apoyo de importantes bases sociales, de gente que se trasladó del campo a la ciudad y tuvo acceso a unos servicios sociales muy primarios. La idea de que si no te metías en política y permanecías tranquilo nadie se metía contigo cosechó éxito".

Casanova, que ha coordinado el libro '40 años con Franco' (Crítica), aduce que el jefe del Estado salido de la Guerra Civil fue hábil al usar diferentes máscaras, como la del héroe del Rif, salvador de la patria, santo cruzado y, al final de sus días, abuelo venerable que velaba por la concordia.

Al historiador, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza, le molesta la tesis revisionista de que el dictador, pese a la censura, los fusilamientos y el garrote vil, fue el artífice de un periodo de prosperidad coincidente con el desarrollismo. "Franco no movilizó a las masas para conquistar el poder, como hicieron los fascismos. Provocó una guerra con efectos desastrosos y se mantuvo en el poder absoluto durante casi cuatro décadas de miedo, subordinación, ignorancia y olvido de su propio pasado".

Para el profesor, la derecha política todavía alimenta el mito de que el jefe del Estado entre 1936 y 1975 fue un benefactor social y artífice del despegue económico de España, como si la posguerra, la autarquía y el hambre no hubieran existido. A mediados de los años cincuenta, el país estaba al borde del colapso económico y, en un "paralelismo similar al actual, necesitaba la ayuda del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional". "La apertura económica propiciada por los tecnócratas del Opus Dei era una condición impuesta por la ayuda internacional", argumenta Casanova. Lejos de ser el ingeniero que favoreció esos procesos, Franco -en palabras de Paul Preston- "los aceptó a regañadientes".

En el libro se desvelan las leyendas urdidas por la propaganda del régimen y que presentaban al caudillo como centinela de Occidente, Cid Campeador redivivo, mandatario que patrocinó la neutralidad de España en la II Guerra Mundial, baluarte contra el comunismo y pacificador del país. Franco se sobrepuso al desprecio internacional y supo adaptarse de manera camaleónica a las circunstancias. Las democracias toleraron a Franco "porque no estorbaba y era un anticomunista", postura que le hizo ganar enteros ante Estados Unidos y que tuvo su plasmación en el Pacto de Madrid de 1953. Fue el punto de partida para que España obtuviera una generosa ayuda económica y militar. Con los años, la servidumbre hacia Washington fue de tal calibre que en las postrimerías del franquismo Arias Navarro urgía a los ministros a que firmaran lo que fuera con EE UU porque España necesitaba imperiosamente la ayuda del amigo americano.

Casanova se resiste a hablar de franquismo sociológico y no acepta que todos "los males y vicios de la democracia" provengan de la dictadura. No obstante, sí que concede que la corrupción rampante de ahora tiene sus antecedentes en una política clientelar y de intercambio de favores que echó raíces con el general Franco.

Con la dictadura, España no solo quedó al margen de los derechos civiles y de un sistema parlamentario democrático, también se perdió los beneficios del Estado del bienestar. Porque la universalización de la educación y la sanidad se produjeron, recalca, no en el franquismo, sino en las décadas de los ochenta y noventa.

Para el experto, no hay que olvidar que "el régimen murió matando" con los cinco fusilamientos de septiembre de 1975. En ese tiempo, cuando se atisbaba la extinción del régimen, se celebró el proceso de Burgos y el anarquista Salvador Puig Antich fue ejecutado en el garrote vil. La dictadura ha acabado pero tras ella quedan "memorias divididas; unos sucesos trágicos siguen proyectando su sombra sobre el presente".
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