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NOSTALGIA

'Aquellos maravillosos Kioskos', una ventana a la infancia de los 60

El libro es un 'Cuéntame' de los objetos, historias y juguetes de una España que salía del blanco y negro y hacía guiños a la modernidad

Promoción del libro.
Promoción del libro.
EDAF
  • EFE. MADRID
Actualizada 09/10/2016 a las 11:24
La nostalgia, esa añoranza por lo que ya no esta, tiene un caladero sin fondo para los que fueron niños en los años 60, 70, 80 y viajaban a los kioskos de barrio para comprar chicles bazoka, pistolas de agua, yoyós, cromos o chucherías. Ahora el libro 'Aquellos maravillosos kioskos' abre ventana a ese pasado.

'Aquellos maravillosos kioskos', publicado por Edaf, es una especie de 'Cuéntame' de los objetos, historias y juguetes de una España que intentaba salir del blanco y negro y hacía guiños a la modernidad que venía de fuera.

Primero vestidos con los jerseys mini pull, las mini faldas, los pantalones de pata ancha o los tacones de plataforma; y después, en la década de los 70; dependiendo si se era 'pijo' o no, los Levi's, los polos de 'lacoste' o los 'castellanos'.

En este volumen, Pedro Ferrer Pujol y Miguel Fernández Martínez llevan al lector, a través de narraciones basadas en hechos reales a los kioskos de barrio, esos lugares hechos, algunas veces con paredes de chapa y techo de uralita y otras, situados en lo bajos de las casas, y que suponían el centro de la vida para los críos.

Puestos donde se podían gastar el duro de los domingos, cinco pesetas, en un paraíso para los sentidos, lleno de ofertas pequeñas y artesanas. Y el lugar en el que el pequeño visitante se podía hacer con sobres sorpresas o comprar un paquete de Lucky de cigarros de chocolate o, los más adolescentes, cigarros sueltos, casi siempre mentolados.

Críos que se pasaban muchas horas en la calle, el lugar sagrado, sin apenas coches, donde se podía jugar sin peligro y se aprendía casi todo de la vida.

Con muchas de las calles aún sin asfaltar, los niños de los años 60 y 70 jugaban a las 'bolas locas', el yoyó; cuyo color dependía del grado de pericia que se tuviera con él, las pistolas de agua, las ranitas de hojalata clic clac, los Geyperman, la baraja de cartas de las familias por parejas ('mama japonesa por mama bantú'); lanzar paracaídas al cielo, abrir una bolsa de pica pica, tomar regaliz, algún biberón con anises o algún paraguas de chocolate.

Pero este libro no es un solo un recuento de juguetes y símbolos del pasado, también es una especie de diario escrito con una perspectiva de tiempo. A cada capítulo le corresponde una narración, con la que muchos lectores se podrán sentir identificados, ya que corresponde a fechas que en aquella época eran muy importantes para los niños y sus familias.

Como el día de la primera comunión, que en aquellos años casi era una obligación o algo muy común, por mera tradición, más que por convicción religiosa. El libro recoge en este aspecto, los clásicos recordatorios con imágenes celestiales, los trajes de marinero o almirante, para los niños y de organdil o monja para las niñas.

Otras narraciones recogen también los primeros veranos; por ejemplo, en las playas de Alicante, en la playa abarrotada del Postiguet; las navidades con su decoración en las casas y la visita a los reyes, o los pajes de los reyes, en los grandes almacenes para recoger la carta, o el día del Domund y los postulantes en la calle.

Y, cómo no, los billares, esos lugares a los que acudían los jóvenes que habían abandonado ya los kioskos y que empezaban a frecuentar el descampado, donde comenzaban los primeros besos y tocamientos, para ir después a los billares hablando de los ligues con la testoterona en competición.

El libro también abunda en lo que vino después, en los 80, con la entrada de kioskos para comprar los cómic o los primeros interviús, con la libertad como colchón.

'Aquellos maravillosos kioskos' abrocha a toda esa generación que creció jugando con los mecanos, los juego reunidos Jeyper, las muñecas de Famosa, los pastelitos tigretón, la pantera rosa o el bony, el cine exin; los mapas de plástico duro, los helados de Frigo, los palotes o los plumieres, todo un suspiro melancólico.

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