FERIA DE SAN ISIDRO

La entrega de Pinar pone el único argumento a una tarde soporífera en Madrid

Los toros de Cuadri no sirvieron por su limitada casta

Luis Miguel Encabo recibe al segundo de su lote durante la vigésimo octava de la feria de San Isidro.

Luis Miguel Encabo recibe al segundo de su lote durante la vigésimo octava de la feria de San Isidro.

EFE
Actualizada 03/06/2016 a las 10:26
  • EFE. MADRID
El diestro Rubén Pinar saludó las dos únicas ovaciones al término de la vigésimo octava corrida de San Isidro, una tarde soporífera y de muy poco contenido por culpa del escaso y deslucido juego de los toros de Cuadri.

Una corrida que navegó en las antípodas de la emoción. Si la corrida de la víspera fue de las que hacen afición, la de hoy, desde luego, es de las otras, de las que quitan. Una tarde que ya desde el el paseíllo cogió la linde del aburrimiento y no lo soltó hasta el último arrastre. Plúmbea de verdad.

Los toros de Cuadri no sirvieron por su limitada casta y, en consecuencia, a los de luces les tocó bregar contra un muro y con la siempre ingrata indiferencia y frialdad de la gente, que buscó auxilio en otros menesteres para pasar el trago, obviando que en el ruedo había tres hombres que, además de la vida, se estaban jugando su futuro a cara o cruz en esta tarde isidril.

El único de los tres que podría salvarse de la quema, y porque saludó dos ovaciones, fue el joven Rubén Pinar, torero cuya carrera ha ido a menos hasta estancarse en una situación alarmante, y que hoy, al menos, dejó los pasajes más destacados de la función.

A su primero, un toro tardo y muy agarrado al piso, le instrumentó una faena basada en la paciencia y en las ganas propias de quien se juega los garbanzos en una sola baza. Y así, a base de no desistir y de aguantar las constantes negativas del astado a embestir, logró el albaceteño muy buenos naturales de uno en uno.

Qué mérito tuvo Pinar, que logró sacar unas cuantas gotas de agua de un pozo totalmente seco; y así, al menos, pudo justificarse.

El sexto se desplazó algo más, aunque tampoco aguantaría mucho. Pinar volvió a tirar de entrega y disposición para salvar los muebles y saludar otra ovación desde el tercio.

Desde luego, el que salió más perjudicado de los tres fue el veterano Luis Miguel Encabo, que se las vio y se las deseó para tratar de sacar partido a un primero apagado y a la defensiva, con el que estuvo tan aseado y fácil como sin brillo; y a un cuarto de lo más informal y deslucido, con el que no pudo pasar de un insustancial muleteo al regate.

Para mayor desdicha estuvo francamente mal con los aceros en los dos toros, y eso no llegó a meterle la espada a ninguno, pero, eso sí, requirió de hasta dieciocho descabellos para darles muerte, además de los pinchazos de todo tipo que también repartió previamente.

Tampoco es que Robleño salga relanzado de este San Isidro. En las dos tardes que ha actuado en madrileño sus actuaciones no han pasado de decorosas. Verdad que no tuvo ha tenido toros propicios, pero sus aspiraciones de salir de la zona oscura del escalafón desde luego no se han cumplido.

En el primero de su lote, de lo más deslucido por su informalidad, se puso el mono de trabajo en una faena tan laboriosa como sin brillo; y en el quinto, también complicado, estuvo en un continuo quiero y no puedo.
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