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Los novilleros punteros pasan un agrio examen final en Las Ventas

Los tres espadas salieron a quites. Ginés, por gaoneras, más firme que afortunado, en el toro de Lorenzo

Feria de San Isidro:

El novillero Varea da un pase con la muleta a su segundo astado en la Cuarta de la feria de San Isidro, en la Plaza de Las Ventas de Madrid.

EFE
Actualizada 10/05/2016 a las 08:54
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  • COLPISA. MADRID
De salida se dejaron torear los tres primeros novillos de El Parralejo. Álvaro Lorenzo, versión feliz de la verónica seca o castellana, se encajó en el tercio y a modo con el primero de corrida: cuatro lances ceñidos, pero se interpuso el viento, y el viento lo desarmó. Ginés Marín, versión de la verónica alegre y volada a pies juntos -el modelo sevillano-, se hizo querer en el saludo del segundo: cinco lances de fino trazo, media malabar -torero de buenas muñecas- y una larga cambiada de manos por delante que pareció de embaucamiento. El novillo había sido protestado de salida y los lances acallaron de un golpe las protestas. Varea, versión de la verónica de aire trágico, de suerte cargada y manos altas, desplegado el vuelo, le pegó al tercero en el recibo cinco lances retemplados, severos, elegantes. Así que el examen primero se resolvió a favor de Varea. Contó el empaque.

 
Madrid. 4ª de San Isidro. 14.000 Almas. Lluvia durante la lidia de primero y sexto. Nubes y claros, fresco, revuelto. Pista pesada y parcheada. Dos horas y diez minutos de función.
Cinco novillos de El Parralejo (José Moya) y un sobrero -3º- de José Vázquez.
Alvaro Lorenzo, silencio y vuelta al ruedo. Ginés Marín, silencio tras un aviso y silencio. Varea, silencio y saludos tras un aviso. Los tres espadas, nuevos en esta plaza. De Toledo, Jerez de la Frontera (Cádiz) y Almassora (Castellón), respectivamente.
Buena brega de Puchi y Javier Ambel. Brillantes pares de Iván García.
Los tres espadas salieron a quites. Ginés, por gaoneras, más firme que afortunado, en el toro de Lorenzo; Varea, por sedicentes chicuelinas y media de remate muy hermosa, en el toro de Ginés; y Lorenzo, por verónicas de mano baja e impecable ajuste, en el toro de Varea. Solo que ese tercero de corrida, que había galopado pero también claudicado, se fue al suelo en el tercer y último lance de Lorenzo. Y lo devolvieron.

Al sobrero, de José Vázquez, con más plaza y cara que los tres novillos previos le pegó Varea seis verónicas monumentales -acompasadas, embraguetadas, sentidas- y media casi barroca porque los capotes grandes se prestan al dibujo barroco más que los pequeños. Tampoco ahora perdonó Alvaro Lorenzo su quite. Supina brevedad: un lance abierto y la media. Y ya no riñeron más. El cuarto se frenó antes de varas y Ginés desistió de un intento de chicuelinas; la correa incierta del quinto no animó a nada ni nadie; el sexto no atendió el reclamo de Varea en presunta porta gayola para una larga de rodillas en cite más cerca del platillo que de toriles. Toro huido: ni el del matador ni el quite ajeno.

Dieron pobre juego los novillos primeros. El primero, precioso pero muy flojito, se vino abajo rendido y parado a los diez viajes, y Lorenzo quedó casi inédito. El segundo duró bastante más pero, justo de entrega, empezó a rebrincarse antes de aplomarse y no tuvo, en la corta distancia, ni gana. Una larga, generosa y ambiciosa faena de Ginés Marín, con dos mitades distintas. Una primera brillante -estatuarios de apertura, dos tandas en redondo citando de largo, bellos remates de trinchera o de pecho, soltura, cierto compasito que el toro no tenía- y una segunda bastante opaca, por terca, por buscar Ginés el toreo en ovillo a pesar de lo que protestaba el toro. Y por rematar con un alarde inadecuado: las bernadinas, colofón propio de faenas mayores solamente. El sobrero de Vázquez, con el hierro histórico de Aleas, se derrumbó al tercer muletazo, se sentó al sexto y pareció tener rota una mano que perdía. Los novillos de la segunda parte fueron de más serias hechuras que los primeros. El cuarto, el de más cuajo de los seis; el quinto, el más ofensivo; el sexto, el más montado. El cuarto manseó en varas, atacó en banderillas y se empleó después. Elasticidad. Y entonces fue la mejor faena de esta fiesta tan esperada: una espléndida tanda de doblones de Lorenzo para ahormar; dos tandas con la diestra de caro gobierno, trazo largo y templado, ligazón irregular. No fue toro de mano zurda -tardo, apagado- pero por ahí lo provocó Alvaro en muletazos despaciosos, arrancados, a tornillo las zapatillas, el remate detrás. Firmeza y poder. Un ovillo, una trenza y una cogida por pisar terreno minado Alvaro. Tremenda voltereta. Y respuesta emotiva de torero de raza. ¡Sin mirarse! Una última tanda con muletazos cambiados, cobrados con la vuelta, ligados en un palmo. Y una estocada de gran fe pero tendida y trasera. Casi una oreja.

Ginés brindó al público el quinto pese a verlo tan encogido, a la defensiva, escarbador y correoso. Un hermoso comienzo de faena: de poder con facilidad, muy sutilmente, sin esfuerzo, pura soltura. Pero ese quinto fue toro ingrato: de puntear y mansear, de pretender rajarse cuando se vio sometido, de soltarse cobardón y lanzar, mirón, más de un recado. Solo un error de Marín: alargar faena, acortar distancias, ponerse encima. El ambiente estaba hostil con Ginés desde el arranque -el precio de aparecer por Madrid como figura del escalafón- y ahora le hicieron saber que las faenas largas no gustan aquí.

La gente estaba con Varea: su fiel peña de Almassora, y no solo. Se celebró su arranque de trasteo con el sexto -doblones forzados- y hasta se jalearon pasajes de una faena más plana de que otra cosa, encima de un toro aplomado, exangüe, el más bajo de raza de una corrida tan justa de ella. Y se atascó la espada.
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