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Opinión
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Mano a mano con el vértigo

SOCIO DIRECTOR DE ISAVIA

José Manuel Chapado
José Manuel Chapado
Cedida
  • José Manuel Chapado
Actualizada 06/03/2013 a las 19:43
El vértigo nos acompaña. Camina junto a nosotros. En ocasiones se anticipa y se sitúa delante. Es así como se abre a nuestros pies un abismo en forma de situación que nos exige una decisión que no somos capaces de tomar. Sentimos miedo. Es normal. El miedo es una emoción básica y necesaria. Nos previene ante una situación delicada y nos predispone a afrontar. No es malo en sí mismo, salvo que nos pueda. Sólo cuando nos paraliza, nos vence.

Pero el elemento clave que convoca al vértigo no es el miedo, sino la vulnerabilidad. Antes que la emoción, surge el pensamiento. Sabernos vulnerables es lo que desata el temor y la angustia. Ocurre cuando no tenemos la situación bajo control. Ocurre cada vez que nos enfrentamos a una situación nueva. Ocurre cuando aprendemos. Y también cuando emprendemos.

Sentir vértigo es síntoma de crecimiento. Sentir vértigo es bueno, es estar vivo. Lejos de percibirlo como algo indeseable, el vértigo aderezado de miedo razonable es la saludable consecuencia de conquistar nuevos horizontes. Nuestra vida cotidiana personal y profesional está repleta de episodios de vértigo. De sensaciones de incertidumbre. Quien convoca al vértigo no es el miedo, sino la vulnerabilidad.

Se manifiesta ante la imposibilidad de ofrecer una respuesta sólida y segura ante un triple cuestionamiento: ¿seré capaz?, ¿qué va a pasar? y ¿qué dirán? Sucede cuando un médico tiene dudas sobre la certeza de un diagnóstico que intuye, cuando un directivo duda ante el lanzamiento de un producto nuevo, cuando un socio no es capaz de expresar su desacuerdo con el reparto de dividendos o cuando alguien no se atreve a expresar su opinión en público aun a riesgo de quedarse solo.

Nos sucede cuando queremos declararle nuestro amor a alguien, cuando valoramos estudiar en otra ciudad o, más aún, cuando se nos plantea la opción de que sean nuestros hijos los que se marchen a estudiar a otro país. Es entonces cuando nuestro sentido del compromiso y la responsabilidad exigen respuesta. Algo tenemos que hacer.

En ISAVIA hemos diseñado un modelo de gestión del vértigo que posibilita un ejercicio responsable del liderazgo. En el libro del que soy autor ("Vértigo", Alienta 2012) lo defino como el modo valiente de enfrentar la vida en sus momentos decisivos. Ser valiente no es una competencia profesional. Es una actitud personal.

Ser valiente no es hacer cualquiera cosa. Pero sí es atreverse. Nada hay más costoso en el medio plazo que la parálisis y la inacción. Porque influimos no sólo cuando hacemos sino también cuando no hacemos. Influimos aunque no queramos.
Es el silencio, la indecisión y la duda lo que más nos exaspera. Sus efectos perversos se nos muestran más evidentes cuando de la voluntad de un pusilánime depende nuestra capacidad de actuación. O sea, cuando de quien hablamos es, por ejemplo, de nuestro jefe. Por cierto, ¿qué piensan de ti quienes te rodean?

No hacer influye más y peor que hacer. Saber gestionar el vértigo es querer hacer, al tiempo que no es ser inconsciente y, menos aún, despreciar el riesgo. Más bien, todo lo contrario. El liderazgo más valiente es el que reconoce que no tiene todas las respuestas al tiempo que elige ejercer su responsabilidad. Gestionar el vértigo supone valorar alternativas, ponderar consecuencias, elegir momentos? Es atreverse y no esconderse.

La gestión del vértigo es transitar por la emoción de la rabia que grita ?basta ya? ante una situación dolorosa a la que queremos poner fin. Es tomar conciencia de lo que nos rodea, mirar a largo plazo y escuchar a quienes saben más que nosotros y nos enseñan lo que necesitamos aprender, incluido lo que no nos gusta escuchar. Es decidir con lealtad a nuestros principios, comprometerse sin plazo ni caducidad y asumir las consecuencias en su integridad.

Gestionar el vértigo es abrir etapas nuevas en la vida. En la de uno y en la de quienes le rodean. En la de las personas y en las de las organizaciones. Por mi trabajo, tengo el privilegio de aprender de cientos de personas que son modelo de gestión del vértigo. En la intimidad de las sesiones de coaching, grandes dirigentes empresariales me han confesado la soledad que precede a la toma de una decisión. Y también las dudas que les asaltan. Y el coraje que invierten cuando la situación lo requiere. Ante una fusión o ante un ERE. Ante una expansión o ante una retirada. Gestionar el vértigo es ejercer responsabilidad. Dar un paso al frente.

Como lo hace un torero valiente al salir cada día a la plaza. Pisando con firmeza. Ganando el terreno. Plantando cara al astado. Sin perderle la mirada. El caso de Eduardo Dávila Miura es para mí un ejemplo de compromiso y responsabilidad. Con él estaré el próximo jueves en Pamplona, bajo el cartel de APD. Plantando cara al miedo. Mano a mano con el vértigo.


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