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Ética empresarial, responsabilidad social y liderazgo conversacional

PRESIDENTE DE PHAROS Y MIEMBRO DEL TOP TEN MANAGEMENT SPAIN

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Actualizada 04/03/2013 a las 08:43
  • Marcos Urarte
La Responsabilidad Social, cualquiera que sea el apellido que ostente, se cimenta en la ética. Las empresas, por sí mismas, no son éticas o no éticas. Mientras que a sus líderes sí se les puede distinguir como tal ya que son ellos quienes crean una cultura organizacional acorde con su pensamiento y convicciones. De allí que, muchas veces, no hace falta conocerlos directamente, se les percibe con claridad meridiana, sin duda, a través de sus acciones empresariales, de sus productos, bienes o servicios. ¿Quiénes son sus jueces implacables? Sus grupos de interés, también denominados stakeholders: clientes, proveedores, personal, comunidades y todos los colectivos a quienes impactan sus decisiones y actividades operacionales.

Ligando la filosofía con la conducta ética de las empresas, la reflexión oportuna que merece hacerse es que actuamos mal a pesar de que, sabemos, por sentido común y por la ley natural, lo que debe y no debe hacerse. Lo que está bien y lo que no. La ética y la moral son prácticamente coincidentes en las filosofías más respetadas a nivel universal, sin importar su origen y sus tintes distintos, y pretenden conducirnos por la senda de lo correcto.

Las comunicaciones han convertido esta sociedad en una aldea global que nos mantiene informados de las acciones de cada corporación, de su influencia en el quehacer humano, del aporte a la calidad de vida y en el impacto que esta tiene sobre el planeta. Lo que antes era visto como un acto idealista ecológico y romántico, hoy es una fuente de ventaja competitiva al permitirnos diferenciarnos por nuestro comportamiento y compromiso. La reputación corporativa es uno de los principales activos de cualquier compañía.

Los países desarrollados han considerado de forma cada vez más creciente, el impacto de sus actividades en la sociedad y en el medio ambiente, ya sea en la producción limpia como en el cumplimiento de normas que estandaricen los procesos. En muchos casos, lo que antes era optativo se ha convertido en obligatorio.

A finales de los años 70 nace el concepto de Responsabilidad Social Empresarial como respuesta a los fracasos de otras tendencias de generación de valor. Pero en este caso existe una importante diferencia: por primera vez se incorpora de manera explícita a la producción y servicios el impacto que esta puede ocasionar en los diferentes stakeholders.

En la medida que esta tendencia se vaya convirtiendo en una práctica dominante, las empresas deberán ir incorporándola a su actividad, ya que más allá que obtengan una ventaja competitiva de ella, el beneficio estará en no perder mercado por el castigo que pueda ejercer el consumidor por la falta de compromiso social que una empresa ofrezca al mercado.

Para el caso de los países en desarrollo es una tendencia impuesta, como todas las tendencias anteriores, pero que dadas las exigencias de otros mercados desarrollados se convertirá en una forma de comportarse obligatoria y podrá ser una fuente de ventaja competitiva en razón de la oportunidad en que cada organización la asuma.

En definitiva, el mercado mundial ya ha puesto en marcha estas prácticas, sin embargo, las razones de su implementación no obedecen a la filantropía de las empresas sino a ocupar un lugar destacado de liderazgo y no de seguidor en su implementación, ya que inexorablemente la Responsabilidad Social Empresarial será parte fundamental de las economías y mercados del mundo.

Tal vez estemos siendo testigos de una revolución social en el quehacer empresarial en donde la globalización de la economía y las comunicaciones sean las responsables de este fenómeno.

La Responsabilidad Social Empresarial no es un acto heroico sino una fuente de ventaja sostenible en estos tiempos y un compromiso obligatorio en el futuro, que el mercado sabrá valorar. El concepto de sostenibilidad ya no es cuestionable.

Las empresas se han ido convirtiendo en importantes agentes sociales. Obviamente que, incluso en su propia definición, la empresa busca satisfacer las necesidades de la comunidad, pero esta vez lo hace con una participación más activa en el desarrollo social y no únicamente en entregar un producto o servicio que satisfaga un requerimiento. La Responsabilidad Social Empresarial no es cómo gastas el dinero que ganas si no cómo ganas el dinero.

En tiempos de grandes cambios e incertidumbres, para convertirse en un “líder conversacional” y responsable del espacio conversacional se requiere un cambio y aprendizaje profundo en los directivos, que incluso los transformará como personas, en un proceso similar al de la crisálida y convirtiéndose en un “arquitecto social”.

Este proceso debe permitirnos transformarnos en el principal diseñador y responsable del espacio conversacional que nuestros profesionales requieren, generando espacios de altas posibilidades y, a la vez, siendo garantes de altos niveles de efectividad. Asimismo, debemos actuar genuinamente, como verdaderos modelos, facilitadores y promotores de las competencias y herramientas que nuestra gente requiere para su trabajo, actuando como observadores privilegiados de los problemas y riesgos que nuestros equipos encuentran en su desempeño. La generación de sentido se convertirá en uno de los objetivos a alcanzar.

Esta forma novedosa y emergente de ejercer el liderazgo contempla una nueva dimensión, más allá del estricto y duro plano del gerenciamiento. Estos nuevos tiempos y espacios imponen un nuevo “ethos organizacional” en el comportamiento directivo, donde se valorará el “ser” por encima del “tener”.

En ciertas ocasiones, podremos dudar tener las condiciones para asumir estas nuevas responsabilidades y retos, pero, sin embargo, este nuevo “ethos” señala al líder un fascinante proceso de aprendizaje, suyo y de su comunidad. Es necesario diferenciar a los líderes éticos de los simples “alborotadores”.

El “líder conversacional” tiene la maravillosa opción de ayudar a mejorar en todos los ámbitos de actuación, consiguiendo resultados extraordinarios en su renovación personal, la de su equipo y la del sistema organizacional. Hay que entender que la organización no son unas siglas o unos edificios, sino el conjunto de las personas que la integran. No podemos hablar de la organización sin contemplar individualmente a cada una de las personas.

En cuanto a la renovación personal, el líder obtiene progresivamente respuestas que lo guiarán hacia el conocimiento y rediseño de sus capacidades, a través de la observación personal, capacidad intuitiva, gestión de las emociones y permanente superación de sí mismo. Aunque suene a obvio, “para liderar personas, hay que ser persona”.

Continuando el proceso, y casi de forma concurrente, es el equipo su laboratorio de aprendizaje, donde el líder descubre que también debe transformar el espacio social de su equipo más cercano. El facilitar el crecimiento del equipo se convierte en una de sus principales obligaciones y uno de sus mayores retos. Toda forma de liderazgo implica el abandono de una visión individualista estrecha de sí mismo, involucrando el retorno del individuo a su ser social. Las personas “grandes” son capaces de hacerse “pequeñas” para ayudar a las “pequeñas” a hacerse “grandes”.

Finalmente, donde el líder debe enfocar su mirada de influencia es en la transformación del sistema, lo que significa ser capaz de ver y valorar la diversidad, captar las interdependencias presentes en el todo, la interacción de todas y cada una de las personas involucradas en los procesos, recordando siempre que algunas propiedades del todo no son propiedades de ninguna de sus partes y el interés de la comunidad no tiene por qué coincidir con cada uno de los intereses individuales. Una organización es tan fuerte como el más débil de sus miembros.

Las organizaciones motivadas por este nuevo “ethos organizacional” imponen al líder un nuevo orden en su compromiso con su comportamiento y prioridades. Debe ser capaz de crear nuevos diseños, relaciones y fórmulas en el trabajo, asumiendo una tensión innovadora, reemplazando el paradigma del miedo y el dolor por una mirada más lúdica y creativa. Una cierta dosis de tensión es positiva, nos mantiene alerta, en cambio, el terror nos paraliza bloqueando todas las iniciativas y la creatividad. Es la muerte anunciada.

Abandonando el modelo mental impositivo por uno de generación de sentido en su ecosistema, debe ser capaz de generar un nuevo entorno basado en una nueva mirada ética, en la que se valore, acepten y aprecien las diferencias y la variedad. Para poder pedir compromiso es imprescindible generar confianza y generosidad. Generosidad en valorar lo que otros hacen, para valorar las ideas, para no creer que estamos en posesión de la verdad y estar dispuestos a cambiar de idea. Posiblemente sea uno de los comportamientos más poderosos y transformadores.
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