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FINAL MANOMANISTA 2011

Para Xala, la final que era suya

Aimar Olaizola anotó el 17-10 con el juego que le ha hecho campeón, pero poco pudo hacer cuando le pasó el huracán

Ampliar Xala sorprendió en la celebración de algunos tantos con gestos de rabia que no frecuenta.	 JAVIER SESMA
Xala sorprendió en la celebración de algunos tantos con gestos de rabia que no frecuenta. JAVIER SESMA
  • J.M. ESPARZA . BILBAO .
Actualizado el 04/07/2011 a las 11:55
Esta finalísima le debía una a la pelota y se la pagó con generosidad, con propina. Salió una gran final, un partido muy bonito. A tacadas, como suele suceder, pero con mucho juego, emoción y sin fallos. Partía de favorito Aimar, que se puso 17-10, pero entonces surgió el mejor Xala, se la jugó y le salió todo bien, hasta convertirse en justo vencedor, en el primer pelotari francés que logra una txapela, que supone el segundo grano (el otro es el de Joxean Tolosa en 1989) en los 42 años de hegemonía navarra en el Manomanista.
Ganó el pelotari que mejor supo adaptarse a las circunstancias. Mientras Aimar aplicó prácticamente el mismo guión de principio a fin, hasta morir con él, Xala cambió según aconsejó el guión de Olaizola. Llevaba un plan "B" que le funcionó. Primero las vio venir, hasta situarse. Después pasó a un ataque, digamos, clásico, hasta convencerse de que ahí Aimar le daba por todos los lados. Finalmente, cuando tenía todo perdido, atacó a la desesperada, y ahí, dentro de una guerra sin cuartel, sacó lo mejor de sí mismo. El paso del 17-10 al 18-20 resume la explicación de la final.
El saque y el aire
El saque estaba llamado a ser una de las claves más decisorias, y así fue. Xala se empeñó en darle altura y pegar la pelota a la línea de pasa, para buscar el saque remate. Ahí, Aimar le cogió todas de aire, excepto tres restos que falló, y retomó la iniciativa del tanto con relativa facilidad. Además, el lapurtarra se empeñó en restar a bote hasta que en el tanto diez no llegó bien a la pelota por medir mal su salida. El siguiente resto lo hizo de sotamano desde el suelo, y aún pagó dos saque-remate más de Aimar hasta darse cuenta del terreno que estaba regalando al rival. A partir de ahí restó de aire siempre que pudo, y desde el tanto doce suyo sacó desde la pared, algo que Olaizola también acusó.
También estaba anunciado que decidiría el juego de aire, y también ocurrió. Mientras Xala dio más pelotazos de aire (76) que a bote (63 en jugada), Aimar se ajustó a un guión más clásico, con más pelotazos a bote (84) que de aire (55), si bien es verdad que la mayoría de las veces que Xala entró de aire llegaron en la segunda mitad, cuando practicó su juego más agresivo.
Dos mitades diferenciadas
En el manomanista, más que en ninguna otra modalidad, hasta el cartón 22 no se acaba el partido. Con el 17-10 estaba el marcador decantado por Aimar, reafirmado en sus argumentos y convencido de que iba por el buen camino. Sin embargo, faltaba la reacción de Xala, que sacó toda la rabia que llevaba dentro, pasó del juego pasivo al más agresivo se llenó de convicción en sus posibilidades, además de cambiar la estrategia en el saque y en el juego, entrando más de aire a todo, huyendo del peloteo, atacando en cada pelotazo. Fue un auténtico huracán que dejó a Olaizola sin capacidad de respuesta.
No jugó mal el navarro. Aplicó su juego metódico con un punto de agresividad superior a lo que acostumbra. Buscó incesantemente el remate, si bien es verdad que con demasiadas precauciones en algunos momentos. En cualquier caso dio buena cuenta del campeón que lleva dentro. No falló practicamente ninguna, y con su material se sintió como pez en el agua. Su repertorio fue amplio. Aplicó el saque remate en tres tantos, lo mismo que el dos paredes, y hasta marcó un remate de sotamano a la pared. Lo malo es que tuvo enfrente al mejor Xala conocido.
Sacó todo lo de dentro
Además, el lapurtarra, más jaleado por la mayoría de los aficionados que abarrotaron el frontón, sacó a relucir no sólo su maravillosa zurda , sino también todas las fuerzas que llevaba dentro, hasta las que no tenía, azuzado por la rabia acumulada después de que estuvieran a punto de dejarle fuera de esta final. Su aspecto era pausado y frío, pero la forma como celebró algunos tantos, con los puños apretados y agitando los brazos, delató su estado de cólera interior. Inclusó llegó a arengar con gestos a la grada para que le jalearan más todavía.
Y le salió todo,. Ni se acordó de la operación. Estaba como un toro. La media docena de ganchos incontestables, con una violencia inusitada, la mitad de ellos desde el cuadro quinto, muestran el estado de gracia del nuevo campeón.
La final deja un grato recuerdo por su nivel y un nuevo y justo campeón. A la tercera va la vencida, pensaba. Acertó.
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