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Retratos

Iosune Murillo, exciclista: “Los ciclistas siempre me ven como la entrenadora, da igual que sea hombre o mujer”

Le llegó el reconocimiento general por preparar al ganador del Giro 2019, Richard Carapaz, pero Iosune Murillo llevaba ya muchos años de logros como ciclista y de intenso trabajo técnico

Ampliar Una sonriente Iosune Murillo posa para el fotógrafo. Fueron muchas las imágenes tomadas y en ninguna salió seria
Una sonriente Iosune Murillo posa para el fotógrafo. Fueron muchas las imágenes tomadas y en ninguna salió seria José Carlos Cordovilla
Publicado el 30/01/2022 a las 06:00
Mamá, ¿por qué tienes rayas en la cara? La frase es de Oihan Oroz Murillo, de 10 años. En la mayoría de intentos para realizar un retrato fotográfico a Iosune Murillo aparecen esas líneas, las que provoca su expresión risueña innata. Le cuesta un mundo ponerse seria y contagia ese buen rollo. A la hora de realizar el retrato escrito, te maravilla su capacidad para encarar al 100% todas las facetas de su vida personal y profesional. Se pasó 17 años subida a una bicicleta, conoció lo mejor de este deporte al cobijo de Joane Somarriba, pero fue la preparación de Richard Carapaz, corredor ecuatoriano que ganó el Giro en 2019 con la camiseta de Movistar, la que le brindó el reconocimiento. Pero, ¿qué hay detrás de la mirada feliz de esta mujer de Barañáin de 41 años? En esta entrevista, la única entrenadora en la élite mundial del ciclismo, desgrana los aspectos más y menos conocidos de su vida.
Iosune se inició en el ciclismo con 11 años y lo dejó con 28. Pero, ¿cuándo ha sido la última vez que se ha montado en una bicicleta?
Fue una concentración de técnicos del Kern Pharma en la que nos juntamos masajistas, directores, oficina, médico... Fuimos de Pamplona a Roncesvalles y al día siguiente la vuelta. Fue en octubre.
Así que sigue teniendo el gusanillo que le llevó a vivir una gran época en la que corrió junto a Somarriba. ¿Con qué se queda de aquellos tiempos?
Me quedo con su cercanía y la manera que tenía de conseguir un objetivo. En aquella época, no pensaba que una mujer fuera tan profesional. Con Joane tuve la oportunidad de vivirlo, su preparación, la concentración en altura. Y me abrió los ojos al ver que vivía por y para el ciclismo y que se podía ser profesional. Ella nos recogió para intentar dar a las chicas de la zona la oportunidad de ser profesionales y conocer el ciclismo mundial. Me quedo con eso. Ella era el ejemplo en el que te querías reflejar.
Tiene en sus piernas cinco Giros, tres Tours y tres Mundiales. Con el paso del tiempo, ¿qué siente al recordarlo?
Tener la oportunidad de competir al máximo nivel fue muy bonito. Además, hoy en día tengo muy buenas amigas ciclistas con las que compartí experiencias. La primera salida del Tour de Francia, con 20 o 21 años, eran momentos que decías: “¿Lo podré volver a vivir?” Hasta que no pasan los años no eres consciente de todo lo que has vivido.
Deja la bicicleta sin grandes traumas y le llega el triunfo como entrenadora. ¿Qué hay que tener para ello?
El otro día leí una entrevista de un entrenador de atletismo, Juan del Campo, que decía que para ser buen entrenador hay que ser una buena persona. Me gustó. Tienes que saber empatizar mucho, intentar conocer el entorno del deportista y cómo es, entenderle. El deporte de alta competición tiene una exigencia mental brutal y lo que intento es mostrarme cercana, porque problemas va a haber. El ciclismo lleva implícito caerse y nunca viene bien. Cada persona encaja los golpes de forma diferente, también por no obtener el rendimiento que querías. Yo también soy responsable de ello, aunque sobre todo lo es el deportista. Se lo he dicho a Richard (Carapaz), pero también a otro que no tenga tantos resultados. Yo les intento ayudar a que lleguen al objetivo, pero ganar o perder no es sólo mi responsabilidad.
La popularidad le llegó precisamente con Carapaz, a quien conoció cuando lo fichó Eusebio Unzué y recaló en el Lizarte como inversión de futuro para Movistar. ¿Cómo logra conectar con él?
Cuando llegó, se le plantearon unos objetivos. Tenía resultados muy buenos en Sudamérica y queríamos comprobar que tenía ese motor. Ganó la Vuelta a Navarra y ese verano ya compitió en Movistar. Lo que enseguida vi en Richard es su determinación. En su primera Vuelta no lo pasó excesivamente bien por el calor. En Ecuador, la temperatura media es de 10 grados. No estaba muy adaptado a esas condiciones. Al año siguiente, va al Giro, gana una etapa y hace cuarto en la general. Vuelve y dice: “El año que viene lo gano”. Desde ese momento, ya estaba pensando en el año siguiente. Esa determinación no la he visto en tantos deportistas y facilita mucho la labor de un entrenador.
Con Carapaz no mantenía sólo una relación profesional. Su pareja, Juanjo Oroz (ex ciclista y director de Kern Pharma), y usted le acogieron. ¿Cómo eran esos cafés que se tomaban?
Richard es una persona cercana. Su madre es ganadera, tiene sus vacas, y nosotros le hablábamos de nuestro pueblo, que tiene ganadores, agricultores. Intentas ponerte en su situación. Estaba lejísimos de su país y su hijo mayor era de la edad de nuestro pequeño. Cuando vino a Pamplona, el niño tenía dos años. Él hizo una apuesta muy fuerte por intentar ganarse la vida con esto y dejó a la familia allí, con un pequeño. Intentábamos que no se sintiera solo.
¿Y hay muchos momentos de soledad?
Sí. Cuando había épocas que no tenía competición, le invitábamos a cenar a casa, teníamos ratos de hablar de ciclismo y de otras cosas. Así el vacío no era tan grande.
Quizá eso aporte tanto como una buena preparación.
Siempre digo que el ciclista es un solitario porque pasa muchas horas fuera de su entorno, entrena mucho solo. Por eso, es bueno que haya alguien que te entienda y, si tienes un problema, te escuche si no tienes a tu familia cerca.
¿Sigue teniendo relación con él?
Sí. Mantenemos contacto teléfono para ver qué tal estamos. Siempre que viene a Europa, la familia viene con él y si pasa por aquí nos hace una visitilla.
Es la única entrenadora-preparadora en la élite mundial del ciclismo. ¿Se ha encontrado con más machismo de ciclista o de entrenadora?
Creo que más veces como ciclista, por las diferencias económicas. Viendo lo que consiguió Joane en su época y lo que recibió y compararlo con lo que recibe por ejemplo Valverde... Joane ha sido también campeona del mundo y no tiene ese reconocimiento. Es la diferencia social lo que veo.
¿No se ha cruzado con nadie a quien le llame la atención que la preparadora sea usted?
No. Yo era la primera a la que me daba miedo. Me gustaba el alto rendimiento y veía mi figura de entrenadora y no quería entrenar sólo chicas. Pero mi cabeza decía: “¿Ya vas a poder?” Pero siempre me han visto como la entrenadora y no ha habido diferencia de género. Da igual que sea hombre o mujer. No tengo ningún mal recuerdo en ese sentido.
Analicemos su trabajo. ¿Qué valores recoge en su ordenador?
Yo mando un planning cada diez días y pienso que es imposible que se pueda cumplir al 100%. Lo que planteo es si siempre te vas a encontrar estupendamente, te vas a recuperar súper bien... Pero siempre puede haber un resfriado, una caída. Gracias al software que recoge los análisis de datos, voy viendo la evolución semana tras semana. Si yo mando unas cargas de trabajo, unas horas e intensidades, veo si se va cumpliendo.
¿Cuántas horas pasa delante de las dos pantallas?
Según el día. Hay días que 5, otros 9, otros 3...
Y con dos niños. Recordemos que su pareja, Juanjo Oroz, es director de Kern Pharma y pasa mucho tiempo fuera de casa.
Cuando ellos están en el cole, son mis horas productivas. Pero si estoy con los críos, estoy con ellos. No quiero que me vean muy pegada al móvil.
¿Sabe delimitar su tiempo o a veces es inevitable?
Sí. Yo también necesito desconectar aunque es cierto que hay llamadas que tengo que coger. Pero el análisis de datos lo hago en otro momento.
Los pequeños practican atletismo en Hiru Herri. ¿Pero serán ciclistas en el futuro?
-Ríe-. Bueno, el mayor ya llevamos dos años engañándole con que no se podía apuntar todavía a ciclismo, pero en marzo empezará. El pequeño va de la mano del otro. También le gusta la pelota. Los dos harán atletismo, ciclismo y pelota.
También Iosune hace atletismo, pero no se anda con bromas: corre maratones.
La primera maratón la hice con una amiga ciclista en 2016. Me mandó un mensaje en el que me decía que había hecho la preinscripción de la maratón de Berlín, una de las cinco míticas. Hay que entrar en un sorteo. Y yo también me preinscribí.
¿Pero había hecho carreras intermedias?
Sí, me retiré en 2008 y en 2009 ya corrí la Behobia San Sebastián. Había hecho varias con esta amiga. El 1 de diciembre hacen el sorteo y me llega el mensajito diciéndome que me habían aceptado para correr la maratón de Berlín. Me puse nerviosa no, lo siguiente -sonríe ampliamente-. “¡Madre mía qué liada! Pero ya que me he apuntado habrá que ir”, pensé. Locuras de la vida -ríe a carcajadas-.
¿Sintió la misma adrenalina que en la bici?
Son deportes totalmente diferentes. En el ciclismo he sufrido menos, porque hay subidas y bajadas en las que descansas.
¡En las que descansas!
-Ríe-. Sí, he sufrido menos en la bici. En la transición a correr, estaba rota muscularmente todas las semanas. Pensé: “Esto es mortal”. Pero me gusta.
De acuerdo. Así que Iosune Murillo es activa, súper deportista, si no está en la bici está corriendo, si no preparando entrenamientos, con los hijos. ¿En qué momento está tranquila? ¿Con qué se evade?
Me relajo el fin de semana echando un vermú con los amigos. Es un momento que apañas de 2 a 3.
Se relaja una hora a la semana...
-Risas-. Por las noches me meto en la cama con un libro. Leo novela histórica, Diana Navarro, Ken Follet... Me gusta evadirme así. También con revistas, por ejemplo Volata. Me gusta porque cuenta historias, por ejemplo del Tour de Flandes, testimonios, entrevistas personales más allá de sus logros.
El Tour de Flandes, su favorita. ¿Por qué?
Siempre la veía desde chiquitilla en la tele. Luego tuve la posibilidad de ir. Las únicas pruebas en las que coincidíamos con los chicos eran el Mundial, el Tour de Flandes y la Flecha Valona. Veía el pavés, cómo se vivía en Bélgica el ciclismo, y es una cosa que me enganchó. Cuando la corrí, tenía las manos reventadas al día siguiente, pero me sentía súper orgullosa de haberla terminado. No sé en qué puesto quedé, la 100... Pero concluirla, con mis caídas y demás, fue una satisfacción. Igual hay deportistas que prefieren correr más Tours de Francia, o más Mundiales. En mi caso, me gustaba esta carrera y cuando me retiré le dije a mi director deportivo que lo que más pena me daba era no correr el año siguiente el Tour de Flandes.
En casa de dos ciclistas, ¿cómo es una conversación en casa? ¿Son muy pesados hablando de lo mismo?
A ratos -sonríe-. Juanjo es una figura que tiene que afrontar más estrés. Él es el que habla con los patrocinadores, con las empresas, su espalda tiene más responsabilidad. Yo llevo la preparación física del equipo, que también es un peso, pero la experiencia me ayuda a tomármelo de otra manera. En su caso, el equipo acaba de nacer y le toca muchas batallas que son más difíciles de gestionar. Intento escucharle y apoyarle. Y nos evadimos haciendo deporte. Dejamos a los críos en atletismo y nos vamos una hora a correr los dos. O nos vamos al monte con los perros. Tenemos dos: Rocky y Bizkor.
Hay una curiosa anécdota. ¿Qué pasó en la peña Irati, cuando ‘aprovechó’ que Juanjo estaba recuperándose de una lesión y le pasó en una subida?
-Risas-. Juanjo se lesionó la espalda y se pasó un año entre fisios intentando recuperarse. Al invierno siguiente, dijo que ya podía entrenar. Pero yo llevaba un año compitiendo. Nos dijo de subir el puerto. Yo iba con otro grupo de juveniles de Guipúzcoa. Yo iba, iba, Juanjo no iba, no iba -sonríe-. Él hizo todo lo que podía para no quedarse, pero se quedó.
¿Y han recordado ese momento muchas veces?
Sí, sí. Cuando recuperó su nivel, me ayudó muchísimo. Salíamos en la grupeta con Chente, Zandio, Arrieta y eso también me involucró en el mundo ciclista. Pero siempre he guardado que una vez le solté.
¿El Kern Pharma tiene que conseguir este año correr la Vuelta?
Sí, estamos dando los pasos y queremos demostrarlo en la carretera. Estaría guay.

DNI

Nombre Iosune Murillo Elkano

Fecha de nacimiento Barañáin, 14-5-1980

Familia Su pareja es el también ex ciclista y director técnico del Kern Pharma, Juanjo Oroz. Tienen dos hijos, Oihan, de 10 años, y Amets, de 7

Trayectoria como ciclista debutó en el CC Ermitagaña, pasó al Telcom y militó en las filas del Bizkaia (2004-08), junto a la campeona del Tour y del mundo Joane Somarriba. Como entrenadora, ha llevado la preparación de distintos deportistas y ha trabajado para Lizarte, Movistar y Kern Pharma. Galardón del Gobierno a mejor técnica navarra en 2019

DE FLANDES A OLÓNDRIZ

Iosune Murillo Elkano no era la típica niña que se enganchó a la bici porque le regalaron una de pequeña. Tampoco por antecedentes familiares. Sólo andaba un tío, pero sin competir. Lo primero que sació su amor por el deporte fue el patinaje de velocidad en el club de su Barañáin natal, Lagunak, donde lo practicó desde los 6 años. Tenía un buen espejo en el que mirarse, su prima, la campeona del mundo Edurne Elkano. Después jugó a pelota mano. Pero se cruzó en su camino una lesión en la pelvis que no le permitía patinar en la siguiente competición. “Era un culo inquieto y parada no podía estar. Como solía andar en bici de pequeña con una BH chiquitina iba a todos los sitios con ella. Pero no tenía arraigo familiar”, recuerda Iosune. Sin embargo, la lesión no le impedía andar en bici y se apuntó en el CC Ermitagaña. Tenía 11 años. “Eran todo chicos. Me sentía muy arropada por ellos y me lo pasaba muy bien”, rememora. En cadetes pasó a su primer equipo femenino, el Irabia Intersport.
El ciclismo le enganchó. Se acostumbró a ganar el Campeonato Navarro desde edades tempranas, pero su mayor éxito llegó al recalar en el Bizkaia, equipo de la que sería campeona del mundo y del Tour de Francia Joane Somarriba y formado por ciclistas navarras y vascas. Gracias a esta etapa, disfrutó del deporte que le apasionaba.
DE LA BICI A LA PREPARACIÓN
Colgó la bici con 28 años. Se había licenciado en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte en Vitoria y tenía claro que quería ser entrenadora. Empezó a trabajar en un centro médico deportivo como preparadora física. Allí creció su clientela de deportistas, sobre todo ciclistas y atletas, y sus conocimientos y buen hacer se fueron haciendo conocidos por el boca a boca. “Mi mejor propaganda es mi trabajo”, afirma convencida.
En un momento dado, se decide a trabajar por su cuenta como autónoma y crea su cartera de clientes. A la par, dio un salto de calidad de la mano de su pareja, Juanjo Oroz, entonces ciclista profesional en el Euskaltel. Fue él quien le pidió que le preparara Iosune. En esta labor, contó con la supervisión del fisiólogo del equipo, Iñigo Mujika, que fue su profesor. “Fui cogiendo confianza y poco a poco fui preparando a ciclistas sub-23 del Lizarte que luego dieron el salto a profesionales: Antonio Pedrero, Jorge Arcas, Sergio Samitier...”
Murillo, al terminar el Tour de Francia de 2003, con la alemana Judith Ardnt (izda.)y la navarra Cristina Alcalde (dcha.)
Murillo, al terminar el Tour de Francia de 2003, con la alemana Judith Ardnt (izda.)y la navarra Cristina Alcalde (dcha.)cedida
Uno de los ciclistas que se cruzó en su camino fue Richard Carapaz, a quien preparó desde el Lizarte hasta su victoria en el Giro. El campeón reconoció públicamente aquel día el trabajo de su entrenadora. Aquel enorme éxito la dio a conocer, pero ella optó por un nuevo proyecto junto a Oroz, el Kern Pharma, creado de la base del Lizarte.
Es feliz con su familia -Juanjo y los pequeños Oihan, de 10 años, y Amets, de 7- y sus perros, Rocky y Bizkor, viviendo en el pequeño pueblo de Olóndriz, en el valle de Erro, donde la pareja fue a vivir antes del confinamiento y decidió quedarse. Era el hogar de los padres de Iosune: Francisco Javier, mecánico de coches, y María Rosario, analista de laboratorio, fallecida en 2013. Su hermano mayor, José Joaquín, murió muy joven por un cáncer en el año 2000.
Son noticias tristes que ella ha sabido superar, porque tiene claro que quiere quedarse con lo que la vida le ofrece y exhibir siempre su enorme sonrisa.
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