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Entrevista
Libro

Iván Benítez:“Homenajeo a los hogares del mundo con la crónica de qué pasó en el nuestro en 2020”

Fotoperiodista en ‘Diario de Navarra’, su libro ‘El mundo del revés’ recoge los 101 primeros días del estado de alarma desde la mirada de su hija Helena, entonces de 5 años, “para no olvidar qué ocurrió”

Iván Benítez y su hija Helena, que sujeta El mundo del revés.
Iván Benítez y su hija Helena, que sujeta El mundo del revés.
Actualizada 14/03/2021 a las 06:00

Iván Benítez recuerda con ternura cuándo hizo la foto. Su hija Helena, entonces de 5 años, se había subido a una silla pegada al ventanal de la casa y llevaba en sus manos El Principito, el personaje de la novela de Antoine de Saint-Exupéry que su madre le había fabricado en fieltro. Cuando Benítez disparó la cámara, Helena apoyaba el muñequito contra el cristal con su pulgar izquierdo y le contaba qué pasaba en la calle y por qué no podían salir de casa. La imagen es hoy la portada de El mundo del revés, una crónica escrita por Benítez sobre qué ocurrió puertas adentro de cualquier hogar a partir de lo que sucedió en el suyo en los 101 días después de decretarse el estado de alarma por el coronavirus. “Hemos hablado mucho de circunstancias equis fuera de los hogares, pero casi nada o muy poco de qué ocurría en ellos, pasando de puntillas ante las situaciones familiares de puertas adentro de una casa, quedándonos en las ventanas y los balcones”, indica sobre el motivo de escribir el libro: “Para no olvidar”. “Es un homenaje a los hogares y en concreto a los niños” a través de los ojos de Helena y de sus preguntas, muchísimas: “¿Por qué los pájaros pueden salir de sus nidos y yo no?, ¿cómo se muere?, ¿Dios se puede contagiar con el coronavirus?, ¿no vamos a volver a la ikastola nunca más?, ¿el coronavirus puede matar a los niños?, ¿109 años es infinito?”. En el confinamiento, en abril, su mujer, Marta, dio a luz a la segunda hija de la pareja, Vera.

¿Qué hacen unos padres ante las preguntas de su hija de 5 años en un momento así?

Pues uno se queda en silencio y le contesta cuando puede a lo largo del confinamiento. Hay que darse cuenta de que, de la noche a la mañana, los niños recibieron la noticia de que no podían ir a clase y les encerraban en casa. Y las preguntas brotan en ese contexto en el que se escucha en la radio noticias dramáticas de muertos, de contagios, de coronavirus... noticias que se repite en la televisión... Marta y yo nos dimos cuenta ahí de que había que explicar las cosas y responder a cada pregunta que hacía Helena, intentando suavizar el tono y generar esperanza. Algunas preguntas se quedaron sin respuesta y otras se contestaron días después. Los niños saben escuchar y quieren respuestas, y nosotros aprendimos que debíamos ser claros.

¿Les puso en apuros?

Todos los días. Este libro es una crónica de los 101 primeros días del estado de alarma que coincide con el confinamiento, sin salir de casa, un día tras otro, cada uno con sus 24 horas, juntos en el mismo hogar. Suceden muchas cosas y hay muchas risas, ausencias y lágrimas.

¿Por qué empezó a tomar notas?

Seis días después del inicio del confinamiento, Marta y yo vimos que esto iba en serio y que dejarlo por escrito era el mejor regalo para las niñas, para comprender en el futuro qué vivieron. Pero el libro no es solo una crónica de lo ocurrido en nuestra casa sino en todas, para que los niños de hoy sepan de adultos qué pasó de puertas adentro. Comienza de manera superficial, con reflexiones, hasta que somos conscientes de que esto necesita más poso, y se convierte en una crónica más minuciosa, con muchos datos, descripciones, preguntas y respuestas. Y con mucha vida y mucha gastronomía.

Helena le preguntó por qué escribía y le contestó que para poder leer qué sucedió. “Si no se me va a olvidar...”, le respondió ella.

No es que no quiera que se le olvide qué preguntó o hizo, sino lo que los líderes políticos dijeron en cada momento; las medidas que fueron adoptándose; que después de que los medios de comunicación publicáramos a diario qué sucedía en China e Italia, cuando el coronavirus llegó a España, a Navarra, no había mascarillas; que primero estas eran contraproducentes y luego no; que al principio de la desescalada los columpios estaban precintados y las terrazas abiertas al público... Esas medidas contradictorias deben quedar por escrito.

Como los recuerdos de sus viajes, a Honduras, México, Siria, Malí, Congo... y lo aprendido de sus gentes, con las que mantuvo contacto en el confinamiento.

Al empezar a colgar los primeros diarios en Facebook como entretenimiento para las abuelas, una fotógrafa de prensa me dijo: “Iván, es la primera vez que veo la descripción de lo que está pasando en un hogar, y es el hogar de todos los navarros”. En el libro intento contar qué ocurre en distintos hogares o cómo llevan la pandemia amigos de Honduras o Siria. Se convierte en un homenaje a los hogares del mundo.

¿Por eso se olvidaron de la exposición pública de su intimidad familiar al entender la crónica de su casa como la crónica de todas las casas?

Al principio nos daba pudor publicar el libro, pero me convencí de hacerlo, para no olvidar, por un cambio que noté en septiembre, cuando volví a trabajar en la calle entrando en los hospitales, en las habitaciones de la zona covid, en las casas con los médicos de atención domiciliaria...: hablando con pacientes y sanitarios me di cuenta de que se nos había olvidado todo, de dónde veníamos, de lo que habíamos sufrido, de las vivencias de familias con hijos, de las personas solas, de los miedos por hijos y padres... Habíamos pasado por un desierto que de la noche a la mañana había desaparecido.

En el libro dice que los grandes olvidados han sido las personas mayores y los niños.

Sí, y, cuando olvidas a alguien, lo matas, que es lo que está ocurriendo en la guerra de Siria y en la del Congo, lo que ocurre en Honduras y lo que ha ocurrido en España. Un periodista, un fotoperiodista, deben trabajar para que las cosas no se olviden. He intentado escribir una crónica diaria más o menos minuciosa y muy humana a partir de nuestra familia, de clase media, humilde, que vive en un piso sin balcón, con Marta a punto de dar a luz y sin saber qué hacer con Helena [no tienen familia en Navarra]. Porque esa es la contradicción: ¿qué pasa con las familias que dan a luz y no tienen con quién dejar a sus otros hijos? Que la madre da a luz sola mientras las matronas le dicen además que no te quites la mascarilla porque no les han hecho la PCR [la niña se quedó al final con unos amigos].

A Helena le dice en un momento determinado: “Me estás enseñando mucho”. ¿Qué ha sido?

Paciencia, fijarme muchísimo en los detalles, desarrollar la imaginación y saber leer entre líneas para, si desayunando hace un gesto, detectar por qué y el nivel de saturación al empezar el día.

¿La casa ha cobrado otro sentido?

Ha adquirido otra dimensión, muy humana. La cocina, por ejemplo, era el sitio donde por la noche nos sentábamos a reflexionar sobre lo que habíamos hecho durante el día, a hablar sobre nuestros sueños, sobre lo que queríamos hacer. Todo se resolvía sobre una mesa. Recuerdo que, cuando dejaron salir a los niños, Marta y Vera se quedaron en casa y me fui con Helena, ella en bicicleta. De pronto, se frenó en seco y me miró: “No quiero seguir avanzando. Me da miedo el coronavirus”. Estaba segura en casa.

¿Cuál fue el peor momento del confinamiento de marzo y abril?

Tuvimos malos momentos sobre todo a primera hora de la tarde y alguna crisis porque necesitábamos socializar y estar en contacto con nuestros iguales.

¿Y el mejor?

Fue muy emocionante cuando llegamos con Vera a casa, el 18 de abril. Y en la desescalada, cuando Helena vio a los abuelos.

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