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Opinión

América para los americanos

Retrato de Cristóbal Colón
Retrato de Cristóbal Colón.
  • Igor Cacho Ugalde
Actualizada 13/01/2021 a las 13:37

En 1492, Cristóbal Colón descubrió América. Esta súbita ampliación del mundo, llevó a España a la administración de un enorme amasijo de razas, lenguas, religiones y culturas del que constituyó el mayor imperio colonial jamás conocido. Quinientos años después, el próximo 20 de enero, Joe Biden tomará posesión de la primera potencia mundial. En ese intervalo, España y EEUU han evolucionado en sentido opuesto. Y paradójicamente, con numerosos nexos de unión.

El primer contacto de norteamérica con el occidente europeo tuvo lugar en 1513 de la mano de Ponce de León, un castellano que llegó hasta la actual Florida. Con el descubrimiento, la conquista o el encuentro de civilizaciones, según el lenguaje actual, España incorporó un extenso territorio que en nada tenía que ver con la reconquista peninsular. La parte norte del continente americano se dejó en segundo plano y posteriormente, en la zona de Sonora y Sinaloa, los jesuitas crearon la Nueva Navarra en honor a San Francisco Javier. En el siglo XVIII, Inglaterra constituyó las Trece Colonias en la costa este y en 1775-1783 se independizaron de la metrópoli. 

Por entonces, España y Francia estaban enfrentadas con Inglaterra. Y el apoyo a los rebeldes se prestó muy tentador pero con matices diferentes: mientras Francia tenía poco que perder tras la Guerra de los Siete Años, España se iba a convertir en el nuevo vecino al sur de las fronteras y el ejemplo rebelde, se podía extender a su amplio territorio. Por ello, Carlos III y sus ministros, en un primer momento, se mostraron prudentes. Ante esta situación, el primer presidente de la Corte Suprema de los EEUU, John Jay, inició los contactos con España.

En 1777, España se comprometió a ayudarles en secreto. Un año después, Francia firmó una alianza con los colonos y en 1779, España hizo lo propio con el Tratado de Aranjuez. Tras ello, el centro de la ofensiva española estuvo en el Golfo de México. De este modo, Bernardo de Gálvez se adentró en el Misisipi, destruyó las fortificaciones británicas y aportó grandes recursos materiales y humanos. Dos años después, Gálvez controlaba la Florida y contribuyó de forma decisiva al final de la guerra y de la independencia norteamericana. Tal fue la relación que hasta fue un navarro, Pedro Casanave, el que en 1792 colocó la primera piedra de uno de los emblemas de EEUU: la Casa Blanca.

En el lado positivo, con ello, España recuperó su prestigio internacional y ayudó a los colonos en la búsqueda de la libertad. En lo negativo, contribuyó a la creación de un país que no solo sirvió de modelo para sus colonias americanas sino que anheló la expansión territorial. El problema no tardó en llegar con la libre circulación por el Misisipi y la salida de los estadounidenses al golfo de México y el Caribe. Para Francia fue peor ya que al poco tiempo, en 1804, se independizó Haití. Sin embargo, una vez prendida la mecha, no tardó en llegar al territorio español.

El detonante se dio con el vacío de poder durante la Guerra de Independencia contra Napoleón y seguido vino la separación de Paraguay (1811), Venezuela (1815), Argentina (1816), Chile (1818), Colombia (1819), Uruguay (1820), México (1821), Perú (1821), Ecuador (1822) y Bolivia (1825). Todo ello con el doble juego de Inglaterra que aprovechó la situación de debilidad de España para darle su apoyo en la península, con el único interés de derrotar a Napoleón, y al mismo tiempo ganarle terreno y debilitarla en Hispanoamérica. Con ello, España llegó al límite y quizás padeció en sus propias carnes la consecuencia de una mala estrategia o más bien, del duelo entre Francia e Inglaterra.

Poco a poco, EEUU fue cogiendo fuerza con la incorporación de la Luisiana (1803) y en 1819, España le concedió Florida a cambio de reconocer su soberanía en Texas. Además, fue en aquel momento cuando el presidente de EEUU, James Monroe, estableció la doctrina “América para los americanos” (1823). Un principio bajo el que EEUU se autoatribuyó el derecho de intervención en el continente en defensa de los ciudadanos y las propiedades norteamericanas. Sin embargo, la doctrina Monroe enmascaró las ansias expansionistas ya que en 1845, anexionó Texas y en 1848 California. Por entonces, España, con un cierto autoimpuesto aislamiento internacional y tras la muerte de Fernando VII (1833), quién siempre creyó en el restablecimiento español en hispanoamérica, comenzó a reconocer las nuevas repúblicas: México (1836), Ecuador (1840), Chile (1844), Venezuela (1845), etc. Respecto a EEUU, las relaciones fueron tensas y en 1852, los americanos pusieron los ojos en los restos del imperio hispano: Cuba, Filipinas y Puerto Rico.

De momento, la propuesta se limitó a una oferta de compra de la isla cubana. Un enclave que entre 1810 y 1826 había acogido a 20.000 “refugiados” de los países independizados y desde el que se había conspirado contra las nuevas repúblicas. En relación a ello, España nunca quiso venderla por intereses económicos y por orgullo nacional. Hasta que en 1898, los americanos desataron la guerra, fue derrotada y puso fin a la aventura americana. Fue el canto del cisne de un imperio y el inicio de otro muy diferente: el de los EEUU.

Igor Cacho Ugalde. Profesor de Historia de Bachillerato


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