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ESTACIÓN DE LIBROS
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'Del color de la leche', Nell Leyshon

Ignacio Lloret

Ignacio Lloret

29/09/2019 a las 06:00
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Me gustan los libros con arrastre de forma. Llevados por ella. Determinados por la misma. Ésos donde la historia es tributaria del modo en que se cuenta. Cuando es así, iniciar la lectura equivale para mí a subirme a un vehículo en marcha. A incorporarme a un viaje placentero. A montarme en algo que se mueve y avanza sin que yo me vea obligado a empujarlo.

En las novelas es más difícil. Me refiero a provocar ese efecto por parte del autor. Sí, porque la extensión habitual en aquéllas complica el mantenimiento del ritmo. Hace que éste, aunque se haya creado al principio, vaya perdiéndose con el paso de las páginas. Diluyéndose a medida que la obra gana en volumen.

Nell Leyshon lo consigue en la suya. Gracias en parte a la brevedad de lo narrado, logra un tono y una cadencia que no decaen en ningún momento. Que aguantan hasta el final. He ahí cómo, con las virtudes propias del género relato, se escribe una historia de aire novelesco.

Ah, pero, ¿qué otros elementos se requieren? Claro, para que el libro no recite, sino cante. Para que lo haga sólo con palabras. Por medio del lenguaje escrito. Sin necesidad de recurrir a nada más. Es importante el papel del narrador. Aquí, en Del color de la leche, Mary nos cuenta una serie de hechos. Una parte de su vida. Todo lo que le ha sucedido en los últimos meses. Hasta entonces. Hasta el día en que decide compartirlo con nosotros.

No es una primera persona cualquiera. Es la de alguien que acaba de aprender a leer y a escribir. Que no domina la herramienta con la que se expresa. Que la emplea con dificultad. Es la de una chica de quince años que apenas conoce el mundo. Que ha vivido siempre en un lugar aislado. Entre la granja familiar y la residencia del vicario Graham. En un entorno rural. En la Inglaterra de 1831.

Ahí está lo curioso. Lo paradójico. Y es que, lo que en principio parecen adversidades para la narración, inconvenientes a la hora de narrar, resultan ser ventajas para el conjunto. Para el estilo. Son detalles que se alían felizmente para producir una forma singular.

La poesía del discurso de los niños. Podríamos definirlo de ese modo. El tono de Leyshon en la voz de Mary. Oh, no me importa concretar. La conjunción y uniendo las frases. Las oraciones largas como letanías. La repetición de palabras. El uso de términos sencillos. Y más allá de lo lingüístico, la descripción de lo cotidiano. Del asombro que merece lo cotidiano. La atención de la protagonista puesta en lo que la rodea. En la belleza de lo que la rodea. En el cielo y en las nubes. En el viento y en los árboles. En la hierba y en los pájaros. El tratamiento peculiar de los seres vivos y de los objetos inanimados. Una mirada hacia ellos capaz de devolverles su dignidad, capaz de recordarnos su grandeza.

Y luego llega lo otro. El argumento. Todo lo que ocurre. No voy a desvelarlo aquí. No se trata de eso. Me interesa más destacar el contraste entre la gravedad de la trama y la ligereza del lenguaje, de la canción de Mary. Entre la profundidad de lo que sucede y el espíritu valiente con que ella lo vive.

Hay una ausencia afortunada de piedad. Un rechazo oportuno de la compasión por parte de todos. En muchos sentidos. Sí, es despiadada la Naturaleza con sus fenómenos y sus estaciones. Son despiadados los animales con sus exigencias y sus necesidades. Son despiadados los deseos y los instintos de los hombres. Sus afanes y sus pasiones. Son despiadados los motivos y las acciones de los personajes. Es despiadado su destino y el modo que tiene la autora de conducirles a él. Y, aunque todo eso puede parecer negativo, no lo es en absoluto. Es otro de los aciertos de esta novela. Es la letra necesaria para su melodía.

No hacen falta tomos pesados para armar una buena historia. Ni acumular sucesos. Ni alargar los diálogos. Ni retorcer las escenas. Ni ser exhaustivo con lo superfluo. En el fondo, basta escoger con intuición a quien va a contárnosla. Delegar en él esa función. Dejar que la tararee y confiar en que desafine hasta emocionarnos.

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