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El Forofillo : El blog de Fran Pérez
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La bruja, los canelos y el idiota

El Forofillo Fran Pérez
La bruja, los canelos y el idiota
JESÚS CASO
Actualizada 23/04/2009 a las 05:19

Érase una vez que se era, amiguitos míos, un Reyno muy, muy, muy lejano que vivía días de penurias y lágrimas alejados del esplendor que pocos años ha imperaba entre sus habitantes. Viviendo de épocas felices pasadas, cuando asombraban al Viejo Continente y eran recibidos en la capital donde tuvieron la oportunidad de hacerse con el tesoro del Rey, sus habitantes peleaban para poder huir del dragón del descenso y seguir entre los condados ricos del país de Primera. Y para ello, solicitaron los servicios de un paladín de Cieza, Sire Camacho del Traje Chorreante, que sería el hidalgo que los mantuviera y diera posibles a los guerreros que conformaban el batallón principal, como escrito queda, venido a menos.

El caso es que el aguerrido caballero insufló a sus huestes de valor, acierto y picardía para acometer los torneos que se avecinaban, logrando enderezar el rumbo de la nave y haciendo que la región fuese una de las mejores en las justas de segunda vuelta. La alegría comenzaba a asomar a los labios de sus habitantes, las cosas tornáronse de negro a gris y la esperanza se abrió camino entre los nubarrones.

Pero entonces, en el horizonte, se dibujó la sombra de una bruja que, montada en su escoba, se dejó caer por las caballerizas donde entrenaban los guerreros y les llenó la cabeza de cantos de sirenas, de promesas de oro y gloria, de mil y una fortunas que harían posible sus sueños y les otorgarían parabienes de aquí a la eternidad. Bien en forma de pata de conejo, de pócima milagrosa o de amuleto diseñado por el mismísimo Merlín, la bruja aprovechó la ocasión de la bonanza en el seno del ejército para hacer su agosto, publicitarse y seguir llenando de doblones sus arcas, maltrechas por la crisis que acuciaba al reino.

Los guerreros se transformaron, cuan príncipes en sapos, en canelos de tomo y lomo. Saltaron a la siguiente justa con la cabeza llena de sueños e ilusiones y se olvidaron de lo más importante: pelear. No fueron capaces de hacer lo que hasta ese momento estaban haciendo bien, y perdieron la cabeza. La batalla contra los visitantes del reino de Malacitas se tornó en una serie de despropósitos que dejó descontentos a los aldeanos que acudieron a presenciarla, no por pocas razones.

La primera de todas fue por la ingenuidad que los caballeros, tornados en canelos, demostraron en el envite. A sabiendas de que el juez de la partida tenía un historial delictivo de sanciones a tener en cuenta, le hicieron el juego y le protestaron las decisiones "imparciales". El resultado fue desastroso, ya que uno a uno fueron enfilando el camino a los aposentos a darse un baño caliente antes de tiempo.

La segunda de las razones fue que se perdió una oportunidad de oro para casi dejar zanjada la odisea en la que estaban inmersos y acumular tres puntos que casi certificaran la permanencia en justas futuras. Un hecho que trastocaba los planes futuros, ya que al final se iba a tener que depender de épicas mayores al tener que derrotar a enemigos, a priori, más potentes, como los pertenecientes a los condados de Hispalis, Catalonia o Madrides.

Pero lo que realmente enervó al vulgo no fue la bruja, ni tampoco la candidez de los canelos ataviados con el sayo rojo. Lo que hizo que los ánimos alcanzaran la temperatura de las ascuas de una buena fogata de invierno fue el papel del supuesto juez, convertido por méritos propios en un auténtico idiota que se dedicó a sacar sus sables amarillo y rojo y decapitar, uno a uno, a los contendientes de nuestro bando. Algún daño colateral en el enemigo también hubo, pero insignificante para el resultado final. Un idiota con ganas de protagonismo que se convirtió en el bufón más grande de las cortes del mundo mundial. Un idiota cuyo apellido asemeja al zapatear de los corceles (Clos, Clos, Clos) pero cuyo papel fue más parecido a las boñigas que despiden los mismos. Un idiota que echó por tierra las promesas de la bruja, el trabajo del paladín y la alegría de los canelos.

Como no todo en esta vida se pierde en una batalla, esperemos que los guerreros rojillos olviden el mazazo y sepan reponerse para la siguiente afrenta. Lo que importa es la guerra, y la siguiente contienda se celebrará en campos pucelanos de la ancha Castilla. Hasta entonces, recemos para que se vuelvan a centrar en lo que saben hacer, oremos para que se armen de valor, acierto, puntería y malicia para lograr la victoria. Y apostemos por que se dejen de cuentos y sumen un triunfo que nos acerque a la meta ansiada. Todo teniendo en cuenta que desde la capital del reino seguirán bombardeando nuestras alacenas morales con el envío de bufones con pito. Todo sea por ser fieles a los de rojo.

¡Hasta la muerte, Forofillo hasta la muerte!

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