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Desafío secesionista

Una independencia de otro planeta

El soberanismo ha construido un relato propio según el cual la secesión no solo es justa, sino además rentable

Imagen de ciudadanos delante del Palau de la Generalitat tras el anuncio de Rajoy de la aplicación del artículo 155.
Ciudadanos delante del Palau de la Generalitat tras el anuncio de Rajoy de la aplicación del artículo 155.
EFE
  • Colpisa. Madrid
Actualizada 23/10/2017 a las 06:00

Según el secesionismo, lo que espera al otro lado de la declaración de independencia es la recuperación de una soberanía que hunde sus raíces en lo más profundo de la historia. Y no solo eso. También un estado que se pondrá a la cabeza de las naciones más ricas de Europa. La realidad, no obstante, se empeña en llevar la contraria.

LA DIADA

El 11 de septiembre se celebra el día de Cataluña, convertido en los últimos al la gran fiesta del independentismo. Lo que se conmemora es la caída de Barcelona a manos de las tropas de Felipe V en la Guerra de Sucesión. Para el soberanismo, en cambio, fue la 'Guerra de Secesión', en la que España aplastó las ansias democráticas de una futura Cataluña independiente. Los libros de historia dicen lo contrario. Cataluña apoyó en la contienda al otro pretendiente al trono, el archiduque Carlos de Austria, no menos autoritario que Felipe V. Fue una guerra entre dinastías, y no entre españoles y catalanes.

LA MAYORÍA QUIERE LA INDEPENDENCIA

Nunca ha ocurrido. Al preguntar a los catalanes si se sienten independentistas, algo menos de un 35% de ellos responden afirmativamente, según la última encuesta del Centre de Estudis d'Opinió que encargó la Generalitat. Aunque el resultado electoral de 2015 avaló el proceso soberanista impulsado por Junts pel Sí y la CUP, que sumaron 72 de los 135 escaños y cerca del 47% de votos, mostró un punto débil evidente: la mayoría de los catalanes no votó por la independencia. Tampoco el 1-O, pese a que Puigdemont proclamó que "el pueblo de Cataluña decidió la independencia en un referéndum con el aval de un elevado porcentaje de los electores". Según los datos de la Generalitat, ese día votaron 2.262.424 millones de personas, una participación inferior a la mitad de la población catalana con derecho a voto. El 'sí' obtuvo el 38% mientras que la abstención alcanzó el 58% del total.

EL DERECHO DE AUTODETERMINACIÓN

Ante la falta de encaje en el marco constitucional del referéndum, los soberanistas han argumentado insistentemente que el derecho de autodeterminación les ampara. "El derecho a decidir es un derecho universal que tienen todos los pueblos, absolutamente todos los pueblos", clamó Carme Forcadell el 26 de septiembre en Bruselas cuando recogió un premio por su trabajo en favor de la independencia de Cataluña. Ese mismo día, más de 400 de los 550 profesores de Derecho Internacional de toda España firmaron un manifiesto en el que desmontaron los "errores" de la fundamentación jurídica de la consulta, que se basa en que tienen derecho a emanciparse "los pueblos de los territorios coloniales o sometidos a subyugación, dominación o explotación extranjeras". Ninguno de ellos es el caso de Cataluña.

LOS BANCOS NUNCA SE IRÁN DE CATALUÑA

Se aseguró bajo la creencia de que el dinero no entiende de política y las entidades financieras van a lo práctico, que es hacer negocio allá donde están asentadas. "Que no nos traten de tontainas. Ya sabemos que los bancos se van a pelear para estar en Cataluña", arguyó Artur Mas en 2015. Tras la consulta del 1-0, Banco Sabadell anunció su salida y se domicilió en la antigua sede de la CAM en Alicante; CaixaBank hizo lo propio en Valencia. Tras ellos, 917 empresas han trasladado su sede social fuera de Cataluña.

EL EXPOLIO FISCAL

Uno de los argumentos -casi siempre el central- esgrimido por los movimientos separatistas es el déficit de recursos públicos que el vicepresidente de la Generalitat, Oriol Junqueras, cifra en 16.000 millones: un peso sin el cual "Cataluña tendría el mayor superávit del mundo occidental". En realidad, se refiere a la diferencia entre lo que ingresa la comunidad en impuestos y lo que recibe del sistema común para los gastos: pero no son 16.000 millones, sino menos de 10.000 millones, según los últimos cálculos de Hacienda, muy por debajo, por ejemplo, de los 19.000 millones de déficit fiscal de Madrid, o del que tienen Valencia y Baleares. Incluso el predecesor de Junqueras como responsable económico, Andreu Mas Colell, lo redujo en 2015 a apenas 2.409 millones. En cualquier caso, la heterogeneidad de términos puede confundir al contribuyente catalán: si su comunidad se independizara tendría que asumir millonarias partidas en materias como Defensa o Exteriores, entre otras, que ahogarían las finanzas de la nueva república.

UNIÓN EUROPEA

Uno de los mayores escollos a los que se enfrentaría una república independiente sería el quedarse fuera de la Unión Europea. El independentismo, consciente de que esto es un freno a sus aspiraciones porque solo la CUP quiere abandonar la UE, reiteró en un primer momento que el futuro país permanecerá sí o sí en el club comunitario. "Todo esto terminará con un estado catalán independiente dentro de la UE", prometió Carles Puigdemont en mayo de 2016. Pero las continuas advertencias de Bruselas a que esto no sucederá obligaron a modular el optimismo. Un documento interno de la Consejería de Economía que dirige Oriol Junqueras reconoce que "probablemente Europa no ponga una alfombra roja a Cataluña desde un primer momento, y puede ser que no se vea representada en las instituciones comunitarias desde el primer día". En cualquier caso, se añade que "se encontrará la manera de no perjudicar ni las exportaciones ni a las multinacionales europeas establecidas en Cataluña". El plan es negociar el reingreso ya como estado independiente en el menor tiempo posible. Pero ni eso parece posible. El pasado septiembre, el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, aseguró que la nueva república de Cataluña tendrá que superar un proceso de adhesión semejante al que han seguido todos los Estados miembros desde 2004. Y, para que todo llegue a buen puerto, la entrada en el club comunitario deberá recibir el visto bueno de todos los estados miembros, incluida España.

RECONOCIMIENTO INTERNACIONAL

"Si no te reconoce nadie, la independencia es un desastre". La frase es de Artur Mas y, en efecto, sin reconocimiento un aspirante a estado es un paria internacional que se queda fuera de la ONU o de cualquier otro organismo global. No obstante, el independentismo cuenta con entrar en la escena internacional por la puerta grande. Un camino para lograrlo es, según el eurodiputado convergente Ramón Tremosa, la conocida como vía eslovena. "Al cabo de seis meses de negociaciones, donde la otra parte ni se sentó a la mesa, empezaron a caer los reconocimientos internacionales", señaló Tremosa el pasado 9 de octubre. La cuestión es que ni España es Yugoslavia, país que en 1991 se encontraba en descomposición, ni Cataluña es Eslovenia. A día de hoy solo el presidente venezolano Nicolás Maduro ha insinuado que estaría dispuesto a reconocer la república. Y lo ha hecho más por fastidiar a Mariano Rajoy que por ayudar al independentismo.


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