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Atentados en Cataluña

De cómo Barcelona se recupera tras un ataque territorista a gran escala

París o Londres han conseguido resurgir con velas y pintadas y con la sensación de que la vida sigue auqnue nada sea igual

Barcelona y Cambrils recuperan una normalidad contenida tras el atentado 64 Fotos
Barcelona y Cambrils recuperan una normalidad contenida tras el atentado

Han pasado 48 horas de los atentados del jueves

AGENCIAS
20/08/2017 a las 06:00
  • COLPISA. BARCELONA

Es sábado en París, pero no hay nadie. Un joven solitario mira el móvil en la fuente de Saint Michel, que debía estar a reventar. Los boulevares son una sucesión de persianas. Las pocas terrazas abiertas está vacías, como si todas hubieran sido ametralladas. Toda la ciudad es una extensión trágica de Le Carrillon con sus veintidós agujeros de bala en los cristales y del suelo ensangrentado de Bataclan. Es una ciudad para acordonar. Para desfibrilar. 130 muertos.

París -desierta, triste y gris, congelada, sobrevolada de palomas asustadas y de sirenas azules- es la imagen de la desolación, de la victoria terrorista; Europa herida de muerte. Y, sin embargo, está a punto de levantarse. Esa misma madrugada, Gilson, un comerciante de audífonos de 39 años que vive junto a Bataclan, toma una decisión clave. François Hollande ha pedido a los parisinos que se refugien en casa y ha prohibido las concentraciones (varios terroristas siguen huidos y aún llevarán su guerra a Saint Denis), pero él decide salir. Por la mañana, sienta a su hijo de siete años en el salón y le explica lo que había sucedido, el sonido de las balas de la víspera y la mujer que salió de Bataclan agarrándose la barriga y que murió bajo su ventana. Le dice que saldrán a la calle. Pronto por la mañana, se planta delante del cordón policial frente a Bataclan y guarda silencio de pie en ese bulevar vacío con sus críos en brazos y la determinación de no dejarse.

"He venido a enseñarles el mundo en el que les va a tocar vivir", le dice a este reportero y se queda allí, solo con sus hijos en pleno toque de queda. Es el primero de muchos. Una hora después, París se tira a la calle en tromba armada con flores y velas a tomar la Bastilla del miedo, a derrocar al régimen sucio y oscuro del miedo. Esa tarde, Occidente entero se encaramaba al monumento de la République y después a las escaleras de La Bourse de Bruselas, a las esculturas de Trafalgar Square en Londres, a la fuente de Canaletas ayer en Barcelona.

Así se recupera -digna, rebelde, determinada y solidaria- una gran ciudad después de un ataque terrorista. Volver El primer paso es pequeño y al mismo tiempo, enorme. Consiste en salir a la calle, en llenar la plaza de Cataluña '-¡No tinc por!'-. Cada vez, cuando se retiran las ambulancias queda un espacio físico, un área urbana por recuperar y una necesidad de llenarla de nuevo. Los 600 metros que recorrió la furgoneta blanca en Barcelona y que fueron una alfombra de cuerpos, de zapatos y de sangre se llenan hoy de flores y de velas, como si se quisiera borrar la huella del horror -'Je suis Charlie', 'Je suis Paris', 'Je suis Bruxelles', 'Je suis... ser humano'-, como si se conquistara un espacio sentimental, una nueva hermandad crecida de las cenizas del mal. Hay algo en común tras el golpe del terror: las personas han necesitado sentirse unas con otras y han erigido algunos territorios indestructibles, sagrados, intocables. En París, durante las primeras noches, junto al altar de Le Carrillon en la rue Alibert se produjeron algunas avalanchas provocadas por la propia alarma terrorista.

Los gendarmes llegaron a desenfundar los subfusiles y en ese caos, decenas de personas se quedaron junto a las velas, aferrados a ese altar que era lo último que les quedaba como sociedad. Pese al nivel de alerta, las estampidas que retransmitían los informativos y los cañones de las armas apuntando nadie sabía muy bien a quién, acudieron niños en silleta y ancianos, como si no quisieran renunciar a su calle, a su vida, a su dignidad. El escalón de mármol negro y letras blancas de Le Carrillon fue la primera piedra de algo. Carles Puigdemont destacó el viernes en rueda de prensa la rapidez con la que la ciudad había vuelto a la normalidad. En París, tardó más. Durante días, colegios, guarderías, transporte público y, en ocasiones, hasta algunos centros de trabajo permanecieron cerrados. Durante ese tiempo, el Gobierno preparó las vendas para las heridas emocionales del ataque, que fueron terribles. El Ejecutivo diseñó un plan para mitigar las secuelas en los niños y trasladó su estrategia a colegios y familias. Una guía de urgencia explicaba a los padres cómo debían explicárselo a sus hijos, incluidos conceptos como el martirio, el conflicto de Siria y la guerra religiosa entre suniés y chiíes. Cuando reabrieron las escuelas y las oficinas, más de un centenar de equipos de psicólogos rastrearon la ciudad en busca de víctimas, testigos y afectados. El primer mes era crucial para atajar el 'shock' postraumático y que no se hicieran crónicos los trastornos de ansiedad provocados por el ataque. Solo el sistema de salud público atendía un año después a 600 pacientes por las secuelas psicológicas de los atentados. Decenas de ellos siguen incapacitadas.

En París, un tipo con un piano móvil se dedicó a recorrer los escenarios de la tragedia tocando 'Imagine' de John Lennon. Otros repartían abrazos gratis o pintaban con unas tizas gigantes mensajes en el suelo que al poco tiempo borraba la lluvia. Coinciden los psicólogos en que, además de reforzar los lazos de la comunidad, estos pequeños gestos, inútiles en lo demás como una raya en el agua, curan pues responden a la necesidad del ser humano de hacer algo -posar una flor sobre una valla, dar un abrazo, donar sangre- que mitigue la sensación de inutilidad, de sentarse a pensar en la realidad: cualquiera puede ser el siguiente. Hacer lo que sea, incluso alistarse. Los cuerpos de bomberos, sanitarios, policías y ejército registraron un aumento sideral de solicitudes para adherirse. Esa semana, el Ejército de Tierra recibió 1.500 solicitudes de alistamiento (un 30% más en 2015 que en el año anterior). Hacer algo también se refiere a la política nacional. En Francia, Hollande respondió con el aumento de la presión de los ataques aéreos de Francia en Siria y declaró el estado de excepción.

En Bélgica, el país con mayor tasa de yihadistas desplazados a Siria, el ministro del Interior Jan Jambon prometió 'limpiar' el barrio de Mollenbeek y anunció el plan Canal: 8.600 registros, 22.600 personas identificadas, 51 organizaciones con vínculos descubiertos con el terrorismo. En todos los casos, los gobiernos se han visto obligados a mantener el delicado equilibrio entre avanzar en seguridad y mantener las libertades individuales, un reto que tendrá que asumir España en los próximos días. Todos los atentados han sido distintos y las ciudades los vivieron de manera diferente. En París, después del asesinato de once personas en la redacción de 'Charlie Hebdo', los ataques fueron los primeros perpetrados de manera indiscriminada a población elegida al azar. De alguna manera, la ciudad sabía que iba a ocurrir y el Gobierno ya había desplegado más de 10.000 soldados en la Operación Sentinelle, que se replicó en la capital Belga, tomada por el ejército (las dos ciudades estaban conectadas por el eje yihadista entre Saint Denis y Mollenbeek, personificado en los hermanos Abdeslam). No cabía duda de que iba a suceder. La única pregunta era cuándo y dónde.

En Bruselas, en cambio, los ataques se dieron en el aeropuerto de Zaventen y en la estación de metro de Maelbeek, áreas más o menos ocultas. En París apuntaron a las terrazas y la sala Bataclan, símbolo de la cultura popular de la ciudad, lo mismo que hicieron en el Puente de Londres, en Niza el 14 de julio de 2016 y en la rambla de Barcelona, símbolos urbanos de las ciudades y convertidos en adelante en recordatorios del horror y, para los leones del ISIS, de su lucha. Después de 2004, España vivía más o menos ajena a la realidad y en las calles se ha vivido una tensión muy inferior a las de las otras ciudades atacadas. Hasta que ha sucedido. Cada ataque ha supuesto una mancha terrible en la geografía urbana y también en la imagen del destino turístico.

En París y Bruselas, los mercados de viajeros extranjeros y sobre todo norteamericanos -más prudentes- cayeron un 30%. Hoy se han recuperado y este mes de julio, París batió las cifras previas a la tragedia. Las terrazas volvieron a llenarse semanas después. La gente volverá a pasear por las Ramblas. Vivirán como antes, ¿pero volverán algún día a pensar como antes?

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