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CATALUÑA

Puigdemont cumple un año en la Generalitat sin avances en el proceso secesionista

En poco menos de un mes, la asamblea de la CUP y el juicio contra Mas marcarán el devenir de la legislatura

El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, durante un acto en Barcelona del Partit Demòcrata Europeu Català

El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, durante un acto en Barcelona del Partit Demòcrata Europeu Català

EFE
Actualizada 06/01/2017 a las 19:05
  • COLPISA. BARCELONA

El Parlamento catalán es "en un 95%" una cámara meramente declarativa, que puede aprobar resoluciones muy altisonantes, pero apenas tiene capacidad efectiva y normativa. Esta es la opinión -en privado- de un diputado de Junts pel Sí, de los llamados independientes, y bien podría ilustrar el año que Carles Puigdemont lleva al frente de la Generalitat y del proceso independentista: ha expresado claramente que quiere desconectar a Cataluña del resto de España, pero de momento apenas ha podido ofrecer avances concretos hacia la ruptura.

El presidente de la Generalitat pretende celebrar un referéndum sobre la independencia legal y vinculante y aplicar el resultado sin dilaciones ni excusas, según afirmó en el discurso de Nochevieja, aunque hasta la fecha no ha soltado prenda sobre cómo piensa hacerlo sin entrar en colisión con el Tribunal Constitucional. Solo ha dicho que aprobará una ley, la de transitoriedad jurídica, que sustituirá a la legalidad española y dará amparo al referéndum. No se sabe quién fiscalizará esa ley, ni si estará sometida a los tribunales. Los partidos independentistas la tienen guardada bajo llave para protegerse del Tribunal Constitucional. "Cataluña se constituye en una República de derecho, democrática y social", dice su primer artículo; es todo lo que se conoce.

La política catalana se ha propuesto ir tan acelerada, que a Puigdemont solo le quedan seis meses para poder dejar a Cataluña lista para su separación del resto de España, lo que el presidente catalán calificó como el objetivo de pasar de la "postautonomía a la preindependencia". Son 18 meses en total porque así lo pactaron Junts pel Sí y la CUP para que ninguna de las partes tuviera la tentación de desviarse del rumbo hacia Itaca. Ahora, el tiempo apremia y en medio año, el Gobierno catalán tiene que conseguir diseñar y celebrar un referéndum vinculante, con reconocimiento internacional, y tiene que dejar listas las estructuras del futuro Estado independiente, por si gana el sí.

ARRANQUE TRAUMÁTICO

El mandato de Puigdemont arrancó hace casi un año de manera muy traumática para una parte del soberanismo. La CUP jugó tan fuerte sus cartas en la negociación que a punto estuvo de hacer saltar por los aires todo el proyecto secesionista. Consiguió, eso sí, mandar a Artur Mas a la "papelera de la historia". En la antigua Convergència siguen sin digerir semejante trágala. Pero Mas dio un "paso al lado" y por el bien del proceso propuso a Carles Puigdemont, que concurrió como número 3 de Gerona de Junts pel Sí. Ahora, al año de asumir el cargo (10 enero), el presidente de la Generalitat avisa que no volverá a repetir como candidato en las próximas elecciones catalanas, que como muy tarde deberían celebrarse en marzo de 2018, aunque es muy posible que pase lo que pase en el mes de septiembre, haya o no referéndum, todo se precipite. En su partido, mientras, ya ha comenzado la batalla por la sucesión.

Por tanto, la cuestión que tiene que resolver el dirigente nacionalista, y para ello tiene poco tiempo, es si decide ir a la colisión frontal contra el Estado, celebrando un referéndum a las bravas en el mes de septiembre, que tendría consecuencias penales y de intervención de la autonomía. Puede, si no, templar el ambiente y explorar la primera oferta de diálogo que le ha lanzado el Gobierno del PP o incluso retrasar la consulta -como le proponen los Comunes de Ada Colau- y sustituirla por unas elecciones, para las que su partido no tiene aún candidato y partiría en una posición muy debilitada, con el riesgo de ser ampliamente superado por Esquerra, el virtual triunfador del proceso. Lo que sí sabe es que no puede repetir ni un nuevo 9-N, ni tampoco otro 27-S, porque el cansancio en el movimiento independentista es cada día más palpable.

Septiembre resolverá el mandato de Puigdemont, pero dos acontecimientos muy próximos -la asamblea de la CUP del 28 de enero, y el juicio contra Mas, Ortega y Rigau por el 9-N, que arranca, el 6 de febrero- marcarán el futuro de la legislatura. Los anticapitalistas tienen aún que decidir si apoyan los presupuestos de la Generalitat. Todo puede pasar en el cónclave antisistema, pues no hay que olvidar que en otras ocasiones acabó incluso en empate. Si hay veto a las cuentas, las elecciones se adelantarían para la primavera. El otro punto caliente del arranque del año es el juicio del 9-N. Por primera vez, el proceso soberanista se sienta en el banquillo: el expresidente Mas podría ser inhabilitado. La ANC amenaza con elevar la temperatura de la calle y el secesionismo aprovechará las causas judiciales (sobre todo las de Mas y la de Carme Forcadell) para intentar aumentar la base social que apoya la independencia, que desde que gobierna Puigdemont tiende a la baja.

REGALOS INDIGESTOS

En vísperas de cumplir su primer aniversario al frente del Gobierno catalán, Carles Puigdemont ha recibido esta semana tres 'regalos' que a buen seguro no le habrán hecho demasiada ilusión. La prestigiosa publicación 'Politico' le situó entre los líderes que pueden "arruinar" 2017, junto al líder del movimiento 5 Estrellas, Beppe Grillo, y el dirigente ultra holandés Geert Wilders; 'The Economist' comparó el independentismo catalán con los partidarios del Brexit; y, el peor 'regalo' para sus intereses, el Tribunal Constitucional alemán dictaminó que no cabe la posibilidad de celebrar un referéndum de autodeterminación en Baviera. Tres ejemplos que ilustran que al proceso catalán le cuesta encontrar complicidades de peso fuera de Cataluña.

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