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Terrorismo

Del balón a la yihad

Uno de los detenidos de la célula islamista de Madrid tenía un futuro en el fútbol

Detención de uno de los dos supuesos yihadistas y munición destinada a armas cortas y a metralletas kalashnikov encontradas en un registro

Detención de uno de los dos supuesos yihadistas y munición destinada a armas cortas y a metralletas kalashnikov encontradas en un registro

EFE
05/01/2017 a las 06:00
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  • COLPISA. MADRID

A veces, las vidas se tuercen, derrapan y terminan donde nunca nadie se hubiera imaginado. Edrisa Ceesay tiene 18 años, es alto, fuerte y se le da bien el balón. Hace solo dos años, su padre lo llevaba martes, jueves y viernes a entrenar al campo del Club Deportivo Nuevo Palomeras en Vallecas. Jugó 19 partidos. El míster lo había puesto de nueve. Era una fiera. Peleaba cada entrenamiento como si fuera la final de la Champions. Cada carrera era la definitiva y cada balón, el último. Sus compañeros de equipo eran entonces sus hermanos. Su vida podría haberse jugado en el área, atacando una portería, pero de pronto, dejó de venir a entrenar. Sucedió algo que convirtió el deporte de sus sueños en un asunto sin interés. Esta es la historia de un crío con un futuro en el fútbol que termina detenido por yihadismo.

A finales de mayo del pasado año, cuando iba a comenzar la tanda de penaltis de la Copa de Europa, cuatro terroristas del Daesh entraron en una peña madridista de Baakouba y vaciaron los cargadores de sus fusiles de asalto. En la primera ráfaga murieron doce personas. Un año antes, en Mosul, trece niños iraquíes se habían escondido en las afueras para ver el encuentro entre las selecciones de Irak y Jordania. Los ajusticiaron ante sus padres. El fútbol es uno de los demonios del Daesh. En esas fechas, Edrisa Ceesay todavía jugaba en el Nuevo Palomeras en primera regional de juveniles en Madrid y aún no era uno de los dos detenidos en la operación Serkan, que trata de desarticular un grupo de presuntos yihadistas con armamento e intención de cometer "una grave acción terrorista" en la capital.

Entonces, Edrisa era solo el delantero centro del C.D. Nuevas Palomeras. "Solucionaba muchas papeletas", aclara el presidente del club, José Manuel Moreno, que era también su entrenador. "Era un chaval normal, un chaval bueno que hacía grupo con los demás chicos y que valía para esto. Podría haber seguido jugando a fútbol". Moreno se extraña de que Ceesay haya salido en los papeles y lo recuerda con los demás chicos del equipo comiendo pizza en la reunión del final de temporada, cuando los jugadores se gastaban todo el dinero que habían pagado en multas por llegar tarde a los entrenamientos.

PERDIÓ EL INTERÉS

De pronto, algo cambió. La actitud de Edrisa comenzó a volverse gris, perdió el entusiasmo y comenzó a retrasarse. Moreno asegura que había comenzado unas prácticas como mecánico y que "perdió el interés por el fútbol". A principios de su última temporada 2015-1016 (había jugado antes en el Aguilas de Moratalaz) ya había comenzado la investigación sobre una célula yihadista en Madrid que remataría en su detención el pasado 28 de diciembre, cuando la Policía entró en la cabaña de Alí, un solar convertido en vertedero en el que, según el auto judicial, Edrisa se reunía con otras diez personas que tenían en su poder un AK47, munición y armas cortas. Trataron presuntamente de comprar más fusiles, pistolas y granadas, y grabaron varios vídeos amenazando con atentar en Madrid bajo la bandera negra del Daesh. Traficaban con drogas para conseguir dinero para las armas.

En 2013, Edrisa y los demás jugaban a fútbol y ya se reunían en la cabaña de Valdebernardo y el joven de origen gambiano colgaba fotos allí con sus amigos en su perfil de Facebook, una desconcertante secuencia de vídeos de bromas y piezas sobre el islam que podría pertenecer a cualquier chaval musulmán de su edad. No queda ni rastro de su pasado de promesa del fútbol. El 22 de agosto dejó de colgar mensajes. Cuatro meses después, lo detuvo la Policía.

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