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POLÍTICA

El Rey decreta el fracaso político

Felipe VI se topó el pasado 20 de diciembre con una situación inédita.

El rey Felipe VI.

El rey Felipe VI.

EFE
03/05/2016 a las 06:00
  • COLPISA
Ya sí que no hay vuelta de hoja. El Rey rubricará este martes, con la disolución de las Cortes y la convocatoria de nuevos comicios, el fracaso del diálogo y la incapacidad de los partidos,'viejos' y 'nuevos', para saber articular y engrasar lo que, según las urnas, es hoy España. El Monarca era consciente de que la tarea sería difícil; probablemente uno de sus mayores retos desde que en julio de 2014 asumió la Jefatura del Estado. Su figura ha salido prácticamente indemne del trance, al menos para la mayor parte de la opinión pública, pero estos meses no han estado exentos de problemas.

Felipe VI se topó el pasado 20 de diciembre con una situación inédita. Su padre jamás tuvo un quebradero de cabeza para proponer al Congreso un candidato a la presidencia del Gobierno, como marca la Constitución; las mayorías siempre estuvieron claras. Pero sin un desarrollo legislativo concreto de los preceptos constitucionales, al Monarca le ha tocado hacer su propio camino. Ahora, ante el resultado del 26 de junio, todo el mundo sabe lo que esperar de él: una implicación nula en las negociaciones de los partidos, bajo la premisa del "respeto escrupuloso al principio de neutralidad política", y una intervención medida para activar los plazos para la investidura.

¿Podría ser de otra manera? Todo es interpretable. Los padres de la Carta Magna decidieron conceder al Rey un papel en el nombramiento del jefe del Ejecutivo. Y fue así, entre otras cosas, porque -como relata el historiador Paul Preston en su libro 'Juan Carlos, el Rey de un pueblo'- el propio Monarca puso mucho "empeño" en ello. "Creo que tal y como se están desarrollando las cosas voy a tener menos poder que el rey de Suecia, pero si esto sirve para que todos los partidos políticos acepten la forma monárquica del Estado, estoy dispuesto a aceptarlo", se lamentó en aquellos días ante el periodista José Oneto.

La Constitución sueca de 1974 no deja resquicio alguno para la intervención del Rey en la designación del primer ministro; es directamente el Parlamento quien lo elige a propuesta de su presidente. En España, sin embargo, se decidió finalmente que el Monarca interviniera en la fase inicial del procedimiento de investidura, pero no de manera discrecional, sino "limitada -en palabras del catedrático Luis Aguiar en 'La estructura del proceso de formacion de Gobierno'- por el fin a lograr, esto es, encontrar el candidato que arrastre tras de sí la confianza de una mayoría parlamentaria".

La pregunta es si eso implica que el Rey puede o debe desempeñar una labor de "mediación" activa. Y en este punto hay disparidad de opiniones entre los constitucionalistas, pero el caso es que don Felipe ha optado por no meterse en harina y dejar hacer. "Si algo sabíamos desde el primer momento es que este Rey no iba a 'borbonear'", dice como elogio un ex alto cargo en varios gobiernos socialistas.

Él mismo dio una pista de sus intenciones en el mensaje de Navidad. "En un régimen constitucional y democrático de Monarquía Parlamentaria como el nuestro, las Cortes Generales, como depositarias de la soberanía nacional, son las titulares del poder de decisión sobre las cuestiones que conciernen y afectan al conjunto de los españoles: son la sede donde, tras el debate y el diálogo entre las fuerzas políticas, se deben abordar y decidir los asuntos esenciales de la vida nacional", dijo. Esa ha sido su máxima.

En otros países, precisamente para preservar al Monarca, existe la figura del informador, que se encarga de recabar las opiniones de las fuerzas políticas y preparar el trabajo al Jefe del Estado, que también celebra sus propias rondas con los líderes políticos pero también con otras personalidades. Es el caso de Bélgica, donde las atribuciones del Rey son mayores que en España: designa al primer ministro y a su gabinete y solo después estos son ratificados por el Parlamento. Alberto II lo tuvo verdaderamente complicado entre 2010 y 2011, con un Parlamento terriblemente fragmentado pero no cejó en su empeño. 541 días estuvo el país sin Gobierno. En España podría haber ocurrido algo similar.

Pero eso es lo que don Felipe sí consideró obligado evitar. Nuestra Constitución no fija un plazo para presentar a la Cámara un candidato a presidente, pero lo que sí establece es que, si pasados dos meses a partir de la votación de la primera propuesta nadie hubiera logrado la confianza del Congreso, el Rey ha de disolver las Cortes y convocar nuevas elecciones. Un día difícil El problema con el que se topó el Monarca fue que, tras su primera ronda de contactos con los representantes de los partidos, el 22 de enero, no tenía propuesta alguna que hacer.

Mariano Rajoy, el más votado, le dijo que no tenía apoyos suficientes para ir a la investidura y ningún otro dirigente político le había dado pruebas de estar en mejores condiciones. No tuvo más remedio que comunicar al presidente del Congreso, Patxi López, que no había candidato porque el líder del PP había "declinado" su ofrecimiento.

Una descripción de lo ocurrido que los populares encajaron mal. "No fue un día nada fácil", admiten en Zarzuela. Impelido por la necesidad de poner el contador en marcha y evitar que la interinidad del país se prolongase 'sine díe', decidió que Pedro Sánchez saliera como candidato de la segunda ronda de audiencias, pese a no tener amarrados los apoyos necesarios. Al fin y al cabo, salvo el PP, todas las fuerzas políticas habían expresado su disposición a hablar de su investidura. Los populares, sin embargo, lo consideraron un exceso del Monarca. Habían confiado en que no ofreciera la investidura a nadie para empujar al PSOE a abandonar el veto a Rajoy. "Esto con Juan Carlos no habría pasado" llegaron a decir.

La siguiente decisión de don Felipe, no hacer ya nuevas propuestas salvo que tuvieran acreditada de antemano una mayoría suficiente, fue en cambio comprendida por todos. "La pelota está ya en el tejado del Congreso", alegaron en la Casa del Rey. Y eso que una lectura literal de la Constitución -"se tramitarán sucesivas propuestas"-, alentó el debate de los expertos. El Rey se echó entonces a un lado. Sólo al final intentó una ronda a modo de última llamada. Un empujoncito para un solución 'in extremis' que no llegó.
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