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Don Félix, mecenas

  • Antonio R. Baciero
Publicado el 07/12/2022 a las 07:12
Opiniones más autorizadas e importantes han descrito estos días la trascendencia del personaje en aspectos empresariales y pioneros en sus diversas actividades, siguiendo su ideal de “lo mejor para Navarra”. Pero también tuvo una significativa presencia en el campo de la música y las artes, obrando como un decidido protector en momentos complejos, como la creación del Conservatorio de Pamplona, en total sintonía con su director, el recordado Fernando Remacha, ya desde el mismo planteamiento del edificio, diseñado por otro represaliado por republicano, el arquitecto García Mercadal, creando inmediatamente para el centro una cátedra de formación del profesorado. Sus cursos de Canto Gregoriano convirtieron a Pamplona en una sucursal de la Abadía de Solesmes y del Instituto de Estudios Gregorianos de París.
El Orfeón Pamplonés y la orquesta Santa Cecilia, como su presidente que le nombraron, recibieron también soportes decisivos, así como algunos músicos entre los que muy especialmente me incluyo, suministrando ayudas importantes en épocas críticas de estudios y profesión, sorprendiéndome siempre su cálida humanidad y empatía por problemas y asuntos personales concretos. Para mí, personalmente, llegó a dictar a su secretaria (en medio de lo que eran sus empresas entonces) largas cartas de consejos y recomendaciones. Me suele gustar contar una anécdota. En mi primer concierto en Sarría, recién construida, por ir vestido de la mejor manera viniendo de un accidentado viaje, le pedí a mi buen amigo y compañero Javier Ochoa de Olza que me dejara un traje que él acababa de estrenar. No sé cómo se enteró Don Félix. Al poco tiempo me llamó a su despacho (junto a mi profesora de piano pamplonesa, la inolvidable Puri Villar) y me sentenció: “Me he enterado de que el otro día viniste a Sarría con un traje prestado. He hablado con mi sastre y te vamos a equipar para volver a Viena”. Fue además mi primer frac.
Desde luego, “Huarte y Compañía” contaba en su estructura empresarial con un departamento de Integración Social que funcionó en acciones altruistas y asistenciales. En esa tesitura, “los Huarte”, siguiendo a su padre, han sido toda una marca en iniciativas de mecenazgo en España. Ahí está la colección de María Josefa y Javier en el Museo de la Universidad y las llevadas a cabo por Jesús y Juan en exigentes conciertos y presentaciones, alguna tan relevante como el primer Estudio de Música Electrónica en Madrid o el estreno de la Cantata de los Derechos Humanos de Cristóbal Halffter con la Orquesta Nacional y el Orfeón Pamplonés. Mi hoy gran amigo Jesús Huarte, hasta renovó para aquella ocasión el vestuario del Orfeón con el mejor sastre de Madrid y desarrolló toda una actividad internacional de promoción de la obra, pero a mí me patrocinó, sobre todo, la quizá más importante operación artística de mi vida: la celebración en Madrid del cuarto centenario de la muerte de Antonio de Cabezón (el más emblemático músico del s. XVI español) con dos conciertos en la inauguración del Conservatorio de Madrid en el recién restaurado Teatro Real. Reforzando los actos, trajo además desde Lisboa a su primer especialista, Santiago Kastner, que dio complementariamente dos conferencias-concierto en su propio clavicordio. Poco después yo daría, también con Jesús, la Obra Completa de este autor en órganos históricos de Burgos y en piano en la Complutense, que años después editaría su grabación “Hispavox”.
Hoy, la estela de Félix Huarte, que en su juventud tuvo que abandonar sus estudios de violín por falta de medios, está ahí y, en realidad, se desmonta sola esta incomprensible campaña cuestionando a un personaje tan absolutamente fuera de lo común, y que afecta tanto a una imagen actual, muy poco edificante, de nuestro país.
Antonio R. Baciero, pianista
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