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Historia de la herida de la Canal Roya

  • Venancio Rodríguez Sanz
Actualizado el 17/07/2021 a las 09:43
Dicen que en el Pérmico no se sabe muy bien cómo ni por qué, el coloso Anayet despertó de su largo letargo rugiendo y escupiendo fuego. Toda esa vehemencia bajaba por la Canal Roya mezclándose con los hielos del glaciar. Comentan que quemaba tanto que la propia tierra se retorcía de dolor. Murmuran que tanto furor embargaba al monstruo, que se partió en dos y de él solo queda hoy el pitón volcánico, un lacolito y un sill a sus pies. Anuncian que de los ibones de Anayet se precipitaban cascadas de sangre por la Rinconada. Y aseguran que el sufrimiento y la furia se solidificaron y juntos bajaron por la hondonada hasta ser arrojados en la morrena de Canfranc. Susurran que el titán le hizo tanto mal a la Canal Roya, que hoy el valle es una herida de más de 2.000 metros de profundidad. Se cuenta que para que no se olvide el suplicio al que por tantos siglos el monstruo sometió a la montaña, todos los años se celebra una romería a la que acude gente de todo lugar: los lirios y otras flores silvestres en primer lugar, hierbas, árboles de toda las especies, arroyos y un largo etcétera. Y desde entonces, se asevera que la depresión es un lienzo de arte natural pintado de infinitos colores, de aromas, de sabores, de sonidos, de trinos, de gritos de marmotas, de mugidos, de relinchos, ¡ay! El domingo pasado, unos amigos y yo hicimos los ibones y el pico de Anayet. Y comprobamos con admiración, que todo lo que dicen de ella, es verdad.
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