Las trenzas de Concha Pasamar

Cuando era una niña, a Concha Pasamar le gustaba que sus abuelos le contaran historias. Se pasaba horas entretenida tejiendo en su imaginación los cuentos y las pequeñas anécdotas que le transmitían sus mayores. Lo que no podía intuir entonces es que en ese tapiz de infancia se inspirarían ahora muchos de sus trabajos como ilustradora. De aquel tiempo en el que el mundo cabía en una caja de galletas surgen ahora como artilugios maravillosos los trabajos de esta profesora universitaria con alma de artista.

 

Está a punto de publicar su nuevo libro titulado ‘Cuando mamá llevaba trenzas’ y hoy tengo la suerte de poder entrevistarla en su estudio. Nada más entrar, me fascina encontrarla ahí, concentrada en sus lápices y tintas, porque me da la impresión que ella misma es una de sus delicadas ilustraciones. Elegante y sofisticada pero con un punto de naturalidad que la conecta con la belleza, Concha Pasamar dibuja y pinta fundamentalmente por una razón: porque disfruta con ello. De ahí que sea capaz de transmitir de una forma natural, que llega directa al lector y observador, todo un universo interior que sigue fuertemente vinculado a su infancia y a cuando la vida era más sencilla y abarcable. “Dibujo porque me lo paso bien. Es una de mis grandes pasiones. Disfruto invirtiendo tiempo en lo que me gusta y soy un espíritu interesado en la vida en casi todas sus variantes, pasado, presente y futuro; aunque por encima de todo quizá esté el dibujo como concepto y como formato, que es para mí como una llamada y mi entretenimiento natural“.

Polifacética y vital, amante de la lectura, de la música, de la cocina, y recientemente del lindy hop, Concha es profesora de Lengua Española en la Universidad de Navarra e imparte clases en la Facultad de Filosofía y Letras, y en varios posgrados. Aunque estudió también Historia, su faceta más artística y vocacional es la de ilustradora y dibujante, una dedicación que abandonó en la década de los 90, que recuperó en 2013 y que la conecta directamente con su infancia y juventud.Mi madre y mi abuelo también dibujaban; ahora dibujan mis hijos y creo que de alguna forma es un rasgo o una cualidad familiar que yo he recuperado en estos últimos años, tras haberlo aparcado en 1997. En aquel año llegué a ilustrar una novela infantil, había hecho alguna cubierta para EUNSA a partir de alguna ilustración creada para un manual para extranjeros que habíamos preparado, pero luego tenía demasiado trabajo, muchas clases, llegaron los niños y otras complicaciones vitales y dejé la ilustración e incluso el dibujo completamente de lado. Echo la vista atrás y recuerdo aquel parón entre el 97 y el 2000 como un vacío en ese sentido. Algo más tarde, más allá de pintar en casa con mis hijos, no hubo nada que me relacionara con el dibujo. Y eso que desde que tengo uso de razón esa actividad me ha definido de alguna manera. Aprendí a leer muy pronto y a la par que aprendí a dibujar, así que tengo álbumes y cuadernos llenos de dibujos desde los 4 años y me gusta pensar que algún día se los dejaré a mis hijos como si fueran un legado íntimo y personal

¿Qué la hizo volver a dibujar? “Una crisis, ¿el estrés? y mi marido“, me explica. “En torno a 2013 estaba pasando una época complicada con mucho trabajo y me encontraba algo sobrepasada y sin tiempo para nada, así que un día mi marido me dijo que me iba a apuntar a un taller de pintura para que recuperara una actividad que él sabía que me iba a hacer bien. Así fue. Empecé a acudir a Bidari con Lola Azparren retomar esta faceta, así como la posibilidad de hacer algo manual, resultaron no solo terapéuticos sino que también fueron un impulso que me ha traído hasta aquí“.

La observo mientras dibuja. Su trazo es firme y suave a la vez. Sus figuras guardan la magia y los secretos de la infancia, respirando entre las líneas y los colores. Me cuenta que los fondos no son su prioridad y que a veces los sustituye por collages o estampados, en una intención no del todo buscada de poner el foco en los personajes, los rostros, las emociones y el misterio que transmiten sus ilustraciones.

Cuando dibuja o pinta, Concha se concentra de tal modo que la actividad se convierte en una forma de meditación y de conocimiento: “Aunque ilustrar requiere de una importante labor mental previa, dibujar sin propósito fijo es una actividad que me sirve para vaciar la cabeza y conectarme con mi interior. Me encanta rellenar cuadernos con dibujos cuando voy de viaje o en mi día a día, como si de una improvisada bitácora se tratara. Por otra parte, la acción de ilustrar o dibujar me demuestra formas de mi carácter que no son siempre de mi agrado. Me doy cuenta, por ejemplo de que soy un poco impaciente porque quiero terminar pronto, o mejor aún, me gusta ver el resultado del trabajo sin tener que esperar mucho. Buen ejemplo de esto es que no he pintado ni un solo óleo en todo este tiempo. Y un acrílico. La mayor parte de mis obras están realizadas con técnicas que implican resultados más inmediatos como tintas, acuarelas, bocetos con lápices, etc. Tal vez sea por equilibrar el modo de proceder en la investigación filológica, que es, al contrario, un proceso minucioso y lento“

El dibujo como experiencia en primera persona, como vínculo con el legado familiar, como forma de conocimiento e incluso como manera de estar en el mundo. Pero, en los últimos tiempos, también como tarjeta de presentación y trabajo físico y palpable en forma de libro.

La culpa la tienen las redes sociales. En los últimos tiempos participé en los cursos de Marian Lario. Cursos de ilustración, de composición, de color ode álbum ilustrado. Y en algún momento, y aún a pesar de mi pudor, decidí subir a las redes alguno de esos trabajos. Fue a partir de ahí de donde empezaron a llegar propuestas para ilustrar algún fanzine y luego mi primer libro como ilustradora, ‘Arrecife y la fábrica de melodías’. Recuerdo cuando me contactó la autora, Patricia García Sánchez, la ilusión que me hizo, porque es una historia muy relacionada con la música, otra de mis pasiones. Había mucha fantasía en aquel relato y busqué la complicidad del lector a través de la imaginación. Tenía que ilustrar cada capítulo pensando en una compositora y, al mismo tiempo, quería dejar al lector una imagen mental lo suficientemente abierta como para no orientar demasiado su imagen mental. El resultado final me dejó muy contenta, ya que el libro fue seleccionado por la OEPLI (Organización Española para el Libro Infantil y Juvenil)“.

Tras ese primer trabajo llegarían ‘La niña rancia’, de José Antonio González, ‘Meraki Tanttak’, de Rebecca Gil -con otros ilustradores navarros-, ‘13326’, de Luis Fernando Redondo y algún que otro trabajo interesante, como las columnas de Marta Rañada en El Asombrario & co, hasta llegar a este ‘Cuando mamá llevaba trenzas’ que acaba de publicar y está a punto de presentar el próximo 17 de noviembre. “Este libro, ‘Cuando mamá llevaba trenzas’, es muy especial para mí porque recoge mis recuerdos de infancia, el mundo que yo conocí cuando era una niña y, a través de varias vivencias que habían quedado grabadas en mi memoria infantil. Es un trabajo sobre el paso del tiempo, los cambios que nos afectan y las oportunidades por llegar. Te diría que, en la forma, es un libro que recoge la conversación de una niña con su madre que plasma también el cambio generacional. Pero además está el juego en la calle, la mirada infantil, los años 70 y 80 y la vida de entonces… creo que, aún más en el fondo,a través de este libro lo que hago es proveerme de una especie de excusa para la reflexión personal y desde ahí para la conversación con quienes nos rodean“.

En el libro se presenta una selección de diez escenas entre las que se encuentran juegos infantiles de antaño, como el salto del burro, pero también actividades de la vida de otro tiempo, como salir en verano a tomar la fresca o coger renacuajos, la tradicional matanza de animales domésticos, el hecho insólito para un niño o joven de hoy de tener un solo teléfono para toda una familia y que además estaba colgado de un cable en la pared o la liturgia familiar de los domingos que incluía la película de la tarde o el ‘sobre sorpresa’. “Creo que ‘Cuando mamá llevaba trenzas’ es una invitación a la conversación entre generaciones. Me gusta pensar que puede llevar a quien lo lea a entender cómo era la vida hace unas décadas, y cómo todas esas vivencias nos han constituido, o cómo llevamos con nosotros el legado de aquellas experiencias vitales, todos aquellos aprendizajes y momentos pasados, pero también quiere despertar la sensación en el niño actual de que lo que ahora lo rodea lo acompañará siempre de algún modo“.

Le pregunto a Concha por sus aprendizajes, por lo que ha aprendido con este oficio suyo de explicar con trazos la vida: “He aprendido justamente que me queda mucho por aprender, pero también he tenido la oportunidad de aprender mucho de otros, de otras personas que comparten la misma pasión que yo. He aprendido que este oficio es complicado porque requiere un seguimiento, una tenacidad, un camino, una planificación constante. He aprendido también sobre literatura infantil, materia sobre la que apenas tenía conocimiento antes, y cuanto más aprendo, más me doy cuenta de que me queda mucho por aprender y de que eso es justamente algo que me encanta: disfruto formándome.

El amor por el aprendizaje, la curiosidad y la mirada optimista, son los rasgos definitorios de esta artista anclada en lo cotidiano, a pesar de su tendencia a la fantasía: “De fondo soy una optimista convencida. No se trata de engañarnos, pero creo que hay más gente buena que mala en este mundo. Quizá lo veo así porque tuve modelos vitales optimistas. Pero es algo que ratifico cada día en los momentos más cotidianos: en lo pequeño, en las cosas diarias encuentro razones para el optimismo y para la felicidad sin aspavientos. Todo ello me lleva a apreciar cada vez más lo que tenemos cerca, las pequeñas cosas, todo eso que de verdad importa“.

Y no se trata solo de una aspiración o de un brindis al sol. De hecho, Concha Pasamar está, también por su trabajo, vinculada al pasado y a la etnografía y ha dedicado tiempo a recopilar o analizar cartas de otras épocas o detalles y formas de expresión que conformaban la vida de las personas en otro tiempo. De su colaboración con David Mariezkurrena ha surgido una colección de tintas que ilustrarán algunos datos recopilados por él. “En realidad, finalmente, en todo siento una confluencia de intereses . Siento que unas cosas y otras se vinculan en mi vida a través de líneas invisibles que enlazan cosas aparentemente dispersas pero que tienen mucho sentido”.

Sus próximos retos lo ratifican: “Participaré pronto en una exposición de haikus ilustrados; hay también por ahí un álbum muy especial para mí en el que he estado trabajando todo el verano, con texto de Marina Montero, y que lleva por título ‘Mil historias en la piel’; ando trabajando en un poemario maravilloso de Mar Benegas para Litera Libros y, por ahora, espero que se cumpla esa función que deseo para mi nuevo libro: me gustaría ser capaz de generar muchas conversaciones y momentos de encuentro que unan a distintas personas y generaciones en torno a sus páginas y, en el fondo, nos ayuden a todos a conocernos más y a entender un poco mejor la vida“.

 

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Una respuesta a Las trenzas de Concha Pasamar

  1. Carmen Díaz Marín dijo:

    Maravillosa entrevista de una maravillosa mujer. Enhorabuena Concha!

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