ASSASSIN’S CREED

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Reconozco que acudí virgen al cine. Virgen del todo. No he jugado jamás al Assassin’s Creed de Ubisoft. Conocía algo de sus personajes, de su acción, de la leyenda en la que está basado, de su intríngulis por terceros. Poco más.

Pero qué quieren que les diga. Uno entiende los motivos por los que Hollywood, cada vez más falto de imaginación, posa las garras en el universo de la videoconsola. 73 millones de copias vendidas hasta abril de 2014 nada menos. Esas son las cifras que avalan a este videojuego de mundo abierto. Lo más curioso de todo es que Assassin’s Creed está inspirado a su vez en Alamut, una novela escrita por el esloveno Vladimir Bartol en 1938. Una novela política, aunque Bartol (como tantos otros) eligiera para criticar los nacientes totalitarismos europeos —uno puede perder fácilmente el pellejo según lo que escriba en este mundo— la historia (leyenda) de los hashashin, nizaríes a las órdenes de su líder Hassan-i-Sabbah, “El Viejo de la Montaña”. Asesinos letales, casi infalibles, a los que se drogaba con hachís y se les hacía despertar en un jardín perfecto, ideado a imagen del Paraíso, del que eran arrancados a las horas, al día, con la promesa de que solo regresarían a él si morían en combate a las órdenes de su líder.

De la obra de Bartol tan solo queda el nombre de la secta y parte del lema presente en la novela: “Nada es una realidad absoluta, todo está permitido”.

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Assassin’s Creed, dirigida por Justin Kruzel —elección personal del productor y protagonista de la cinta, Michael Fassbender, tras rodar a sus órdenes en Macbeth (2015)—, y escrita por Michael Lesslie (Macbeth) y Adam Cooper (Exodus: Dioses y reyes), se desmarca de las aventuras de la serie escritas por el triunvirato formado por Patrik Désilets, Corey May y Jade Raymond y mezcla épocas históricas —la España de 1492, a punto de caer Granada, y la actual: impagable esa reina Isabel de cara tatuaday el complejo Templario con vistas al Vicente Calderón— y crea una historia nueva usando el reclamo original de los hashashin y de otra de esas órdenes mí(s)ticas de antaño: los Templarios. Su único acierto radica en un detalle por el que el guion pasa de puntillas: la oscuridad de todos sus personajes, de todos sus bandos. Cada uno tiene sus razones: preservar el libre albedrío de los hombres, su capacidad para cagarla una y otra vez; es decir, su libertad… para ser buenos, pero también para ser violentos, para ser crueles, para destruirse a sí mismos, unos; obtener la semilla de la primera desobediencia del hombre y lograr la cura definitiva —genética— a la violencia, otros. Vamos, anular la libertad a golpe de probeta. Y tanto unos como otros están dispuestos a hacer lo que haga falta.

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Por desgracia, este planteamiento tan oscuro, tan atrayente, tan potencialmente filosófico, se pierde, se diluye en lo que importa para alguien que espera recaudar millones de dólares: la simple acción. La orgía de efectos especiales, los saltos temporales, la ambientación del pasado. Entonces, por desgracia, todo se convierte en CGI, 3D, en exhibiciones de ‘saltos de fe’ arrancados del videojuego, parkour y artes marciales; de mamporros, duelos a espada, arco y ballesta, lucha de comandos y todo lo que se les pueda ocurrir.

Me dirán, probablemente con razón, que el común de los mortales no acude al cine a que le suelten un chorreo acerca de la esencia del ser humano; de quiénes somos, de cómo somos, de qué queremos, de cómo lo conseguimos. Para eso basta con un par de escenas de diálogo que establezcan a con qué bando vamos y listo. Estos son los buenos. Estos los malos. Lo suficiente para que tomes partido por un grupo —lamentable la aclaración de que nuestro asesino protagonista mató a un proxeneta, no vaya a ser que hubiera matado a alguien indigno de ser arrojado al infierno; ya saben, en el fondo, el chico es bueno—. Y, después, a disfrutar de las peleas.

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Les aseguro que no es incompatible escribir y rodar una película de acción, un blockbuster si me apuran, y dotarla de cierta calidad intelectual, de cierta profundidad filosófica, sociológica, moral, ética y religiosa. Claro que semejante osadía puede ensombrecer nuestro balance de resultados a fin de año…

Eso sí, si lo único que ustedes quieren es disfrutar de una orgía visual espectacular, la tendrán.

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