UN DÍA MÁS CON VIDA

Título original. Another Day of Life. Año. 2017. Duración. 82 min. País. Polonia. Dirección. Raúl de la FuenteDamian Nenow. Guion. Raúl de la Fuente, Niall Johnson, Amaia Remírez, David Weber (Novela: Ryszard Kapuściński). Fotografía. Animation. Coproducción Polonia-España-Alemania-Bélgica-Hungría; Platige Image / Kanaki Films. AnimaciónDrama | Animación para adultosColonialismoAños 70

Hoy no vengo a hablarles tanto de técnica y calidad —que también— como de verdad, de honestidad y de compromiso. Los de un director y guionista, Raúl de la Fuente; los de una guionista y productora, Amaia Remírez, puestos al servicio de una película, de un proyecto que ha ocupado diez años de su vida, desde que un día ya lejano tuvieran —al igual que les sucediera a Lucas y Spielberg— un sueño en una playa.

Un día más con vida, dirigida por De la Fuente (Nömadak TX, Minerita —Goya al Mejor Cortometraje Documental 2013—, La virgen negra) y el polaco Damien Nemow (que se estrena en el largo tras los magníficos cortos de animación Paths of hate, Miasto ruin y Fly for your life), y co-escrita por De la Fuente, Remírez, Niall Johnson (Secretos de familia, Cuando ya no esté, White noise) y David Weber, adapta el libro homónimo del periodista polaco Ryszard Kapuscinski, una de las mejores plumas del siglo XX. Y lo hace desde las entrañas, de frente, arriesgando en la forma y apostando por derribar fronteras, por una hibridación —animación, imágenes de archivo, documental, un trasunto de la propia forma de narrar usada por Kapuscinski— al servicio de la sinceridad y la verdad del relato.

Adaptar una novela al cine, un arte que posee una dramaturgia distinta, es una de las tareas más complicadas a las que pueda enfrentarse un guionista. Llegado el caso, muchos optan por la mera transposición —convenientemente podada— de la trama original, y eso está bien si lo que se pretende es, simplemente, brindarnos un buen espectáculo. Adaptar de verdad, sin embargo, supone algo más. Supone ser capaz de trasladar a la pantalla una serie de intangibles que van más allá de su simple sucesión de acontecimientos, de los sucesos y los giros que componen su andamiaje narrativo. Me refiero a perder el miedo a ir un paso más allá, a arriesgarse para ofrecer al espectador el ADN mismo del relato original. Y eso es lo que han hecho De la Fuente, Nemow y Remírez en esta película: mostrarnos parte del alma de un hombre, Ryszard Kapuscinski, abierta en canal; su forma de sentir, de pensar, de ver el mundo; su compromiso con la verdad, con el ser humano; su compromiso social y político en un momento en el que el globo estaba partido en dos. Pero también sus dudas, sus miedos y algunas de sus costuras.

Un día más con vida no es solo una película de aventuras ambientada en los meses previos a la declaración de independencia de Angola, sino que es el retrato de su principal cronista. Y de ahí surge su mayor virtud, de querer mostrar no solo la verdad de lo que sucedió, sino la verdad del hombre que fue testigo de ella. Es precisamente en ese punto en el que la película trasciende lo puramente narrativo y va un paso más allá. Esa es una de las misiones del arte, del cine, de la literatura, de la dramaturgia.

Y para lograrlo, De la Fuente y Remírez han optado por arriesgar, por introducirnos en la mente, el corazón y las tripas de Kapuscinski a través de una serie de secuencias oníricas maravillosamente ideadas —escritura, escritura, escritura— y ejecutadas, de imágenes de archivo de aquellos días y de una serie de imágenes documentales rodadas ad hoc que recogen el testimonio de aquellos que le conocieron entonces, todas ellas intercaladas con una precisión —algunos de los montajes por corte son fantásticos, mostrándonos, tal y como sucedía en los propios párrafos de la obra del reportero polaco, que las fronteras entre ficción y realidad son a veces sutiles e invisibles— a veces quirúrgica. El resultado es una cinta única, atípica, original, a ratos vibrante, a ratos dolorosa y hecha desde el firme convencimiento de lo que cuentan por parte de sus autores. Si a ello le sumamos la brillante apuesta por la animación por rotoscopia, el resultado, como dice el propio De la Fuente, no es una mera adaptación de la obra de Kapuscinski, sino que «completa» el relato. No se la pierdan.

 

 

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LA SOMBRA DE LA LEY

Título original. La sombra de la ley. Año. 2018. Duración. 126 min. País. España. Dirección. Dani de la Torre. Guion. Patxi Amezcua. Música. Manuel Riveiro, Xavier Font. Fotografía. Josu Inchaustegui. Intérpretes. Luis Tosar, Michelle Jenner, Vicente Romero, Ernesto Alterio, Paco Tous,Manolo Solo, Jaime Lorente, Pep Tosar, Fernando Cayo, William Miller,Adriana Torrebejano, Xosé Barato, Ricardo de Barreiro, José Manuel Poga,Elías Pelayo, Paula del Río, Albert Pérez. Coproducción España-Francia; Vaca Films / Atresmedia Cine / Movistar+ / Televisión de Galicia (TVG). Thriller. Drama | Años 20. Policíaco

Aquí estamos de nuevo, frente a la página en blanco, una vez terminada la película y encendidas las luces de la sala. En primer lugar, me gustaría pedirles disculpas por esta prolongada ausencia, cuyo motivo, exclusivamente personal, me guardaré para mí en una ejercicio de sana y responsable timidez —disculpen mi nula propensión al exhibicionismo—. Dicho lo cual, vayamos a lo que nos ocupa, que no es otra cosa que el reciente estreno de La sombra de la ley, la nueva película dirigida por Dani de la Torre y escrita por Patxi Amezcua. Y aquí es donde inserto el esperado en segundo lugar, que no es otro que el de volver a pedirles disculpas. ¿El motivo en esta ocasión? Mi apego por Amezcua, al que conozco y del que sigo su trayectoria desde que firmara una de las mayores —y más desconocidas— joyas del noir estatal: 25 kilates (Patxi Amezcua, 2009). ¿Que por qué les muestro mis cartas? Para ser justos. Estoy seguro de que a ninguno de ustedes se le escapará que los críticos —los ocasionales, como yo, también los profesionales— tienden a ser, por lo general, benévolos con aquellos compañeros a quienes conocen y admiran. Confesado lo cual, trataré de ser lo más objetivo posible —perdónenme el oxímoron—: La sombra de la ley es una buena película, pero podría haber sido excelente.

El debut en la dirección de largometrajes —antes había firmado el corto Minas y la miniserie Mar Libre— de Dani de la Torre (El desconocido, 2015, protagonizada por Luis Tosar y Javier Gutiérrez y con guion de Alberto Marini) despertó un gran interés; de repente, nos hallábamos ante un director capaz de filmar uno de esos thrillers psicológicos de acción que arrancó más de un no parece español en la platea. Tres años y un cortometraje —Álex y Julia— después, De la Torre regresa con esta historia ambientada en las calles de la Barcelona de los 20 del siglo pasado, uno de los momentos históricos más convulsos del siglo XX —si quieren conocer más, no dejen de leer Cabaret Pompeya, del gran Andreu Martín, o el magnífico trabajo del no menos grande Antonio Soler titulado Apóstoles y asesinos; no hace falta que les cite las verdades y los prodigios de Eduardo Mendoza—. Y lo hace llevando a la pantalla un material dramático de Patxi Amezcua en el que —por desgracia— lo técnico aplasta a lo dramático.

Cuando uno ha ejercido de guionista, de escritor, aprende a leer entre líneas; lo hace, sobre todo, al ver en pantalla el trabajo de un compañero. ¿A qué me refiero? A que —estoy seguro de que ustedes lo sabrán ya a estas alturas—, en muchas ocasiones, lo escrito y lo filmado no son lo mismo, sino un material a menudo aligerado, podado, desbrozado —también destrozado— por figuras ajenas al propio y siempre sufrido y solitario arte de escribir historias. Y algo de eso hay en La sombra de la ley. Una buena historia que (uno sospecha con fundamento) ha sido adelgazada en exceso, lo que hace que el resultado final se resienta (no olvidemos de qué va esto, de algo tan simple, de algo tan complejo como contar bien una buena historia). Nos queda entonces fijarnos en la labor de producción y dirección. Y es en estos aspectos en los que la película apabulla, quizás en exceso, en especial el trabajo de De la Torre, que cae en las garras de un manierismo excesivo en algunas secuencias. Y qué quieren que les diga, a mí eso me acaba centrifugando hacia fuera. Eso sí —sin ánimo de ser contradictorio—, algunos planos secuencia y movimientos de cámara son magníficos. Esa es, precisamente, una de las mayores virtudes de la cinta —cuando están justificados— y uno de sus peores enemigos —cuando son fruto de un capricho—: el excesivo virtuosismo.

Cualquier cinéfilo que se precie, eso sí, va a disfrutar rastreando el gran número de homenajes presentes en la película. Se nota que ambos, tanto De la Torre como Amezcua —en su caso, me consta—, son grandes amantes de determinado cine negro y de gánsteres de ayer y de hoy: Camino a la perdición (Sam Mendes, 2002; la lluvia y la fotografía del gran Conrad Hall), Los intocables de Eliott Ness (Brian de Palma, 1987, con guion del grandísimo Mamet y fotografía de Burum), la genial Érase una vez en América (Sergio Leone, 1984), y por supuesto, El Padrino (F.F. Coppola, 1972), por citar solo algunos de los más recientes. Pero no se queda ahí la cosa, se lo aseguro.

Mi recomendación: vayan a verla y descubran el resto ustedes mismos. Merece la pena. Pasarán un buen rato y encontrarán un producto de factura impecable y que ofrece lo que promete, una película de factura técnica magnífica que se deja ver bien.

P.D. Brillante, una vez más, Manolo Solo.

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LUCKY: El ruiseñor y el galápago.

Título original. Lucky. Año. 2017. Duración. 88 min. País. Estados Unidos. Dirección. John Carroll Lynch. Guion. Logan Sparks, Drago Sumonja. Música. Elvis Kuehn. Fotografía. Tim Suhrstedt. Intérpretes. Harry Dean StantonEd Begley Jr.Beth GrantJames Darren,Barry Shabaka HenleyYvonne HuffDavid LynchHugo ArmstrongBertila Damas,Ron LivingstonAna MercedesSarah CookAmy ClaireUlysses Olmedo,Mikey KampmannOtti FederMousePam SparksTom Skerritt. Superlative Films / Divide / Conquer / Lagralane Group. Distribuida por Magnolia Pictures.

Déjenme despachar lo intrascendente cuanto antes. Debut como director de John Carroll Lynch, un tipo con una de esas carreras de secundario larguísima  —para que le pongan cara, es el marido de Marge, la policía protagonista de Fargo interpretada por Frances McDormand— y con el productor Logan Sparks (Constantine, The italian job, Star Trek: Nemesis) y el actor Drago Sumonja por primera vez al teclado.

Solventado lo prosaico, lo que les diré es que Lucky es una pequeña joya. No por su dirección —el trabajo de Carroll Lynch se circunscribe casi a lo documental, a lo esencial, lo justo y necesario para poner en imágenes una historia rodada con cuatro duros y en apenas 18 días—, tampoco por su dramaturgia, sino, precisamente, por su —aparente— (casi) ausencia de ella. No quiere esto decir que la película no tenga guión. Lo que quiere decir es que huye de trucos, de técnicas, de recursos, de todo ese trabajo que hace un guionista a lo largo de los años para aprender a construir una obra dramática en actos.

Todo en Lucky está reducido al mínimo. A lo importante. Como cuando uno reduce y reduce y reduce una salsa en la sartén —un licor en el alambique— hasta obtener una gota de elixir puro.

En Lucky no pasa nada y pasa todo. No hay argumento, no hay una trama, no hay apenas rastro de esos elementos que componen un guion tradicional, detonante, puntos de giro, malabarismos… Todo queda reducido a las idas y venidas de un personaje, un tipo de 90 años llamado Lucky, ‘Afortunado’ o ‘Suertudo’ si lo prefieren, que está mucho más cerca de su final que de su principio, que se despierta y se ejercita haciendo yoga todas las mañanas, que se da una caminata hasta el pueblo, que desayuna siempre en la misma cafetería y hace su crucigrama, que se toma un Bloody Mary todas las noches en el mismo bar junto a los parroquianos habituales —sus amigos—… Y es en esas idas y venidas, en esas breves interactuaciones, donde pasa TODO. Donde Lucky (nos) habla, (nos) cuenta, dice, piensa, reflexiona, expresa sus sentimientos, sus miedos y sus cabreos. Nada más.

Y NADA MENOS.

Pero es en lo —disculpen la palabra— meta-ficcional donde Lucky golpea con toda su fuerza. Porque estamos ante una película hecha, pensada para ese enorme actor que fue Harry Dean Stanton; un complemento, el punto final a Harry Dean Stanton: Partly Fiction (2012), el documental sobre su vida dirigido por Sophie Huber. Y tenía que ser en el desierto, por supuesto, como último homenaje a su único papel protagonista de verdad, el de Travis Henderson en París, Texas (Wim Wenders, 1984). Por eso circulan por ella algunos de los mejores amigos de Stanton a lo largo de su vida personal y profesional, como David Lynch o Tom Skerrit.

Porque —permítanme el juego, aunque en realidad no lo sea— Harry Dean Stanton es Lucky tanto como Lucky es Harry Dean Stanton.

Así que no puedo hacer otra cosa que decirles que vayan al cine, se sienten en la sala, miren y escuchen.

P.D. Como punto final, hoy no les traigo el tráiler de la película, sino la escena en la que el propio Stanton —músico, cantante y un virtuoso de la armónica— canta ‘Volver, Volver’ de Fernando Z. Maldonado. Uno de los momentos de mayor sentimiento, belleza y verdad de la historia del cine.

Un hombre que ya sabe que va a morir despidiéndose del amor, de la vida.

Hasta luego, maestro. Hasta siempre, Harry Dean Stanton.

 

 

 

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