Pájaros en la boca, Samanta Schweblin

Necesito siempre los cuentos, esta disciplina narrativa, pero sobre todo cuando me pongo a escribir. Justo antes de empezar. En esos minutos previos a la tarea, me conviene un texto corto que sea al mismo tiempo autónomo, suficiente. Y no sólo eso. Para poder arrancar con lo mío, me ayuda un despliegue de frases y palabras cuyo eco permanezca durante un rato en mi habitación.

Lo mejor que puede decirse de un libro de relatos es que su autor, su autora, conoce el género. Que ha entendido en qué consiste. Sí, porque luego, en los confines del volumen que los reúna, pueden suceder muchas cosas. Puede ocurrir que algunas historias queden amputadas. Interrumpidas de modo inoportuno. En un instante donde todavía hay recorrido posible. Puede pasar que otras se alarguen demasiado. Que en ellas el autor se complique la vida sin motivo. Todo eso se da habitualmente y, sin embargo, la misión se cumple desde el momento en que aquél demuestra estar moviéndose en un espacio familiar.

Es el caso de Pájaros en la boca. Lo empieza a ser en los títulos. No sólo en el que da nombre al conjunto, sino en Papá Noel duerme en casa, Agujeros negros, Cabezas contra el asfalto o Un gran esfuerzo. Ya ahí, el lector acostumbrado a este tipo de prosa tiene la sospecha de que el libro va por buen camino. En la intimidad de su cuarto, más allá de las páginas, ve incluso a la escritora guiñándole el ojo, enviándole una señal. La oye diciéndole en un susurro, en un idioma que sólo entienden ellos dos: “Acompáñame adonde tú ya sabes”.

¿Que cómo es ese lugar? Oh, es un sitio diferente. Y para serlo no necesita efectos especiales. No le hacen falta monstruos, ni bestias ni criaturas espantosas. No es un universo de gritos, ni de sangre ni de maneras sutiles de asesinar a nadie. Se trata de un mundo que en gran medida nos resulta conocido. Lo habita gente como tú y como yo, como nosotros. En él hay hombres, mujeres, animales y plantas. Hay casas, coches, calles y oficinas. Hay ciudades y campo, empresas y familias, personas de toda clase esforzándose por vivir.

Así que lo distinto es otra cosa. Lo que Schweblin aporta es un giro extraño en el transcurso de una acción cotidiana. Es una pregunta de más en una conversación de cada día. Es una respuesta inesperada en ese mismo diálogo. Es un comportamiento peculiar en los límites de la costumbre. Lo vemos en la chica que se alimenta de pájaros vivos, en el operario que cava un pozo sin explicación, en el amante disfrazado de Santa Claus o en el dueño de un bar que no puede coger las bebidas del fondo de un frigorífico. Sí, en todos esos contextos realistas hay un momento en que las situaciones se tuercen o se desvían, se complican o se enrarecen, y entonces nace la historia.

Al principio puede notar incredulidad. Me refiero a quien lee por primera vez este tipo de relatos. Puede sentir incluso un conato de rechazo. Ah, pero es un intervalo irrelevante. Y es que enseguida va a cambiar de parecer. No, no se relaja, pues Samanta va a encargarse de que la tensión se mantenga hasta el final. Permanece alerta y, sin embargo, ya empieza a aceptar. De pronto, entra en el juego de la autora argentina y asume naturalmente, sin escándalo, esa distorsión deliberada que ella propone. La acoge, la entiende y a partir de ese instante será capaz de observar de otra forma a los individuos, las escenas, los paisajes y los objetos.

He ahí la segunda parte. Lo que nos devuelve al inicio. A la realidad de la que salimos. Ocurre que, a través de todos esos incidentes minúsculos, de esos conflictos pequeños narrados en el libro, hemos aprendido cosas nuevas de nosotros mismos. Del ser humano. De nuestra existencia singular en la tierra.

Quizá por eso recurro a ellos. A los cuentos. A menudo, pero sobre todo antes de escribir. Los abro y, cuando son buenos como los de Pájaros en la boca, siempre encuentro dentro esas expresiones que funcionan en mí como una contraseña, que me llenan de perplejidad.

 

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