El sistema periódico, Primo Levi

Estoy en la Piazza San Carlo de Turín. Es una mañana luminosa de enero. He viajado hasta aquí para conversar con el escritor italiano. Ahora, después de haber paseado un rato por la ciudad, nos hemos sentado en el interior de un local. Agarrado con las dos manos a mi taza de café, le pido al señor Levi que me hable de este volumen de relatos.

Le debía un homenaje literario a la Química. Fue mi manera de rendirle un tributo. También un modo de relacionar mis dos vocaciones. Yo llevaba tiempo dando vueltas a la idea de escribir sobre mi vida. Quería hacerlo de una forma distinta. No sólo con un tono narrativo muy próximo a la ficción, sino en capítulos independientes que permitiesen una lectura parcial y desordenada. Entonces me acordé de la tabla de Mendeleiev y supe que ya tenía la estructura idónea para esta autobiografía.

Me gusta la combinación de ambas cosas. De lo científico con lo testimonial. Creo que el carácter frío y riguroso, objetivo y empírico de la materia supone un contrapunto a sus vivencias personales, a los episodios tristes, y gracias a eso, al enfriamiento del recuerdo, usted consigue emocionar al lector.

No fue algo premeditado. No, porque el tema de mi profesión era desde el principio una parte esencial de esta obra. Era uno de sus contenidos. Sin embargo, es verdad que más tarde fui consciente de ese efecto. A mitad de la escritura, al leer de nuevo los textos que ya había terminado, me di cuenta de que funcionaban. Noté su sabor. Una especie de melancolía. Sí, había en ellos algo que los hacía singulares. Creaban algo misterioso, un elemento nuevo. Arrojaban un resultado similar al de todos esos experimentos que yo mismo había hecho como químico durante muchos años y que describo también en el libro.

Otro aspecto importante en ese sentido, un componente más del artefacto conmovedor que usted consigue, son las referencias entrañables a algunos compañeros y amigos. A personas como Rita, Alberto o Enrico.

Sin los cuales no existirían estos cuentos, pero tampoco el individuo que fui. Si antes he mencionado el término tributo para referirme a mi deuda con la Ciencia, otro tanto cabría decir en relación con ellos. Yo les debía una forma de ser y de comportarme. Unos valores que habían sido útiles en mi vida. Tuve la suerte de cruzarme con hombres y mujeres cuya alma era mucho más noble que la mía. En momentos que eran adversos para todos, me enseñaron a no desanimarme. A no rendirme. A no despreciar lo obtenido con las manos, con el esfuerzo. A devolver la grandeza a las objetos, a los paisajes, al universo que nos rodea.

En sus relatos hay una simbiosis permanente, un paralelismo entre la práctica química y su propio aprendizaje como ser humano. El narrador observa todo eso con perplejidad.

Claro. Y es que en ambos casos tenía lugar una transformación. Por una parte, la de los elementos al ser mezclados o combinados. Por otra, la mía como persona. Yo extraía lecciones de cada ejercicio. De cada compuesto. De cada aleación. Y lo curioso era que a mí no me bastaban esos descubrimientos, esos hallazgos de laboratorio. Necesitaba otra clase de revelaciones. Otro tipo de acción. Por eso admiraba a quienes vivían en contacto con la Naturaleza. A quienes preferían actividades al aire libre. A muchachos como Sandro Delmastro, que aprendían a ser hombres escalando montañas, vadeando ríos o durmiendo bajo las estrellas.

Sí, yo envidiaba ese otro modo de estar en el mundo. Esas certezas adquiridas por el cuerpo más que por el intelecto. Quizá por eso, luego, al escribir, pude dotar a mis palabras de un tono de estupor capaz de conmover.

Empieza a atardecer en Turín. Ahora llega hasta la plaza una bruma que nace en las colinas, en las estribaciones de los Alpes. Hay un momento en que, recordando la muerte voluntaria del señor Levi, estoy a punto de preguntarle por ella. Sin embargo, al final me callo y planteo el asunto desde una perspectiva positiva. Quiero saber si, al morir, se convirtió en algo diferente, si todavía existe de alguna manera.

Soy un átomo de carbono entre las hojas. Viajaré con el viento toda la eternidad.

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