Mil grullas, Yasunari Kawabata

He viajado hasta Kamakura, al sur de Tokio, para encontrarme con el escritor japonés. En esta ciudad situada junto al mar y rodeada de montañas se ambienta la novela de la que vamos a hablar a continuación. Es una mañana soleada de junio, un día agradable. Sopla un viento ligero desde el océano Pacífico.

Toda la historia surgió de ese defecto. De la visión que tuve de la mancha negra en la piel de una mujer. No recuerdo cuándo ni dónde fue. En todo caso, era tan grande y contrastaba tanto con la blancura de su cuerpo que me quedé con aquella imagen para siempre. A partir de ahí, yo creé el personaje de Chikako y supe que sería la protagonista de uno de mis libros.

Es cierto que la señorita Kurimoto y su marca de nacimiento son como una sombra que gravita sobre el resto de figuras, que parece controlarlas en todo momento.

Y a mí me sirvió también mientras escribía. Antes que un leitmotiv, se trataba de una pequeña obsesión. La misma que determina el comportamiento del joven Kikuji a lo largo de la novela. Con esa idea pertinaz en la cabeza, yo podía construir lo que faltaba. Podía inventarme a los demás personajes, a Fumiko, a Yukiko y a la señora Ota, sabiendo que existirían en función de Chikako. De manera que ésta me facilitaba desde el principio el esquema, el desarrollo y el desenlace de la narración. Sostenía en definitiva toda la estructura del libro.

Hay otros elementos alrededor de los cuales gira la historia, como la ceremonia del té, los tazones Raku o la jarra Shino, cuyo significado, cuya trascendencia, no quedan claros para el lector occidental.

Es posible. Quizá pensé sólo en Japón, en los japoneses. He ahí un aspecto literario digno de ser debatido. Me refiero al matiz o matices que convierten lo local en universal en literatura. Porque todo lo relacionado con el té en mi novela, tanto el rito como los objetos vinculados a él, podría hallar una correspondencia en otras tradiciones. En otros países. En otras culturas. En principio, bastaría con que el lector reemplazara lo ajeno por lo propio, lo extraño por lo familiar, para entender el trasfondo de mi relato. Y, sin embargo, admito que no es tan sencillo. Sospecho que debe de haber algo más. El autor debe añadir o quitar cosas, transformar las que son demasiado específicas con el fin de que no lastren su narración volviéndola impenetrable.

Pero la cuestión es cuáles son. O, dicho de otra manera, dónde debe intervenir el escritor eliminando o modificando.

Claro. Y es que hay otras referencias, como los lugares, las comidas o ciertos usos, que son aceptadas naturalmente por el lector. Incluso algunos tratamientos personales. Del mismo modo que a menudo, cuando leemos, nos trasladamos con la imaginación a épocas lejanas y a geografías inventadas, somos capaces de hacerlo con las formas de relación entre la gente. No nos sorprende que en otro sitio, en otra latitud, una mujer hable de usted a un hombre, que no llegue a mirarle a los ojos durante la conversación, o que haya un respeto diferente por los ancianos. En lo que atañe a mi libro, yo sabía que todo eso no despertaría ningún estupor. Pero es verdad que esa regla no es aplicable con carácter general.

En el caso de Mil grullas, por ejemplo, tampoco se entiende bien el asunto de los compromisos y las culpas heredadas. Las razones por las cuales alguien desea la muerte o se suicida. Quizá ése sea el motivo de que se pierda la carga dramática en algunos pasajes.

Sí, el tema de las ofensas y los agravios entre padres e hijos o en el ámbito de la pareja es difícil de transmitir. Seguramente, hay que haber nacido o vivido mucho tiempo en un lugar para tener una sensibilidad que los comprenda, que los considere verosímiles como desgracias o como la causa de decisiones drásticas.

Es mediodía en Kamakura. El viento ha empezado a soplar con fuerza y parece anunciar la llegada de un tifón. Antes de despedirme del señor Kawabata, quiero preguntarle si Kikuji se casó al final con Chikako.

No, pero siguió dominado sentimentalmente por ella. Incapaz de amar a otra mujer.

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