Malone muere, Samuel Beckett

He viajado a Dublín para encontrarme con el escritor irlandés. Es una tarde nublada de octubre. Después de pasear un rato por el centro, nos hemos metido en uno de los pubs de Temple Bar. Ahora, desde la mesa que ocupamos junto a la ventana, se ve la calle adoquinada y uno de los ramales del río Liffey.

Ha pasado mucho tiempo. A veces confundo entre sí las tres novelas de la trilogía. Supongo que es una buena señal. Eso significa que conforman un todo indisoluble. Si hago un esfuerzo por distinguirlas, recuerdo que en esta entrega me interesaba el modo en que nace una historia. El momento en que alguien encerrado en una habitación y con los movimientos limitados imagina a un segundo personaje y empieza a tirar de él para averiguar adónde es capaz de llevarle.

Sí, se nota su intención de experimentar. De cuestionar los fundamentos de la escritura.

Más bien el acto a través del cual se crea la ficción. Quería comprobar en qué medida la verborrea, la sucesión de frases podía generar un argumento. Hasta qué punto las ganas de jugar con el lenguaje, la combinación arbitraria de palabras, acababan alumbrando una estructura narrativa más o menos coherente.

Claro que también me proponía romper esa coherencia. Para mí se trataba de construir el esquema de un relato, dotarlo de sus elementos convencionales, y a continuación distorsionarlo con giros y desenlaces absurdos. Interrumpiendo las oraciones. Usando expresiones vulgares. Cambiando el nombre de los personajes a mitad del texto. Dejando las escenas a medias.

En todo caso, usted parece sentirse más cómodo en la parte escrita en presente y primera persona. Me refiero al escenario del hombre tumbado en la cama.

Porque me permitía dar prioridad a las reflexiones. A las ideas. A las observaciones brillantes del protagonista. Al instalarle en un cuarto, sin obligaciones ni motivos para salir de él, con las necesidades básicas cubiertas, yo podía partir de una situación esencial. Podía interesarme por su pasado. Sugerir un tiempo anterior. En ese sentido, mi personaje se pregunta quién es, qué hace allí, quién le ha encerrado en ese lugar. Hace un inventario de lo que ve y de lo que posee e intenta sacar una serie de conclusiones sobre su identidad.

Por otro lado, como ya he mencionado antes, se dedica a escribir una historia. Y en el desarrollo de la misma, ese narrador va probando distintos caminos. Ensaya con los nombres, con los sitios, con los objetos, con los conflictos. Cuando considera agotadas las posibilidades de una figura, como en el caso de Moll, la aparta e introduce a otra que la reemplace. Cuando cree que no tiene suficiente con las que hay, añade una nueva y deja que interactúe con las demás.

Entiendo que de esa forma, usted, como autor, procuraba acercar ambos planos narrativos, hacer confluir los dos escenarios de su novela.

Pero no estoy seguro de haberlo conseguido. Demasiada dispersión. Demasiado caos. Tengo la impresión de que se me fue la mano en las últimas páginas del libro. Ahora mismo, tantos años después, soy incapaz de recordar lo que le ocurre al personaje principal. Si termina libre o cautivo. Si acaba en un bosque o en una isla. ¿Y el resto? ¿La señora Pélade, el inglés, el joven, el barbudo? Ni idea. Seguramente se matan entre sí, de manera que al final sólo quedan MacMann y Lemuel.

La verdad es que no me importa en absoluto. Tampoco entonces. No, porque a esas alturas yo ya había logrado el discurso disparatado que buscaba. Esa ruptura de sentido que he mencionado más arriba. De algún modo, había quebrado la comodidad del lector, su rutina habitual en el seguimiento de una historia. Le había obligado a agarrarse al libro con temor como a una barandilla al borde del acantilado.

Ya es de noche en Dublín. El grupo folk ha empezado a tocar en el pub, así que ha llegado el momento de callarse y escucharles. Antes de que la música nos impida entendernos, yo le pregunto al señor Beckett qué habría escrito en el mundo de hoy.

No lo sé. Seguramente un relato infantil. Con diálogos y destinos propios de niños.

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