Relato de un náufrago, Gabriel García Márquez

Estoy en el puerto de Cartagena de Indias, en la costa del Caribe colombiano. He venido a entrevistar al escritor de Aracataca. Es una mañana luminosa de marzo. Las gaviotas chillan en el aire, revolotean por encima de los muelles. Nos hemos sentado en un banco de madera, cerca de las embarcaciones amarradas. Vamos a hablar de este relato.

Enseguida vi el potencial literario del suceso. De algún modo, yo había estado esperando algo así desde hacía tiempo. Como periodista y como narrador. Ya había redactado muchas crónicas y había escrito algunos cuentos, pero fue entonces, con la noticia del náufrago, cuando comprendí que, combinando ambos géneros en un solo texto, podía lograrse una intensidad especial.

Lo curioso es que el relato se publicó por entregas en un momento en que todos conocían su desenlace a través de los medios de comunicación. Es decir, la historia seguía despertando intriga en los lectores incluso cuando ya se la sabían de memoria.

He ahí una de las virtudes de la literatura. De las narraciones en sentido amplio. Su capacidad para tenernos pendientes, en ascuas, aunque las hayamos leído muchas veces. Y es que, en cada ocasión en que abrimos el libro o empezamos a escuchar, se reactiva el mecanismo fabulador. Se pone de nuevo en marcha ese proceso por el cual alguien cuenta y otro imagina a partir de lo contado. Porque no escuchamos ni leemos para saber lo que ocurre, sino para volver a oír cómo sucede. Disfrutamos una y otra vez con los detalles, con las descripciones, con la música que consiguen las palabras puestas en un orden concreto para formar una historia.

Por eso no me importó que la noticia fuese tan popular. Al contrario, me convenía esa circunstancia. Garantizaba la atención de la gente. Sabía que una cosa era la experiencia de Luis Alejandro Velasco, su derrota de diez días a la deriva en el Caribe, y otra distinta lo que yo escribiría sobre ella. Sabía que cuantos más datos se tuviesen del naufragio y de su protagonista gracias a la radio o a la televisión, más avidez mostrarían los lectores al afrontar mi relato. Sabía que, a partir de cierto momento, no buscarían la verdad de lo ocurrido, sino lo que yo quisiera contarles en el contexto de la narración. Estaba seguro de que la verdad sería aquello de lo que yo fuese capaz de persuadirles. Estaba convencido de que mi verdad, en definitiva, acabaría imponiéndose a la real.

Lo paradójico, sin embargo, es que usted no inventó nada, pues se basó en el testimonio directo de Velasco y, además, lo transcribió en primera persona.

Claro. Y la segunda ironía del asunto es que mi entrevista con él suponía una primera oportunidad de distorsionar el suceso. Quiero decir, por parte del personaje. Tal como puede leerse en el texto final, quien más necesitaba el relato era él. Hubo un instante en que a él le urgía más contarlo que recuperarse del todo. Le interesaba más narrarlo que haberlo vivido.

¿Está sugiriendo que quizá el propio Velasco empezó a cambiar o a exagerar ciertos episodios?

Pero no de forma maliciosa. Ni siquiera deliberada. Es probable que, en cuanto tuvo un micrófono delante, alguien escuchándole, surgiera de su interior el narrador que todos llevamos dentro. El hombrecillo que sueña. Ese performer que aprende a diferenciar lo importante de lo trivial, lo anecdótico de lo mítico, lo obtuso de lo bello, y que actúa en consecuencia.

No recuerdo si fui consciente de eso en mis conversaciones con él. Seguramente lo pensé y a continuación supe que no importaba. Que era algo inevitable. Que a él le pasaba lo mismo que a mí. Que yo iba a hacer lo mismo después. Que entonces nosotros dos, y más tarde todos los lectores, deseábamos una historia a la altura de nuestras expectativas, capaz de emocionarnos.

Ya es mediodía en Cartagena. Ahora el sol está muy alto y los pájaros se han retirado a la sombra para evitar el calor. Durante los últimos minutos de nuestro diálogo, Gabo ha estado dibujando en una servilleta. Entonces, justo cuando me levanto para decirle adiós, me enseña el papel sonriendo. Una balsa con un remo roto y una gaviota posada en la borda.

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