Los santos inocentes, Miguel Delibes

Me he reunido con el señor Delibes en uno de los salones del hotel Juan de Austria, en Valladolid. Teníamos previsto pasear por la ciudad, recorrerla de un extremo al otro durante esta tarde de febrero, pero ha empezado a llover y hemos decidido mantener aquí nuestra conversación.

Es uno de los libros que menos tiempo me costaron. Me salió solo. Un día escuché en mi cabeza la voz del Azarías, su forma de llamar al grajo, su milana bonita, y desde ese momento supe que habría una historia. Me limité a seguirle por la Jara y a observar sus pequeñas industrias. El resto era fácil. Me bastaba situar a ese hombre en una época y en un lugar concretos, en un entorno obtuso de relaciones casi feudales. Rodearle de otros personajes y dejar que fuese surgiendo la trama.

La novela adquiere desde el principio un ritmo muy intenso. Usted experimentó con un estilo narrativo que no había empleado antes, ¿no es así?

Sobre todo en los diálogos. Quería integrarlos en la acción en la medida de lo posible. Crear un discurso completo. Conseguir escenas en las que el suceso, la palabra y el pensamiento conformasen una unidad. En definitiva, se trataba de librarme de la rigidez de otras veces. Aunque mi lenguaje siempre había sido sencillo, yo era demasiado obediente en relación con la estructura. Demasiado ortodoxo. Entonces, quizá por influencia de los autores del Boom latinoamericano, hubo un momento en que comprendí que podía lograrse un texto mucho más dinámico rompiendo con algunos convencionalismos formales.

La crítica social, los temas de fondo, afloran sin que haya que abordarlos explícitamente.

Y así deben ser las cosas en literatura. Nada de panfletos. Nada de comunicados ni mensajes. Las novelas tienen que funcionar de otra manera. Todo debe permanecer en los confines del argumento, de la historia que se cuenta. En las peripecias de los personajes. En su forma de expresarse. En el destino que les reserva el autor. Lo trascendente debe surgir de ahí, a partir de ahí. Debe quedar a disposición del lector de un modo subliminal. Y lo que no se entienda por medio de ese código literario no tendrá importancia.

Si lo pensamos bien, así sucede en la música. En las canciones. Nos fijamos en su letra sólo cuando la melodía nos gusta, cuando nos emociona. De lo contrario, no nos interesan los textos. En la prosa, en el universo de la ficción, las cuestiones teóricas, los grandes asuntos, deben llegarnos de una manera indirecta. Como un objeto que el escritor adjunta al relato sin declararlo. Sin anunciarlo. Sin avisar. A menudo, se trata incluso de algo de lo que él ni siquiera es consciente. Una mercancía pesada que traspasa al lector sin darse cuenta. Un paquete cuyo volumen va creciendo en segundo plano, en la oscuridad, mientras la novela cobra forma y gracias precisamente a la belleza de esa forma.

Quizá la mayor virtud de su libro resida en el hecho de que sus criaturas, las figuras que usted imagina, están vivas. Hasta el punto de que participamos de sus alegrías, de sus penas, de sus odios, de su necesidad de venganza. Las sentimos muy próximas a nosotros.

Y en ese contexto donde el autor ha conseguido encender un fuego, su mayor placer es poder redimir a unos y condenar a otros según su voluntad. Sí, una vez rodeado de mis personajes como un niño con sus muñecos, yo pude disponer los desenlaces como quise. Sin renunciar a la coherencia ni al rigor narrativos, me permití el lujo de castigar al señorito Iván por todos sus abusos. Vengar a la milana, al Azarías, a Paco el Bajo, a Pedro, al Quirce, a Nieves, a Régula, y, ya de paso, a todas las personas oprimidas y humilladas en todas partes a lo largo del tiempo.

Es de noche en Valladolid. Ha dejado de llover, pero el aire es todavía más frío que antes. No quiero despedirme del señor Delibes sin hacerle una última pregunta. Me gustaría saber qué fue de la señorita Miriam, el único personaje que permanece al margen de la atmósfera de miseria y brutalidad.

Después del crimen, se marchó de allí y no regresó al Cortijo nunca más. Dicen que se hizo maestra y que combatió la ignorancia como a una bestia salvaje.

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