El frío, Thomas Bernhard

He viajado hasta Salzburg para encontrarme con el escritor austriaco. Él no nació aquí, pero pasó en esta ciudad parte de su infancia y primera juventud. Nos hemos sentado en un banco dentro del claustro de la Abadía de San Pedro. Vamos a conversar sobre uno de sus libros autobiográficos.

Tenía que narrar mi salida al mundo. Ese momento en que, desoyendo los consejos médicos y los síntomas de mi propio cuerpo, decidí abandonar el sanatorio de tuberculosos de Grafenhof y empezar a vivir. En el fondo, todo el libro va encaminado hacia ahí, hacia ese desenlace. Está supeditado a ese final.

Supongo que usted advirtió enseguida el potencial literario de sus estancias en todos esos hospitales, ¿no es así?

Había un hilo de continuidad con el argumento del volumen anterior, el de mis años de internado en Alemania. Un mismo ambiente de sordidez, hostilidad y sufrimiento. Yo no elegí ninguno de esos destinos y, sin embargo, es cierto que más tarde, en mi tarea de escritor, fueron un filón temático. No sólo eso. De algún modo, descubrí que mi prosa, mi estilo, encajaba con esos asuntos. Con esos periodos tan aciagos de mi vida. A partir del recuerdo de esos lugares y de mi paso por ellos, levanté un rodillo narrativo. Una manera de contar basada en frases largas, en párrafos interminables escritos con un tono pesimista, derrotista. Un discurso que entraba en todos los detalles desagradables, en todos los rincones pestilentes, para lograr esa clase de sinceridad que agradecen los lectores.

Es verdad que el lector simpatiza desde el principio con el narrador. Disfruta la crudeza, la falta de contemplaciones con que describe cada situación. Y es que esa larga enumeración de problemas, adversidades y disgustos va convirtiéndose en una especie de canto, y de éste surge una sensación melancólica muy parecida a la que años después logró W.G. Sebald en sus libros.

He ahí mi propósito. Mecer al lector con una balada triste. Componer una melodía capaz de arrastrarle a todos aquellos corredores y espacios inhóspitos donde transcurrió parte de mi juventud. Aprovechar ese estribillo para contarle la historia de otras personas igual de desgraciadas. Atrapadas como yo en el sistema insensible de un país que salió de la guerra lleno de culpa. Un país al que ni siquiera le dieron la posibilidad de expiarla. Quería sugerir al lector la idea de cómo una nación que no sufre lo que le corresponde, que no padece a tiempo su porcentaje de dolor, acaba transformándose en un manicomio colectivo.

Sin embargo, lo curioso es que de esa falta de esperanza brota una pequeña luz. Me refiero a todas sus obras. Desde el momento en que usted conmueve al lector, consigue también estimularle.

Es posible. Hubo gente que me lo dijo cuando aún vivía. Me comentaban que ese paisaje en ruinas, el escenario habitual de mis relatos, no estaba muerto del todo. Que yo había dejado adrede puntos encendidos. Semillas de algo que vendría. Otras veces me susurraban al oído. Aseguraban haberme comprendido. Entendían mi necesidad de arrasarlo todo para volver a empezar. De señalar las cosas. De poner nombre a lo que ocurría. De retratarlo sin escrúpulos como un regreso honesto al origen.

Me gustan mucho las últimas páginas. En ellas se produce esa revelación que hemos mencionado al principio de este diálogo. Una epifanía compuesta de varios elementos. Por un lado, usted se topa con la esquela de la muerte de su madre. Por otro, descubre su vocación de escritor gracias a la lectura de Los demonios, de Dostoievski. Y todo eso en el contexto de una enfermedad pulmonar nunca curada.

Y, precisamente porque no sané del todo, siempre tuve claro que mi vida sería una prórroga, un mero aplazamiento. Supe que mi huida de los médicos y de los sanatorios, la que empezó entonces, a los diecinueve años, era como la escapada inocente de un niño. Su ausencia de clase a lo largo de unas pocas horas de colegio.

Es mediodía en Salzburg. No hace frío, pero ha llegado un frente de nubes desde los Alpes y el cielo se ha quedado de color gris. Ahora, mientras me despido del señor Bernhard, le pregunto si la muerte fue un descanso para él.

Bueno. Por lo menos dejé de toser.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *