En mis ojos, Johnny Hallyday

Es una mañana soleada de junio. Estoy en un café de la rue Clauzel, en el distrito 9 de París. El cantante francés vivió sus primeros meses en un piso de esta calle. Johnny ha querido sentarse junto a la ventana para poder observar a la gente a través del cristal. Yo dejo que se distraiga durante un rato. Entonces, en una de las pausas de su contemplación, le pido que me hable de esta autobiografía.

Debía ser un libro corto. El resultado de un breve encuentro con alguien. La idea fue de Amanda Sthers. Ella me propuso que partiéramos de un diálogo entre los dos, de manera que más tarde, una vez eliminadas sus preguntas, lo que quedase fuera una serie de monólogos míos. Un conjunto de recuerdos recogidos sin orden, sin demasiado rigor, fruto de una cita casual.

Me parece un acierto ese aire ligero que se aprecia a lo largo del texto. Además, hay en usted un deseo de no darse importancia, de desmitificar los hechos, de preservar de algún modo la ingenuidad del principio.

Y de ser agradecido con quienes me ayudaron. Porque las cosas se ven de otra forma con el tiempo. Porque el efecto más positivo del éxito es que le vuelve a uno más generoso. Hace aflorar la parte bondadosa que todos albergamos. Cuando uno ha logrado lo que buscaba, quiere que los demás también lo consigan. Es más tolerante con ellos. Comprende que haya sueños muy diferentes a los propios y contribuye a su realización en la medida de lo posible.

En todo caso, no me interesaba una autobiografía convencional. No la habría escrito nunca. Aunque hubiese vivido muchos años más. No, creo que la vida se basta a sí misma. No considero necesario volver a pasar por ella a través de un libro.

Sin embargo, usted aprovecha la ocasión para reconocer errores, para observar el pasado desde la perspectiva de un hombre maduro.

Quizá esta clase de obras ofrezca una oportunidad en ese sentido. Es verdad que mi diálogo con Amanda Sthers me llevó a momentos concretos. Me obligó a recordar decisiones de las que más tarde me arrepentí. También me permitió reflexionar sobre todo eso. En definitiva, espero que el libro haya servido para explicarme a mí mismo ciertas acciones y a la vez para pedir perdón a las personas que se vieron perjudicadas por ellas.

Más que la música, se diría que usted necesitaba protagonizar el espectáculo. Subirse a un escenario. Dirigirse a una multitud. Ser aplaudido por ella.

Porque ésa era mi forma de rebelarme. De compensar todo lo que durante mi infancia me había faltado en cuestión de afectos, de vínculos familiares, de sensación de hogar. Y también era una manera de huir. De la pobreza, de la brutalidad, de los ambientes marginales. En suma, de un destino que habría sido el mío en otras circunstancias.

Sí, es cierto lo que sugiere. La música no era suficiente. No habría bastado para que yo me convirtiese en lo que quería. Aparte de una guitarra, unas melodías y unas canciones, me urgía una actitud, una estrategia de interpelación, un medio pacífico pero al mismo tiempo insolente de provocar respuestas en un público. Entonces, en aquella época, esa mezcla de imagen y mensaje sólo era posible obtenerla en el universo del rock, siendo una estrella dentro de él.

Hacia el final del libro hay un fragmento en cursiva, un capítulo corto donde su última mujer cuenta cómo usted cae en coma y está a punto de morir. No sé si lo escribió ella, pero, sea como fuere, es un episodio interesante en el contexto de su autobiografía, pues el narrador cede la palabra a otra persona.

Le pedí a Laeticia que hiciese un relato personal de esos días. Quiero decir, desde su punto de vista. Y luego, al incluir ese pasaje en el libro, pensé que podría escribirse una biografía de ese modo. Como una serie de testimonios de distintas voces acerca de un mismo individuo.

Ya son las tres y los rayos de sol empiezan a calentar demasiado el interior del bar. El señor Smet, Johnny Hallyday, se mueve inquieto en su silla. Yo no quiero cansarle, así que me levanto antes que él, le estrecho la mano y le doy las gracias por esta conversación.

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