Poemas de amor, Anne Sexton

Me he desplazado hasta Wellesley, a las afueras de Boston, para conversar con la poeta norteamericana. Es una mañana de octubre, un día del verano indio en Massachusetts. La señora Sexton mira con curiosidad hacia la calle a través del ventanal del café donde nos hemos sentado. De vez en cuando, parece recordar que no está sola, pues vuelve a fijarse en mí como al principio. Entonces yo aprovecho uno de esos momentos para preguntarle por su poemario.

Quise poner por escrito todos mis encuentros. Ya había publicado varios libros de poesía, pero ahora necesitaba ser más explícita. Recurrir a mis experiencias. Necesitaba evocar mis coqueteos y mis citas, mi vida sexual al margen del matrimonio. Quizá por eso, más tarde, cuando llegaron los críticos con sus cuadernos y sus argumentos, se lanzaron a por mí con más ganas que nunca.

Desde las primeras páginas, se aprecia en su voz una atención especial hacia el propio cuerpo. Hacia las partes del mismo en reposo, pero también en movimiento.

Cuánto disfruté con esa observación. Porque antes de convertirse en verso y en estrofa, en palabras con rima, la mirada fue sólo mirada. Una contemplación de persona miope. Un regreso a lo cercano, a lo orgánico, a lo que palpita junto a cada uno de nosotros. Yo dirigí la vista hacia mis manos y hacia mis piernas, hacia mi pecho y mis caderas. Y aunque había cierta incomodidad en el ángulo que requerían mis ojos para ver todo eso con detenimiento, luego pude recoger lo valioso. El resultado de aquella pequeña tarea. Extraje conclusiones sobre mí como objeto y supe que entonces ya estaba preparada para la abstracción.

De algún modo, usted se examinaba para poder amar. ¿No es así? Para saberse digna de lo que venía a continuación.

Pero con una dignidad más física que moral. Con una solvencia del cuerpo para comportarse como cuerpo. Una vez demostrada la capacidad de mis miembros para notar la caricia, el beso, el arañazo y el temblor, ya podía irrumpir el sentimiento. Claro. Porque en ese caso, si alguien me reprochaba un exceso de ideas, una huida prematura hacia lo afectivo, yo podía enseñarle mis credenciales. Contarle mi pasado. Mi esfuerzo reciente. Yo podía levantar la cabeza con gallardía y decirle que mucho antes de ser una mujer amando, había sido una mujer reaccionando al roce, al encontronazo brutal con las cosas.

Sus poemas están llenos de refugios: de casitas, de cuevas, de habitaciones diferentes.

Lugares donde se concreta el amor. Espacios siempre provisionales. Más allá del mundo de los otros. Dentro de ellos, los amantes son conscientes de que en cualquier momento pueden llamar a la puerta. Saben que, por muy intensos que sean esos ratos que comparten, están destinados a un final aciago. Tarde o temprano, se conocerá su paradero, el de los dos cuerpos desnudos que se han unido para jadear. Llegará el marido, o el propietario, o el encargado o el policía, y esa fiesta inofensiva será castigada con dureza como una infracción de la ley.

¿Y qué ocurre después?

Oh, nada bueno. Pero ya no importa. No, porque lo esencial ya habrá sucedido. Lo que queda es una copa vacía, o un dibujo o una nota escrita que no leerá nadie. Serán pruebas de un acontecimiento difícil de explicar. Ellos, los protagonistas, apenas acertarán a describirlo, se perderán en balbuceos al intentarlo. Y los demás, todos los que no estaban allí para vivirlo, se inventarán una historia sin interés ni emoción, un episodio vulgar narrado con tono mezquino.

Es mediodía en los alrededores de Boston. Ahora, en los comienzos del otoño, imagino lo que pasó hace muchos años por la misma época, en un octubre tan cálido como éste. Imagino a la señora Sexton metida en un coche, en el garaje de su casa. La imagino cerrando las puertas, poniendo el motor en marcha, dejando que el humo la envuelva, desvaneciéndose del todo. Sí, mucho tiempo después, abstraído en esas imágenes, hago un gesto para evitarlo, para abrir una vía de aire, pero mi mano se detiene a medio camino. Torpe como un hombre interrumpido en el amor.

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