Diarios de la revolución de 1917, Marina Tsvietáieva

Estoy en un café de la calle Arbat, en Moscú, con la escritora rusa. Es una tarde soleada de mayo. Nos hemos citado aquí porque Marina tenía curiosidad por saber cómo es su ciudad ahora, en qué se ha convertido con el paso del tiempo. Es verdad que yo podría haber elegido alguno de sus poemarios para esta conversación, pero he preferido optar por un libro testimonial.

Entonces, en aquellos días tan agitados, los acontecimientos sucedían deprisa y apenas había ocasión de comprenderlos sobre la marcha. Por otro lado, la importancia de lo que ocurría, su trascendencia histórica, hacía que mereciese la pena llevar un cuaderno. Registrar el impacto de los hechos sobre los individuos. Sobre las personas de a pie. Yo quería poner por escrito todo aquel caos antes de que la propaganda del régimen soviético lo transformase en leyenda.

Se aprecia en su libro el desorden de la realidad, de la vida de la gente. Se nota que usted hizo un esfuerzo por dar sentido a ese universo nuevo de privaciones y de dolor.

Pero antes de aportar coherencia, de encontrar una manera amable de ver las cosas, debía recoger el carácter absurdo que habían adoptado muchas de ellas. El ansia por cambiar el país había llevado a la mayoría a aceptar una distorsión pavorosa de su funcionamiento. De la dinámica de instituciones y organismos. Había confusión por todas partes y eso empezaba a envilecer a las personas, a estropear las relaciones entre los hombres.

Más adelante, sus anotaciones parecen más calmadas. Usted contempla la existencia desde otra perspectiva, con un mayor distanciamiento.

No me quedaba más remedio. De lo contrario, me habría vuelto loca. Claro que también había otro motivo. La urgencia por seguir siendo poeta incluso en ese contexto de adversidades. La necesidad de recuperar la palabra, el lenguaje como hilo conductor de mi vida. Las ganas de abstraerme y de abstraer a través de reflexiones líricas, de las posibilidades magníficas de la literatura.

Aunque en aquellos días de 1919 y 1920 continuaban las convulsiones en Rusia y yo seguía en Moscú, en mi diario intenté apartarme de la actualidad. De las angustias de lo cotidiano. Quise que las entradas de esas fechas se elevaran por encima de mis preocupaciones. Que su contenido emigrase a otro sitio, a una especie de santuario intelectual donde fuese posible tratar temas como el amor o la gratitud.

Y luego usted intercala extractos de un libro que empezó a escribir entonces, Indicios terrestres.

Donde voy todavía más allá en mi deseo de escapar. Son páginas en las que me intereso sobre todo por el arte. Por la poesía, la pintura y el teatro. Expreso mi admiración por Shakespeare, por Goethe, por Heine. Los cito y los comento. Entre líneas se me nota la envidia sana que siento hacia ellos, hacia sus obras, hacia su tiempo. Y mi huida en todos esos fragmentos es tanto más eficaz, tanto más placentera para mí, cuanto más alejada se halla la época cuyas creaciones analizo.

Pero es verdad que esa parte me condujo de vuelta a las reflexiones del diario. Mis comentarios sobre la obra de los autores desembocaban en ideas que habían extraído ellos. En lo que habían pensado. Y sus pensamientos me llevaban de pronto a frases que se me ocurrían a mí. Y si detrás de éstas había algo de lucidez era porque yo atravesaba un momento de necesidad. Sí, una de esas edades dolorosas del ser humano en las que éste es lo suficientemente sensible como para apreciar comportamientos, reconocer debilidades y ver cosas invisibles para los demás.

Ahora anochece en Moscú. La señora Tsvietáieva se ha callado unos segundos y está mirando hacia la calle. Yo aprovecho ese silencio para hacer un repaso mental de su biografía. Sé que pasó años en el exilio, que vivió en Praga y en París. Poco antes de despedirme de ella, le pregunto por qué regresó en 1939 a la Unión Soviética sabiendo lo que le esperaba. Sabiendo que se enfrentaría sin remedio a la persecución y a la pobreza. Y aunque yo repito la pregunta varias veces por si no me ha entendido bien, Marina continúa mirando al infinito.

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