El viaje, Sergio Pitol

Sigo en México, pero ya no en Veracruz, sino en el Distrito federal. Me he desplazado hasta aquí para hablar con el autor de este libro. Después de encontrarnos en un café de la calle Bucareli, en el centro de la ciudad, el señor Pitol y yo nos sentamos en una mesa del fondo y damos inicio a la conversación.

Tenía ganas de escribir sobre aquellos días en Rusia y en Georgia. Ya había estado antes en la Unión Soviética, pero ahora la situación política empezaba a cambiar y yo quería ser testigo del momento. Claro que necesitaba un objetivo profesional para el viaje. Una excusa literaria. No quería hacer la visita en calidad de diplomático igual que otras veces, sino como escritor. Así que la invitación que me llegó desde Moscú para dar una conferencia sobre la narrativa mexicana fue el pretexto idóneo.

Sin embargo, usted había previsto volar sólo a Tbilisi.

He ahí una de las cosas extrañas que ocurrían en aquella época y en aquel lugar. Una vez dentro del aparato soviético, del mecanismo burocrático que manejaba también la cultura, el visitante acababa siendo un muñeco en manos de otros. Los responsables de ese área eran quienes decidían adónde podía ir el huésped extranjero. En qué actos debía participar. Sobre qué temas habían de tratar sus intervenciones públicas.

Por algún motivo, a mis anfitriones les convenía que yo pasara primero por la capital. Quizá ésa era su manera de sondear mi postura hacia lo que estaba sucediendo. O mi conocimiento de los autores locales. O mi opinión sobre ellos. A lo mejor Moscú era el examen preliminar que yo debía superar para poder presentarme en el Cáucaso.

Y después todo eso se convirtió en contenido del libro.

No tuve más remedio que incluirlo. Algunos de los malentendidos, de las escenas, de los diálogos con los funcionarios del régimen, eran tan rocambolescos que merecían un espacio propio en la obra que yo pensaba escribir. Porque, además, daban al lector una información adicional sobre lo que yo quería contarle. Una idea del país. De esa nación inmensa construida a base de sufrimiento. Una imagen que reflejaba su historia de brutalidad y belleza.

Ésa iba a ser una parte del conjunto. Una especie de crónica de viaje en la que yo estaba dispuesto a registrar todo lo que fuese sucediéndome. De la manera más fiel posible. Sin dar a mi visita ningún aire oficial ni glamuroso. Un diario centrado en esas semanas de primavera que recogiese la mezcla de ánimo y desesperación que acompaña a cualquier viaje.

Y luego, intercalados en ese relato cronológico, están sus comentarios sobre la literatura rusa. Creo que ahí es donde su libro despierta mayor interés.

Puede que tenga razón. Yo también me encontré más cómodo en esos pasajes. Entonces me hallaba inmerso en la lectura de Marina Tsvietáieva, de Nina Berbérova, de Boris Pilniak o de Osip Mandelstam, y quería compartir mi entusiasmo con los lectores. Persuadirles de la profundidad de esas obras, de la necesidad a partir de la cual habían sido escritas. Quería hablar de sus poemas y de sus narraciones, pero al mismo tiempo de sus vidas. Éstas habían sido tan azarosas, tan desgraciadas en ocasiones, que merecían ser conocidas por los demás.

Y qué placer extraño recrearlos allí. En su tierra. No sólo leerles en su idioma materno, sino pisar todos los días algunos de los lugares por los que ellos habían pasado. Respirar todavía un resto de aquella atmósfera feroz. Notar los últimos coletazos del poder que los había aniquilado unas décadas antes.

Empieza a oscurecer en la calle Bucareli. El señor Pitol se ha callado y ahora mira por los ventanales hacia afuera. Parece buscar algo que le recuerde a ese otro tiempo, a un planeta de hombres y cosas que ya no existe. Antes de que se distraiga del todo, yo le pregunto qué clase de libro le habría gustado escribir sobre la Rusia de hoy.

Una novela fantástica. Una historia donde los destinos personales se viesen distorsionados por una fuerza sobrenatural. Desde los confines de Siberia llegaría una nueva religión, una fe que crearía perplejidad en el alma de los gobernantes y que les desarmaría como a niños inofensivos.

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