Una cena en casa de los Timmins, William M. Thackeray

Me he desplazado hasta Londres para entrevistar al escritor inglés en uno de los salones del hotel Blakes. Es una mañana soleada de enero. He elegido este lugar porque ya existía en la época victoriana, en el tiempo en que vivió el señor Thackeray. Ahora, después de haber desayunado con él, le pido que me hable de este relato largo.

Fue una pequeña diversión. Una distracción entre novelas. Yo había asistido a tantos eventos de esa clase que necesitaba escribir sobre ellos. Otras veces los había mencionado en el contexto de una historia, como un detalle secundario del argumento, pero en esta ocasión quise darles la categoría de tema principal.

Otros autores se habrían centrado en el desarrollo de la velada, pero a usted le interesaban sobre todo los preparativos, ¿no es así?

Porque ahí estaba lo jugoso del asunto. Me propuse recorrer todo el camino que va desde la gestación de la idea del banquete hasta el momento en que se celebra. La selección de los afortunados. Sus reacciones al recibir la invitación. Las dudas de los anfitriones. La elección del menú. La previsión de gastos. La intervención de terceros. Los distintos medios por los que llegan los asistentes al lugar del encuentro. En resumen, todos los elementos que van complicando las cosas en esas situaciones, que las desvirtúan hasta el punto de convertir algo festivo en una pesadilla.

Sí, la cena era lo de menos. Ya se habían descrito a menudo esas escenas en la literatura. Las conversaciones en la mesa. Los comentarios ingeniosos y las miradas entre los comensales. Los mensajes secretos y esos roces de manos o de pies que despiertan tantas expectativas en quienes los reciben.

Visto con la perspectiva de los años, creo que podría haber trazado una gran elipsis. Podría haber dado un salto temporal hasta los últimos párrafos del relato, donde se narra lo ocurrido durante la fiesta, o haberlo terminado justo antes de la misma.

Bueno, creo que esa especie de conclusión final es oportuna. No en vano, uno de los aciertos de la historia es mostrar cómo un acontecimiento feliz, lúdico, puede tener peores consecuencias que una desgracia.

Y eso es así porque los conflictos más intensos surgen del exceso de ocio. Casi todos los personajes del libro son miembros de la clase aristocrática, individuos sin ocupación, acostumbrados desde generaciones a vivir de rentas. A falta de empleos profesionales, dedican la mayor parte de su tiempo a las intrigas de sociedad. En ese contexto tan relajado, el único contenido posible, el único fuego encendido, son los chismorreos sobre la vida de los demás. Sobre sus casas, sus hijos, sus muebles, sus vestidos, sus peinados y su actitud ante todo lo que sucede. Y de ahí, del encontronazo entre las opiniones de unos y otros, de la revelación de rumores que pretenden ser confidenciales, brota naturalmente el enfrentamiento.

No obstante, yo quería abordar todo eso con humor. No podía hacerlo de otra forma. Tenía que reírme del señor Timmins cuando aprovecha el momento para coquetear con las vendedoras de pastelillos, de la señora Gashleigh cuando desordena adrede las cosas de su yerno, de la propia Rosa en sus diálogos con los proveedores. Había tantas ocasiones graciosas en esos prolegómenos del evento, tanto espacio para la ironía, que me vi obligado a seleccionar.

Su narrador, sea usted o no, tiene una manera intermitente, algo imprecisa, de intervenir en el relato. Es uno de los asistentes a la cena y al mismo tiempo dispone de la información necesaria para contar todo lo que ocurre.

Fui consciente de eso una vez escrito el texto, pero no me importó dejarlo así. Supongo que me permití la licencia de escribir en primera persona, desde un presente vivo, y dar a entender al lector que de algún modo supe lo que pasó a través del testimonio de otros.

Es mediodía en Londres. El sol de invierno no llega a iluminar este salón, pero nos anima a salir a la calle. Unos minutos antes de hacerlo, me dirijo una última vez al señor Thackeray y le pregunto si él también organizaba fiestas en su casa.

En absoluto. Yo traía a mis invitados aquí, al hotel Blakes, y luego cargaba la cuenta al National Standard, el periódico que compré.

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