“El mudo” y otros textos, Carson McCullers

Estoy sentado en una plaza de Savannah, Georgia, a la sombra de una encina del sur. Es una tarde calurosa de agosto y tengo a mi lado a la escritora norteamericana. He leído otros libros suyos, novelas como La balada del café triste o El corazón es un cazador solitario, pero ahora quiero escuchar su opinión sobre esta recopilación de textos diversos.

No fueron pensados para conformar un volumen, pero no me importa que ése haya sido su destino. Tampoco creo que pueda hablarse de ellos en general, englobándolos siempre en todo lo que diga al respecto. Tienen distinta naturaleza y seguramente distinta calidad. En cualquier caso, sigo viéndome detrás de las ideas que expongo en la mayoría.

Me gusta la claridad con que usted lo hace, la convicción con que escribe sobre cuestiones literarias. Se nota que domina su oficio y que dispone de una visión propia.

Quizá porque yo también valoraba esas virtudes en otros, en autores que me habían precedido en el tiempo, y desde el principio quise alcanzar su nivel. Es verdad que la novela, la creación final, debe defenderse por sí misma. Debe llevar al lector a otro lugar mental sin remitirle a páginas que no estén dentro de ella. En definitiva, el resultado será bueno o malo al margen de las reflexiones que haya habido antes o después y, sin embargo, en éstas hay un indicio de lo que puede lograrse.

Por lo demás, no creo en el mito del genio inconsciente, del creador asombrado por sus criaturas, incapaz de explicar de dónde surgen. Es posible que haya existido algún caso, que se den ejemplos cada varios siglos, pero no es un fenómeno común. Me refiero a que, cuando alguien consigue una obra brillante, está en situación de juzgarla, de analizarla, de relacionarla con lo que empieza más allá de ella. Eso no significa que ese juicio abarque todos los aspectos. Habrá cuestiones que se le escapen, que sólo adviertan los críticos, pero en general el autor competente sigue siendo la persona más preparada para hablar de lo que ha hecho.

Otra prueba más de esa competencia es que quien expresa esas opiniones literarias las convierte, como hace usted, en un producto distinto, en un texto que es estéticamente autónomo gracias al estilo.

Sobre todo cuando comenta obras de otros. Porque a menudo esas reseñas son una excusa para escribir. En concreto, los capítulos que yo dedico a Isak Dinesen o a los novelistas rusos nacen de un interés por sus libros, pero también de la sospecha de un puerto de belleza al que puedo llegar. Una voz dentro de mí me advierte de que merece la pena ahondar en esos asuntos. Intenta persuadirme de que encierran cierto potencial. Me sugiere que persevere en la lectura de esos autores porque intuye que yo acabaré escribiendo algo valioso a partir de ella.

Y en el caso de la baronesa, hay incluso embriones de historia en el encuentro que tuvieron ustedes.

Si yo hubiese vivido más tiempo, habría dirigido mi mirada literaria hacia allí. Hacia determinados momentos de mi vida. Hacia episodios autobiográficos. Habría aparcado las novelas durante unos años y habría intentado crear literatura sobre una base nueva, con materiales diferentes. Uno de ellos habría sido esa clase de escenas. Los minutos o las horas en que coincidí con grandes personajes como Karen Blixen. Claro que no los habría reproducido tal como fueron. Me habría mantenido en los confines de la ficción. Habría arrancado de una serie de recuerdos para terminar en otra parte. En un diálogo inventado entre seres que existieron o en el rato de silencio que se abre tras él. Habría descrito ese primer instante después de la conversación.

Está anocheciendo en Savannah. Hasta nosotros llega el sonido de las bocinas de los barcos y un último resplandor desde el oeste. Antes de levantarme y despedirme de la señora McCullers, quiero preguntarle qué tiene el Sur, los estados sureños, para haber dado tantos escritores.

Una mezcla de ternura y brutalidad. Una combinación de alegría e impulsos violentos en el carácter de la gente. La capacidad que tienen los individuos de albergar sin escándalo sentimientos opuestos en un mismo corazón.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a “El mudo” y otros textos, Carson McCullers

Responder a l Gandhi Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *