Con destino a la gloria, Woody Guthrie

He venido a visitar al señor Guthrie al hospital psiquiátrico de Greystone, en New Jersey, el lugar donde estuvo ingresado durante un tiempo y donde le conoció Bob Dylan en 1961. Es una tarde nublada de principios de marzo. Quiero aprovechar uno de sus breves intervalos de lucidez para que me hable de su autobiografía.

Me resulta curioso haberla publicado con apenas treinta años. A una edad que hoy se considera parte de la juventud. A una edad en que muchos empiezan a vivir. Quizá entonces ya sospechara lo que me ocurriría más tarde. La enfermedad. Aquella especie de demencia precoz que padecí una década después. Algo en mi interior debió de persuadirme de que lo hiciera. Que diese a conocer todas esas experiencias antes de olvidarlas.

El libro puede leerse también como un conjunto de historias. Como una recopilación de escenas con las que usted ilustra de algún modo los distintos episodios de su vida.

No habría sido capaz de escribirlo de otra forma. Para mí, volver atrás, recordar lo sucedido, suponía recrearlo con la mayor intensidad posible. Con todas las voces posibles. Con todos los protagonistas de cada ocasión. Así que me limité a reavivar el fuego y a resucitar a los muertos, a devolverles el movimiento como a las figuras de una película. Sabía que mis lectores, en caso de que los tuviese, serían lo suficientemente listos como para entender que cada uno de esos capítulos es representativo de otros similares, ejemplar incluso aunque en él haya un componente de ficción.

Creo que acerté en eso. Sí, porque a todos nos gusta sumergirnos en un relato. En una narración donde el foco descienda a la tierra, se acerque a los hombres y les haga hablar, reír o llorar. Que todo ocurra en un lugar concreto y en un instante concreto. En el fondo, queremos una acción que transcurra en un tren, en un bar, al borde de una carretera o en una explanada de hierba entre los árboles. Queremos ver a personas deseando cosas, o añorando cosas, o peleando por ellas. Y no importa que se trate de la vida real de alguien. Basta con no saberlo al principio, o no todo el rato. Basta con que nos lo recuerden al final, en ese momento en que ya estamos sumidos inevitablemente en la emoción.

En unas memorias como las suyas es importante que el lector simpatice con el protagonista. En ese sentido, usted consigue hacerlo entrañable y, sobre todo, muy humano.

Es difícil escribir una autobiografía y, sin embargo, cuando se echa la vista atrás, hacia la infancia y la juventud, uno puede llegar a verse con cierta objetividad. Puede observar al niño o al muchacho que fue y describirlo de una manera muy veraz. Sin tapujos ni exageraciones. Sin subterfugios ni pequeños engaños. Sin ocultar ni embellecer lo que sucedió. Yo tuve esa impresión en los confines de mi relato.

Y si por un lado recuperé cosas que ya sabía de mí, por otro conocí facetas mías que ignoraba o de las que no había sido nunca muy consciente. He ahí lo valioso de esta clase de libros. En realidad, uno no los escribe para compartir recuerdos con otras personas, sino para acabar de comprenderse a sí mismo.

Aunque los capítulos están ambientados en épocas y lugares diferentes, en ellos hay un denominador común. Me refiero a que casi todos son momentos sublimes, escenas donde usted subraya la importancia de andar por la vida con dignidad.

Porque a menudo, en medio de las tribulaciones, es lo único que nos queda. Porque deberíamos esforzarnos por conservarla a pesar de las circunstancias. Porque, en el fondo, es lo único imprescindible para seguir viviendo. Y como he dicho antes, para mostrar todo eso, yo necesitaba poner a mis criaturas en marcha. En una pelea de taberna, en el techo helado de un mercancías, en una noche lluviosa a la intemperie o besando a una chica en un campo de maíz.

Ha empezado a nevar en Greystone. Ahora vemos los copos a través del cristal. El señor Guthrie se calla y gira la cabeza hacia las ventanas. Yo sé que se ha terminado la conversación, así que abro mi bolsa y saco el regalo que le he traído. Dejo el ukelele en la silla de Woody y me marcho de allí para siempre.

 

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *