Daisy Miller, Henry James

He vuelto al lago Leman. Es una mañana luminosa de junio. Podría haberme encontrado con el señor James en Nueva York, donde nació, o en Londres, donde vivió, pero he preferido hacerlo en Vevey, la población suiza donde transcurre el principio de la historia de la que vamos a hablar ahora.

Quería ambientar mi siguiente libro lejos de los escenarios habituales. Irme de vacaciones empleando la escritura. En lugar de viajar de verdad, me hizo ilusión hacerlo por medio de una novela. Coger trenes, hospedarme en hoteles, tomar el té en jardines y pasear por ciudades sin los inconvenientes que trae consigo la realidad.

Y, de paso, enamorarse a través de uno de sus personajes…

Admito que también eso formaba parte de mi plan. También eso me resultaba más cómodo delegarlo en las páginas de un libro. Y es que, qué pereza me habría dado cortejar a alguien como la señorita Miller. Qué desgaste sentimental habría supuesto para mí. Era mucho mejor dejar todo eso en manos de Frederik Winterbourne. Hacer que él la conociese, coquetease con ella, tratara de apartarla de otros hombres y, en último término, de conquistarla antes de que fuera demasiado tarde.

He ahí una de las ventajas de la literatura. Una de las muchas posibilidades que nos ofrece a autores y a lectores. Gracias a la ficción, podemos irnos lejos, adentrarnos en vidas distintas a la nuestra, ser individuos diferentes. No lo logramos siempre, pero es magnífico cuando ocurre. Y lo curioso es que, a cierta edad, cuando ya hemos experimentado muchas cosas en carne y hueso, esa segunda existencia acaba resultando más emocionante que la real.

La protagonista está perfilada con acierto. Es una criatura viva y verosímil. Sus diálogos son brillantes y, a través de ellos, el lector llega a conocerla bien.

Eso era lo principal para mí. Porque el resto lo constituye el impacto del personaje sobre los demás. Sobre quienes pululan a su alrededor. Sobre su madre, su hermano, su guía, sus vecinos y sus amantes. El modo en que la ve cada uno. La forma en que la tratan. El conjunto de prejuicios y convicciones que proyectan sobre la joven norteamericana. Su necesidad angustiosa de catalogarla para poder destruirla después.

Sí, hay una especie de pacto implícito entre todos ellos para eliminar a alguien que les molesta por su libertad, su sinceridad y su gracia. Para quitar de en medio a alguien que pone en evidencia sus ataduras de almas cobardes.

Y yo quise exponerlo con el esquema clásico de la fiesta y el sacrificio. Quise que a lo largo de varios meses y varios países, Daisy se divirtiera y disfrutara de la vida. De las pequeñas distracciones de la juventud. De la admiración que su belleza despierta en otros. Del choque de sentimientos que les provoca.

Mientras ella se entrega a todos esos placeres, continúa la persecución a la que la someten sus allegados. La de quienes pretenden enamorarla, o seducirla, o acompañarla, o corregirla o aleccionarla. Porque el suyo es un verdadero acoso. Y si al principio la señorita Miller se ríe y sale airosa de esa caza gentil organizada bajo el pretexto de las buenas intenciones, más tarde empieza a cansarse del juego. Ya no le ve la gracia al asunto. En ese momento lo único que constata es agresividad. La mediocridad de la gente levantada en armas.

Es entonces cuando le toca pagar por ello, ¿no es así?

Claro. No van a permitirle escapar. No puede terminar indemne. Una vez comprobada por todos la imposibilidad de amaestrarla, de convertirla en alguien como el resto, ya no cabe ningún final feliz para Daisy.

Es mediodía en Vevey. Ahora el sol crea destellos de luz intensa en la superficie del lago. Ha llegado la hora de retirarse. Antes de despedirme del señor James, quiero hacerle una última pregunta. Quiero saber quién era esa hechicera de Ginebra a la que visita Frederik Winterbourne y de quien apenas se cuenta algo en el libro.

Ah, esa mujer. A mí también me habría gustado conocerla. Quizá debería haber vuelto a Suiza para intentarlo. Sí, debería haber regresado allí sin moverme de mi casa de Londres y haber escrito una historia policíaca con ella.

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La vida perra de Juanita Narboni, Ángel Vázquez

Estoy paseando con el escritor español por la Rue as Siaghin de Tánger. Es un mediodía fresco de diciembre. Mientras andamos por la calle principal de la medina, el señor Vázquez mira a un lado y a otro con la esperanza de encontrarse con algún conocido. Cada vez que lo hace y vuelve después la vista hacia mí, hay en él una pequeña decepción. La de quien comprueba lo rápido que pasa el tiempo. Yo aprovecho uno de esos momentos para preguntarle por esta novela.

Es una canción dedicada a mi ciudad natal. Es la balada que siempre quise escribir sobre ella. Sobre la gente que habitaba aquí en la primera mitad del siglo XX. Sobre esa mezcla de idiomas, culturas, razas y religiones que había entonces. Habría podido contar muchos relatos distintos o una gran historia de estructura convencional, pero preferí intentar esta especie de lamento musical en primera persona.

Es obvio que usted da importancia a la forma. Elige deliberadamente el soliloquio como manera de narrar la vida de la protagonista.

No empecé hasta que no tuve clara esa posibilidad. Llevaba muchos años con el argumento, el lugar y la época en la cabeza y, sin embargo, no pude ponerme manos a la obra hasta que no experimenté esa revelación. Hasta que no escuché esa voz. Porque es eso lo que oí. La voz de Juanita contándome lo que quería. Un discurso lleno de interjecciones, de muletillas, de quejas, de expresiones peculiares. Su modo único de hablar.

Una vez con él, lo demás ya era sencillo. El resto consistía en transcribir con rigor lo que la señorita Narboni iba diciéndome. Desde su perspectiva, desde sus circunstancias, con todos sus prejuicios en acción. Y cuanto más subjetivo fuese todo, cuanto más desvirtuado por su memoria y más alejado de la realidad de las cosas, más cerca estaría yo como autor de la verdad literaria, de la literatura.

El personaje está muy bien creado. El lector lo nota vivo. Nota cómo late su pulso, cómo sufre y envejece.

De eso se trataba. De dar a luz a alguien de carne y hueso. A una mujer que va transformándose a medida que vive. Que evoluciona desde la arrogancia de la joven de buena familia, segura de sí misma y de su futuro, hasta el desamparo final de quien sospecha una muerte en soledad. Alguien que va siendo consciente de sus limitaciones y de sus errores. De todas las ocasiones que dejó escapar. Alguien en cuyo corazón la aceptación del prójimo y la capacidad de perdonar reemplazan poco a poco a los sentimientos miserables del principio.

En cuanto a las otras figuras, se perfilan en el libro a partir de los comentarios y las observaciones del personaje principal. Aunque las vemos a través de sus ojos, juzgadas por ellos, intuimos en todo caso la zona oculta, la parte de su carácter que empieza en ese punto donde termina la visión sesgada de Juanita.

También se aprecia en usted la intención de retratar una época en un sitio especial como era el Tánger de los años treinta, cuarenta y cincuenta, ¿no es así?

Pero me interesaba que todo eso quedara en un segundo plano. Como un paisaje de fondo. Difuso y distorsionado como un cuadro en los inicios de la abstracción. Quería que los acontecimientos históricos se adivinaran vagamente detrás del discurso de la protagonista. Que hechos de la relevancia de las dos guerras mundiales, el Protectorado español y francés o la independencia de Marruecos asomaran más allá de sus palabras, se sugiriesen con la suficiente claridad como para que yo no necesitara contarlos de una manera explícita.

Ahora atardece en la medina. Sopla un viento frío que llega aquí desde la cordillera del Atlas. El señor Vázquez continúa buscando caras familiares entre la multitud. Antes de decirle adiós y recordando su muerte prematura, yo le pregunto qué clase de libro habría escrito si hubiese vivido unos años más.

Habría vuelto al personaje de Hamruch, la empleada doméstica de Juanita. Habría escrito sus memorias o unos diarios apócrifos en los que ella narrase la vida cotidiana en casa de la señorita Narboni. Los empeños de cada día en ese mismo lugar, pero desde el otro lado de las cosas.

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Viaje a Armenia, Ósip Mandelstam

Camino con el poeta ruso por los alrededores del lago Seván, al este de Armenia. Es una mañana fría de otoño. Desde aquí se ve la cima del Guneu y otras montañas del Cáucaso. El señor Mandelstam viajó por esta región durante unos meses de 1930 y luego escribió el libro del que va a hablarme ahora.

Llevaba tiempo sin escribir. Necesitaba reinventarme de algún modo. Había estado leyendo mucho sobre este país, sobre su paisaje y su gente, sobre sus tradiciones y sus leyendas, y pensé que era el mejor lugar para recuperar la inspiración.

Su recorrido por las tierras del sur recuerda a los que hicieron Lord Byron por Grecia y Goethe por Italia a principios del siglo XIX. Supongo que en el suyo había un espíritu parecido, ¿no es así?

Había sobre todo un presentimiento. La intuición de que me esperaba algo valioso en estas latitudes. Algo que no sólo me enriquecería como persona, sino como autor. Yo ya había tenido contacto con caucasianos en Moscú y siempre salía de esos encuentros con un ánimo diferente. Ellos irradiaban una luz especial. Había en sus ojos una mezcla de alegría y añoranza hacia su tierra. Aunque no hablaran de ella conmigo, despertaban en mí el deseo de visitarla.

Más tarde resultó que era verdad. Una vez aquí, me topé de nuevo con la misma sensación. Y la prueba definitiva de que la cosa funcionaba fue la cantidad de poemas y fragmentos de historia que empezaron a surgir en mi cabeza ya en los primeros días.

Hay cierta idealización en sus observaciones. Se diría que usted sólo estaba dispuesto a quedarse con lo majestuoso.

Suele ocurrir en todos los viajes. Al visitante no le afecta lo mismo que al lugareño. No es sensible al mismo dolor. Las dificultades de la vida, la dureza del entorno, le llegan como ecos apagados. No entorpecen su excursión ni reducen su entusiasmo. Donde el habitante ve desolación o problemas, el turista descubre exotismo y autenticidad.

En todo caso, es cierto que en esta clase de expediciones hallamos lo que buscamos. Por el motivo que mencionaba más arriba. Porque alguien dentro de nosotros ha tomado una decisión sin consultarnos. Porque el hombrecillo que lleva cada escritor consigo señala el camino hacia un destino concreto. Hacia la siguiente estación. Hacia un espacio donde advierte la existencia de una veta literaria que no quiere desperdiciar y que explotará pase lo que pase.

Lo curioso es que, a partir de esa experiencia, usted no sólo escribió sobre el lugar, sino sobre muchos otros asuntos que no tenían nada que ver con Armenia.

Sí, una vez desatascado el canal expresivo, empezó a circular por él todo tipo de material. De pronto, como sucede a menudo en el quehacer literario, unas ideas establecían relación con otras. Creaban conexiones extrañas que yo no podía evitar. La contemplación de un monte derivaba en una reflexión sobre Bach. El sonido de la lengua autóctona me recordaba a un pasaje de Víctor Hugo. La llegada a la ciudad de Sujum me trajo las notas de una marcha fúnebre de Chopin.

Y ése era el momento que yo había aguardado. Era el indicio de mi curación. Entonces ya estaba preparado para regresar a Rusia. Regresaría con la satisfacción de haber vuelto a escribir. Con la tranquilidad de haber encontrado un santuario. Armenia sería en adelante una fuente segura. Más que un punto geográfico, sería un código con el que nombrar para siempre una medicina capaz de sanar los males del poeta.

Ya es mediodía en Seván. El señor Mandelstam y yo nos hemos detenido unos minutos a orillas del lago. Antes de despedirme de él, hago memoria de su vida, de lo que le sucedió más tarde, de su final aciago, y le pregunto si fue aquí donde se le ocurrió aquel poema despectivo sobre Stalin.

Es posible. No en vano, él procedía de una aldea de Georgia, no muy lejos de donde estamos ahora. Puede que, de pronto, me diese rabia pensar que alguien tan monstruoso había nacido en un lugar tan bello. Quizá sospechase que ya no tendría más ocasiones de contar al mundo cómo era ese hombre en realidad.

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