Yo acuso, Émile Zola

He viajado a Médan, en las afueras de París, para visitar al señor Zola en su casa. Es una tarde lluviosa de octubre. Como el propio autor vaticinó en vida, hoy se le recuerda y valora por este libro mucho más que por sus novelas naturalistas. La obra conserva toda su vigencia más de un siglo después de haber sido publicada. Por eso la he elegido como tema de nuestra conversación.

Me alegro de que sea así. De que un alegato contra la injusticia siga siendo actual. Porque casos como el de Dreyfus se darán una y otra vez. En cualquier época. En cualquier país. Cambiarán el entorno y las circunstancias, los matices del asunto y la condición de las personas, pero siempre habrá seres humanos dispuestos a condenar a otros sin pruebas. A partir de prejuicios, de resentimientos o de una ideología enferma que exige víctimas para reivindicarse a sí misma.

Al margen de los efectos directos que pudieran tener los artículos y cartas que conforman el libro, usted los escribió con una necesidad especial, ¿no es así?

Yo ya había colaborado en los periódicos y, sin embargo, en esta ocasión mi respuesta ante los hechos fue diferente. Aunque mi reacción pública se produjo años después de la condena del militar de origen judío, hubo un momento en que ya no pude pensar en otra cosa. Dedicarme a otro proyecto. A partir de cierto día, mi urgencia por intervenir, por enfrentarme a lo inicuo de la situación, por aportar razón y ecuanimidad entre tanto disparate, trastocó mi rutina y alteró mis hábitos de un modo que no había conocido antes.

Por otro lado, descubrí de nuevo la importancia de la palabra impresa. La función del escritor. Me reafirmé en la idea de que, si bien éste no dispone de capacidad para cambiar el mundo, sí tiene la posibilidad de denunciar los excesos del poder. De protestar contra quienes se aprovechan de sus competencias para lesionar injustamente a otros. Comprendí que el poeta debe blandir su pluma en nombre de todos aquellos que, por falta de oportunidad, voz o talento, no van a ser escuchados por nadie.

Supongo que hubo por su parte una especie de relajación en la forma, en el lenguaje. Imagino que su necesidad de comunicar hacía intrascendente cualquier posible preocupación por el estilo literario.

Ése fue un aspecto del que fui consciente más tarde. Cuando regresé de mi exilio en Londres. Durante los años en que escribí los artículos, las cartas y los folletos, no había tiempo para esa clase de reflexiones estéticas. Lo único que contaba era el mensaje. La claridad del mismo. No había margen para lo superfluo. Buscar expresiones bellas habría sido una frivolidad.

Sin embargo, eso no hacía más fácil la tarea. No, porque en la mayoría de estos escritos yo estaba acusando a personas concretas por hechos concretos, debía ser más riguroso que nunca. Aunque no podía detenerme a comprobar la sonoridad de las frases como hacía Flaubert, debía asegurarme de escoger el sustantivo y los adjetivos apropiados. La duda, la breve vacilación previa a cada párrafo que suele experimentar el novelista, no era ahora de carácter artístico, sino ético. Pero es verdad que también estaba en juego mi reputación como escritor. Y así como no me importaba que me reprochasen una determinada postura en relación con el caso, me habría dolido que alguien advirtiese falta de coherencia en mi discurso, o una exposición confusa de los argumentos utilizados por mí en defensa de Alfred Dreyfus.

Ha dejado de llover en Médan. A través de la ventana del salón, se ve un destello de luz en los árboles que no ha habido en toda la tarde. No quiero despedirme del señor Zola sin tratar un tema delicado. Dicen que se asfixió en esta casa debido a las exhalaciones de la chimenea. Ahora, muchos años después del suceso, le pregunto si ésa es la verdad, o si cree que pudo envenenarle alguien.

A menudo, el final de los hombres constituye un contrapunto irónico respecto de la vida que llevaron. A veces, cuanto más intensa ha sido ésta, cuanto más sentido parecía que tenía, más absurda y ridícula es su manera de morir.

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La muerte de Napoleón, Simon Leys

Estoy en un café de la Grand Place de Bruselas, sentado enfrente del señor Leys. Podríamos habernos citado en Australia, en su país de adopción, pero habría sido un viaje demasiado largo. Después de preguntarle cómo ha encontrado su ciudad natal al cabo de tanto tiempo, le he pedido que me hable de este libro.

Quería liberar a Napoleón. Sacarle con vida de Santa Elena. Hacer que no muriese en esa isla remota como ocurrió en la realidad, sino en su querida Francia. Quería regalarle una última huida, una última aventura antes del final. Ésa es una de las posibilidades que ofrece la literatura. La de reanimar a los muertos, a los grandes personajes de la Historia, y enfrentarlos a un destino diferente.

Usted crea una confusión positiva en torno a la identidad de Bonaparte. De algún modo, juega con ella a lo largo del libro.

He ahí uno de los temas esenciales de mi novela. La cuestión de quiénes somos. Frente a nosotros mismos y frente a los demás. Por quiénes nos toman. Cómo nos reconocen. Qué rasgos revelan nuestra personalidad. En qué momento dejamos de ser un individuo y nos convertimos en otro distinto. Hasta qué punto es necesaria la identificación del prójimo para poder ser alguien de verdad.

Este asunto, la reflexión sobre el mismo, está detrás de varias escenas del libro. En la elección de un doble para reemplazar al confinado de Santa Elena. En el apodo que usa el grumete para dirigirse a él en el barco que le lleva a Europa. En el episodio de ese sanatorio de París donde el protagonista contempla a unos cuantos internos deambulando por el jardín como espectros.

O también la muerte repentina del doble, que genera en el lector la duda de si se trataba del auténtico Bonaparte.

Claro. Porque, además, ese hecho inesperado complica la misión del fugado. La aboca a un fracaso seguro. A partir de entonces, a mi personaje ya no le servirá de nada salir a la luz, presentarse bajo su verdadera identidad. Es consciente de que la noticia oficial de su fallecimiento en Santa Elena le impedirá cualquier regreso, hará ridículo cualquier intento suyo por seguir vivo como Bonaparte.

El mayor acierto de la novela es cuando Napoleón se pone al frente de la empresa de importación de fruta y demuestra en esa labor su talento ejecutivo. Sin embargo, usted no persevera en esa línea argumental, la deja un poco de lado.

Entiendo a qué se refiere. En lugar de hacerse famoso como emperador, como estratega que vence en batallas e invade territorios, habría podido triunfar como empresario, tener éxito en el ámbito de los negocios civiles. Habría podido lograr otra forma de celebridad, menos sangrienta y más acorde con los tiempos.

Pero, en ese caso, yo habría escrito otro libro, una historia diferente. A mí me interesaba que el héroe lo fuese de otra manera. Que resultaran inútiles sus esfuerzos por reivindicarse a sí mismo, por ser aceptado en calidad del gran estadista que había sido. Yo quería para él un desenlace humilde, un final doméstico. En definitiva, que su mundo se redujese al espacio limitado de cualquier hombre que vive y que muere.

Por eso, la mujer que le acoge en esos últimos meses, apodada el Avestruz…

Sabe quién es, pero no se lo dice. De ese modo, puede retenerlo en su casa, mantenerlo a su lado. Comprende que, de lo contrario, Napoleón continuaría con su plan de reconquista y acabaría marchándose lejos. Así que ella se confabula contra él. Se da la ironía de que el portador del secreto se convierte en víctima del secreto de otros. Y lo que motiva ese engaño, el sentimiento que lo conduce, es el amor.

Atardece en Bruselas. Desde aquí se ve un último resplandor en los confines de la ciudad. El señor Leys parece cansado, es hora de poner fin a nuestro diálogo. Antes de que nos despidamos, le pregunto qué fue del doctor Quinton.

Vivió unos años con el Avestruz, hasta que enloqueció. Entonces ella le vistió con una guerrera gris, chaleco y calzones blancos, botas de jinete, espadín de madera y un sombrero a juego. Sí, le disfrazó de Napoleón y le ingresó en la residencia psiquiátrica que él mismo había dirigido.

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Diarios de la revolución de 1917, Marina Tsvietáieva

Estoy en un café de la calle Arbat, en Moscú, con la escritora rusa. Es una tarde soleada de mayo. Nos hemos citado aquí porque Marina tenía curiosidad por saber cómo es su ciudad ahora, en qué se ha convertido con el paso del tiempo. Es verdad que yo podría haber elegido alguno de sus poemarios para esta conversación, pero he preferido optar por un libro testimonial.

Entonces, en aquellos días tan agitados, los acontecimientos sucedían deprisa y apenas había ocasión de comprenderlos sobre la marcha. Por otro lado, la importancia de lo que ocurría, su trascendencia histórica, hacía que mereciese la pena llevar un cuaderno. Registrar el impacto de los hechos sobre los individuos. Sobre las personas de a pie. Yo quería poner por escrito todo aquel caos antes de que la propaganda del régimen soviético lo transformase en leyenda.

Se aprecia en su libro el desorden de la realidad, de la vida de la gente. Se nota que usted hizo un esfuerzo por dar sentido a ese universo nuevo de privaciones y de dolor.

Pero antes de aportar coherencia, de encontrar una manera amable de ver las cosas, debía recoger el carácter absurdo que habían adoptado muchas de ellas. El ansia por cambiar el país había llevado a la mayoría a aceptar una distorsión pavorosa de su funcionamiento. De la dinámica de instituciones y organismos. Había confusión por todas partes y eso empezaba a envilecer a las personas, a estropear las relaciones entre los hombres.

Más adelante, sus anotaciones parecen más calmadas. Usted contempla la existencia desde otra perspectiva, con un mayor distanciamiento.

No me quedaba más remedio. De lo contrario, me habría vuelto loca. Claro que también había otro motivo. La urgencia por seguir siendo poeta incluso en ese contexto de adversidades. La necesidad de recuperar la palabra, el lenguaje como hilo conductor de mi vida. Las ganas de abstraerme y de abstraer a través de reflexiones líricas, de las posibilidades magníficas de la literatura.

Aunque en aquellos días de 1919 y 1920 continuaban las convulsiones en Rusia y yo seguía en Moscú, en mi diario intenté apartarme de la actualidad. De las angustias de lo cotidiano. Quise que las entradas de esas fechas se elevaran por encima de mis preocupaciones. Que su contenido emigrase a otro sitio, a una especie de santuario intelectual donde fuese posible tratar temas como el amor o la gratitud.

Y luego usted intercala extractos de un libro que empezó a escribir entonces, Indicios terrestres.

Donde voy todavía más allá en mi deseo de escapar. Son páginas en las que me intereso sobre todo por el arte. Por la poesía, la pintura y el teatro. Expreso mi admiración por Shakespeare, por Goethe, por Heine. Los cito y los comento. Entre líneas se me nota la envidia sana que siento hacia ellos, hacia sus obras, hacia su tiempo. Y mi huida en todos esos fragmentos es tanto más eficaz, tanto más placentera para mí, cuanto más alejada se halla la época cuyas creaciones analizo.

Pero es verdad que esa parte me condujo de vuelta a las reflexiones del diario. Mis comentarios sobre la obra de los autores desembocaban en ideas que habían extraído ellos. En lo que habían pensado. Y sus pensamientos me llevaban de pronto a frases que se me ocurrían a mí. Y si detrás de éstas había algo de lucidez era porque yo atravesaba un momento de necesidad. Sí, una de esas edades dolorosas del ser humano en las que éste es lo suficientemente sensible como para apreciar comportamientos, reconocer debilidades y ver cosas invisibles para los demás.

Ahora anochece en Moscú. La señora Tsvietáieva se ha callado unos segundos y está mirando hacia la calle. Yo aprovecho ese silencio para hacer un repaso mental de su biografía. Sé que pasó años en el exilio, que vivió en Praga y en París. Poco antes de despedirme de ella, le pregunto por qué regresó en 1939 a la Unión Soviética sabiendo lo que le esperaba. Sabiendo que se enfrentaría sin remedio a la persecución y a la pobreza. Y aunque yo repito la pregunta varias veces por si no me ha entendido bien, Marina continúa mirando al infinito.

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