Nina Berberova, Nina Berberova

Hay maneras alternativas de conocer una época determinada. Alternativas a los manuales de Historia. Una de ellas consiste en recurrir a las memorias de alguien que haya vivido en ese tiempo. Alguien que, bien por su longevidad, por su necesidad de desplazarse a muchos sitios o por el privilegio de poder relacionarse con distintos tipos humanos, abarcó varias vidas en una sola.

Me gusta tomar esa especie de atajo. Prefiero ese camino diferente. Sí, porque leyendo el texto autobiográfico se consiguen unos cuantos objetivos a la vez. Uno viaja a los años que sean, a los lugares donde estuvo el personaje, y de ese modo aprende cómo era el mundo de entonces. Por otra parte, se siguen los pasos de un individuo concreto. Uno no se conforma con una panorámica general, con una crónica ponderada. Gracias al testimonio del narrador, uno se acerca al momento y comprueba de qué forma impactó en aquél. Cómo le afectó lo que vivía en el instante en que lo vivía.

Ah, y no importa que se trate de una visión subjetiva. ¿No lo es también la del historiador? ¿La del autor de un ensayo? Claro que sí. Lo de menos es si los hechos ocurrieron tal como se cuentan. Hace mucho que eso no le preocupa a nadie. A nadie le inquieta algo así en los confines de la literatura.

Este libro de Nina Berberova va en esa dirección. A través de él, el lector se hace una idea de cómo era Europa en la primera mitad del siglo XX. De lo que le ocurrió al continente en esas décadas. Qué supuso la revolución soviética para los rusos que se opusieron o escaparon de ella. Qué consecuencias tuvo para los intelectuales. Para la gente en general. Hasta qué punto las dos guerras mundiales zarandearon a los países y a sus poblaciones. Qué significado empezaron a adquirir entonces los términos exilio, persecución, marginación u olvido.

Y aunque todo eso está ahí, en las páginas de su obra, la escritora de San Petersburgo lo menciona o lo narra como parte del escenario donde le pasaban las cosas. Como el contexto temporal y espacial donde ella iba haciéndose persona. Antes que por el acontecimiento, su mirada traducida en palabras se interesa por su propia reacción en cada circunstancia. Por lo que la catástrofe o la pérdida, el drama o la adversidad desencadenaron en su corazón o en su alma. Por la clase de ser humano que nacía en cada ocasión, que brotaba en su interior a partir de cada suceso.

En definitiva, Nina Berberova indaga en Nina Berberova. Y quizá porque ese propósito puede resultarnos mezquino, ella se excusa diciendo: “nunca he sido capaz de observar a los demás con la atención y la profundidad con que me observo a mí misma”.

He ahí otra faceta del asunto. La oportunidad que se abre más allá de todo proyecto autobiográfico. La posibilidad que tiene el autor de utilizar el relato para enterarse de ciertas cosas de su vida. Para conocerse un poco mejor. Lo expresa la propia escritora rusa cuando dice: “yo creía que llegaría a ser alguien, pero no he llegado a ser nadie, sólo he llegado a ser”. Aunque esa frase parece contener decepción, el reconocimiento de un fracaso, resume con acierto el único anhelo razonable de los hombres, la única meta a nuestro alcance. Y lo paradójico, lo gracioso también, es que una vez conseguida, pierden importancia las demás. Las que pudo haber antes. Las que nos entorpecieron mientras tanto. Todos los afanes absurdos que pudieron confundirnos por el camino.

Siempre que se habla de intriga en literatura, pienso en una variante de ese mismo concepto. Me refiero a la curiosidad que despiertan en el lector los libros de memorias. Sé que es una sensación diferente y, sin embargo, yo la disfruto de lo lindo. Esas veces, me urge averiguar cómo vivió la persona, cuáles fueron sus problemas, con qué actitud los abordó, qué enseñanza extrajo de ellos, qué consejos nos da a quienes todavía estamos aquí.

Ah, y con esos argumentos se logra a menudo tanta tensión narrativa como en cualquier historia de ficción.

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Toda una vida, Robert Seethaler

La literatura nos recuerda quiénes somos, qué somos. Por eso, aparte de libros que cumplen otras finalidades, de vez en cuando necesitamos historias que nos devuelvan esa noción básica. Que nos retrotraigan a una especie de lección elemental sobre nosotros mismos. Sería algo parecido a esas limpiezas en profundidad que practicamos cada cierto tiempo en un cuarto, en una casa, en cualquier habitáculo donde hayamos acumulado trastos inútiles. Sí, porque después de haberlos apartado y tirado, lo que queda es una dotación mínima, algo que podemos considerar suficiente. Aquello con lo que deberíamos conformarnos.

No es fácil que una novela lo consiga. Me refiero a esa capacidad de reflejar nuestra condición de una manera desnuda. A menudo ocurre que, al crear personajes, al situarlos en épocas y lugares, al asignarles una vicisitud, el autor se excede. Empieza a añadir datos e informaciones, a incluir objetos y a personas, a inventar hechos y desenlaces, y de ese modo, sin darse cuenta, va alejándose de lo fundamental.

En Toda una vida, Robert Seethaler nos remite al principio. A través de su protagonista, Andreas Egger, nos cuenta cómo es el Hombre una vez despojado de todo lo superfluo. No en el sentido de propiedades o bienes materiales, sino de ambiciones, pretensiones, exigencias, afanes, planes y ansiedades. Por medio de una serie de circunstancias biográficas que lo propician, el autor imagina una figura intemporal que, sin embargo, continúa siendo un ser de carne y hueso. Su criatura es un habitante más de los valles alpinos en la Austria del siglo XX, pero es también alguien que existía mucho antes y que existirá mucho después de su tiempo. Es alguien que vive al margen de los parámetros convencionales. Alguien que, encajando naturalmente en un espacio concreto, lo sobrepasa, va más allá de él. Es alguien que viene del pasado y que camina sin prisa hacia el futuro. Es alguien que, sin necesidad de saberlo ni de reflexionar sobre ello, representa la esencia del ser humano.

Egger acepta con resignación lo que le ocurre. Se adapta con serenidad a lo que sucede. Su actitud no tiene nada que ver con la indiferencia ni con el cinismo. Sufre la muerte de su mujer y las privaciones de toda clase que le depara el destino, pero permanece de pie como un árbol. No mira hacia adelante ni hacia atrás, salvo esos breves intervalos donde hace un balance positivo, siempre benevolente, de su pasado. Su mirada se tiende hacia el paisaje, hacia las montañas y los valles que le rodean. Contempla esa belleza y la almacena en su alma para disponer de ella cuando no la tenga cerca. Por lo demás, su vista se concentra en lo inmediato, en lo perentorio, en la labor que desempeña en cada ocasión. Y gracias a ese modo contenido, a esa ausencia de dramatismo, a un asombro propio del Primer Hombre, Andreas se convierte en un cristal transparente a través del cual el lector ve pasar los años, los sucesos, los descubrimientos. Ve desfilar ante sus ojos la guerra y la paz, la industria y el progreso, todas las pulsiones legítimas o miserables de los individuos.

Cuando se logra un personaje así, debe de ser muy difícil “obligarle” a morir. Hay que conseguir una muerte que esté a la altura de lo narrado hasta entonces. Que sea digna de aquél. También en eso acierta Seethaler. Sí, porque, en una escena parecida a la de Stoner, la obra de John Williams, el autor austriaco describe de forma conmovedora los últimos instantes de Andreas. Y si en este caso la emoción es aún mayor, se debe a que con él desaparecemos todos un poco. Se extingue por un momento la raza humana. En unos segundos se apaga una vela, se detiene un corazón, se enfría un cuerpo, y de pronto, nosotros, los lectores, gracias al ejemplo de Egger, somos conscientes de lo grandioso que es vivir, de la inmensidad de la vida.

Me gusta mucho cómo termina esta novela. No, no me refiero a lo que acabo de contar. Pienso en ese viaje en autobús del último capítulo, en el trayecto de vuelta. En la alegría que siente Andreas al reconocer su pueblo, al ver la nieve de nuevo, al regresar a casa. Pienso que, igual que él cuando se reencuentra con todo eso, yo me noto tranquilo cada vez que leo una historia como la suya. Vuelvo a recordar el motivo, lo que se me ha perdido en los libros, y sonrío a solas como un niño con un secreto.

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Pájaros en la boca, Samanta Schweblin

Necesito siempre los cuentos, esta disciplina narrativa, pero sobre todo cuando me pongo a escribir. Justo antes de empezar. En esos minutos previos a la tarea, me conviene un texto corto que sea al mismo tiempo autónomo, suficiente. Y no sólo eso. Para poder arrancar con lo mío, me ayuda un despliegue de frases y palabras cuyo eco permanezca durante un rato en mi habitación.

Lo mejor que puede decirse de un libro de relatos es que su autor, su autora, conoce el género. Que ha entendido en qué consiste. Sí, porque luego, en los confines del volumen que los reúna, pueden suceder muchas cosas. Puede ocurrir que algunas historias queden amputadas. Interrumpidas de modo inoportuno. En un instante donde todavía hay recorrido posible. Puede pasar que otras se alarguen demasiado. Que en ellas el autor se complique la vida sin motivo. Todo eso se da habitualmente y, sin embargo, la misión se cumple desde el momento en que aquél demuestra estar moviéndose en un espacio familiar.

Es el caso de Pájaros en la boca. Lo empieza a ser en los títulos. No sólo en el que da nombre al conjunto, sino en Papá Noel duerme en casa, Agujeros negros, Cabezas contra el asfalto o Un gran esfuerzo. Ya ahí, el lector acostumbrado a este tipo de prosa tiene la sospecha de que el libro va por buen camino. En la intimidad de su cuarto, más allá de las páginas, ve incluso a la escritora guiñándole el ojo, enviándole una señal. La oye diciéndole en un susurro, en un idioma que sólo entienden ellos dos: “Acompáñame adonde tú ya sabes”.

¿Que cómo es ese lugar? Oh, es un sitio diferente. Y para serlo no necesita efectos especiales. No le hacen falta monstruos, ni bestias ni criaturas espantosas. No es un universo de gritos, ni de sangre ni de maneras sutiles de asesinar a nadie. Se trata de un mundo que en gran medida nos resulta conocido. Lo habita gente como tú y como yo, como nosotros. En él hay hombres, mujeres, animales y plantas. Hay casas, coches, calles y oficinas. Hay ciudades y campo, empresas y familias, personas de toda clase esforzándose por vivir.

Así que lo distinto es otra cosa. Lo que Schweblin aporta es un giro extraño en el transcurso de una acción cotidiana. Es una pregunta de más en una conversación de cada día. Es una respuesta inesperada en ese mismo diálogo. Es un comportamiento peculiar en los límites de la costumbre. Lo vemos en la chica que se alimenta de pájaros vivos, en el operario que cava un pozo sin explicación, en el amante disfrazado de Santa Claus o en el dueño de un bar que no puede coger las bebidas del fondo de un frigorífico. Sí, en todos esos contextos realistas hay un momento en que las situaciones se tuercen o se desvían, se complican o se enrarecen, y entonces nace la historia.

Al principio puede notar incredulidad. Me refiero a quien lee por primera vez este tipo de relatos. Puede sentir incluso un conato de rechazo. Ah, pero es un intervalo irrelevante. Y es que enseguida va a cambiar de parecer. No, no se relaja, pues Samanta va a encargarse de que la tensión se mantenga hasta el final. Permanece alerta y, sin embargo, ya empieza a aceptar. De pronto, entra en el juego de la autora argentina y asume naturalmente, sin escándalo, esa distorsión deliberada que ella propone. La acoge, la entiende y a partir de ese instante será capaz de observar de otra forma a los individuos, las escenas, los paisajes y los objetos.

He ahí la segunda parte. Lo que nos devuelve al inicio. A la realidad de la que salimos. Ocurre que, a través de todos esos incidentes minúsculos, de esos conflictos pequeños narrados en el libro, hemos aprendido cosas nuevas de nosotros mismos. Del ser humano. De nuestra existencia singular en la tierra.

Quizá por eso recurro a ellos. A los cuentos. A menudo, pero sobre todo antes de escribir. Los abro y, cuando son buenos como los de Pájaros en la boca, siempre encuentro dentro esas expresiones que funcionan en mí como una contraseña, que me llenan de perplejidad.

 

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