He leído que no mueren las almas, Anna Ajmátova

Me he encontrado con la autora rusa en uno de los puentes sobre el Neva. Es una tarde soleada de julio. Ahora estamos apoyados en la barandilla mirando hacia el agua y hacia los confines de la ciudad. Desde aquí, San Petersburgo es un lugar magnífico. Como aún es temprano y todavía no hay mucho tráfico, la señora Ajmátova y yo podemos conversar tranquilamente sobre su poemario.

Tuve que contenerme desde el principio. Llevaba conmigo demasiado dolor. Con un exceso de sentimiento no es posible escribir. Ni relatos ni poemas. O, mejor dicho, hay un ánimo propicio para ello, pero al mismo tiempo uno debe distanciarse del objeto, del contenido, del fondo trágico que desea transmitir.

Usted incluye en el volumen dos textos distintos, motivados por impulsos diferentes y, sin embargo, el lector advierte en ambos una misma manera de cantar.

Estoy de acuerdo en que se trata de un conjunto uniforme. Quizá se distingan en que en la primera parte del libro lloro a mi país, Rusia, su existencia miserable, su destino desgraciado, mientras que en la segunda tengo suficiente con ocuparme de mi hijo. Su encarcelamiento me llevó a las puertas de la prisión todos los días durante diecisiete meses. Pregunté por él cada mañana. Supliqué su liberación sin descanso y más tarde, ya acostumbrada a rogar desde el otro lado del muro, decidí escribir sobre esa experiencia con serenidad.

Supongo que, tal como recoge el prólogo de Réquiem, en ese diálogo que usted mantiene con otra mujer, hay cierto consuelo en el hecho de que puedan describirse estas situaciones.

No sólo porque entonces queda un testimonio de lo vivido, de lo sufrido, sino porque eso significa que aún permanecen en el ámbito de lo humano. Dentro de lo posible. En los confines de lo comprensible. No rebasan del todo el umbral del horror. Desde el instante en que un escritor es capaz de trabajar sobre ellas y convertirlas en un fragmento legible, en un poema, albergamos la esperanza de que no vayan más allá.

Al emplear varias formas personales, yo, tú, ella, nosotros, usted parece repartir la carga de lo dramático entre diversas voces.

Fue algo deliberado. Necesitaba afrontar las cosas desde perspectivas diferentes. A menudo, cuando nos observamos y a continuación narramos por medio de otros pronombres, logramos alejarnos del suceso. De la enormidad de lo que ocurre. De algún modo, ya no somos los únicos en padecerlo, ya no estamos solos en la adversidad.

También me convenía la fórmula de dirigirme a otro. A un interlocutor. A alguien que estuviera pasando por lo mismo, o por algo parecido. En ese sentido, yo era feliz dedicando algunos de los poemas a colegas míos como Ossip Mandelstam o M. A. Bulgakov, escritores que habían sido confinados o ejecutados. Me sentía más cerca de ellos que nunca. Y si por una parte les añoraba como los seres queridos que habían sido para mí, por otra les agradecía que me acompañasen en aquel universo doloroso.

Me gustan los textos donde usted no se ciñe a una métrica rígida, a una estructura tan esquemática, y consigue versos que bien podrían ser frases de un relato.

Entiendo lo que dice. No sé si entonces fui consciente de eso. En todo caso, es verdad que me salieron con mayor facilidad. Creo que hoy perseveraría en esa forma. Intentaría un tipo de estrofa libre en la que ya no me importara la rima, ni la longitud de los versos, ni siquiera el ritmo habitual de la poesía. Creo que no me preocuparía el asunto de los géneros literarios. Buscaría la emoción de la palabra y luego dejaría que otros le pusieran un nombre al resultado.

Empieza a oscurecer en San Petersburgo. Ahora el ruido de los coches nos impide seguir con esta conversación. Antes de despedirme de la señora Ajmátova, de ver cómo se aleja hacia el otro extremo del puente, le pregunto de qué asuntos es imposible escribir, en qué punto enmudece la literatura.

Se calla ante lo obvio. Ante lo previsible. Ante lo demasiado violento. Pero también es bueno que guarde silencio en el fragor de la vida, cada vez que nos baste vivir.

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Peregrinaciones argentinas, Witold Gombrowicz

Estoy en un café de Buenos Aires. He venido hasta aquí para entrevistar al señor Gombrowicz. Él no nació en Argentina, sino en Polonia, pero vivió en este país más de veinte años y, en todo caso, le dedicó algunos de sus libros, el contenido de los mismos. El que vamos a comentar a continuación es un ejemplo de ello.

Necesitaba salir a los espacios abiertos. Descansar un poco de la gran ciudad y recordar que más allá de ella, de sus avenidas y edificios, de su tráfico de automóviles y personas, seguía habiendo un territorio enorme que requería mi atención. Sabía que muchas de las cosas que iba a ver y a vivir no iban a gustarme y, sin embargo, también esa sospecha era algo que yo quería confirmar.

En su recorrido usted se interesa sobre todo por el aspecto humano, por la forma de ser y de vivir de los hombres y mujeres con quienes se va cruzando.

Sí, y quizá en ese punto insistí demasiado en las comparaciones. En comparar al argentino con el polaco, al individuo americano con el europeo. Puede que allí afuera, en la inmensidad casi desierta que atravesé aquellos días, fuese más evidente mi situación. A lo mejor fui más consciente de mi condición de exiliado. Y es que enseguida me sentí lejos de todas partes. No sólo de la capital como único núcleo civilizado en miles de kilómetros a la redonda, sino de toda una serie de ideas, conceptos y paradigmas entre los cuales me había movido y que me habían amparado hasta entonces.

Por otro lado, en esa gira por Argentina se daba una circunstancia curiosa. Ocurría que, de pronto, echaba de menos a la gente. Me topé con extensiones tan deshabitadas que, cuando de repente aparecía alguien, me lo quedaba mirando con estupor, le observaba como a un extraterrestre. Lo paradójico fue que yo había salido de Buenos Aires para escapar del bullicio, de las multitudes, y cuando me vi cara a cara con la Naturaleza en su versión más cruda, empecé a añorar al ser humano.

El lector aprecia asimismo un cansancio en el viajero. Igual que ese turista jubilado que se pregunta a sí mismo qué hace en Iguazú, usted parece no encontrar sentido a tanto desplazamiento.

Por lo que he comentado antes. Pero también por todos esos ratos de tedio y apatía que surgen en un contexto así. Por la capacidad que tiene un camarote viejo o una habitación de hotel para desanimarnos cuando menos lo esperamos. Por la pérdida de la rutina. De esa estructura ordenada de los días que nos permite crear algo valioso. Por el alejamiento de las cosas cotidianas que nos molestan a menudo pero sin las cuales no podríamos vivir.

Y es entonces cuando usted deja a un lado la geografía y los paisajes, las referencias a lo que come o a lo que hace, y se dedica a reflexionar sobre temas como el existencialismo.

Ja, ja. Es verdad que lo cogí con muchas ganas. Tiene que ver con ese agotamiento que hemos comentado, pero también con el propio género del libro, con su espíritu de diario. Al escribirlo, es decir, tiempo después de haber vuelto del viaje, mi cabeza ya había regresado a lo suyo. A sus preocupaciones de siempre. A las cuestiones intelectuales que me importaban en aquella época. Me pareció natural incluirlas en estas peregrinaciones.

Sea como fuere, quiero destacar su estilo. Su manera ágil y desenfadada de narrar. Me ha recordado a su paisano Richard Kapuscinski. En definitiva, hay un momento en que nos da igual el contenido de sus textos, pues disfrutamos con todo lo que usted cuenta.

Le agradezco el cumplido. Yo tampoco soportaba a los autores pesados. Creo que en literatura, tanto en una novela como en un ensayo, en un libro de viajes o en un dietario, pueden tocarse los asuntos más graves o profundos siempre que se aborden con un lenguaje sencillo. Con la máxima claridad posible. El escritor que consigue esa transparencia puede persuadir a sus lectores de lo que sea.

Ya es de noche en la ciudad. Antes de despedirme del señor Gombrowicz, le digo que me habría quedado conversando con él durante horas. Entonces me contesta:

No se preocupe, aquí le espero cuando se muera.

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Cuentos de soldados y civiles, Ambrose Bierce

He viajado hasta Gettysburg, en Pennsylvania, porque quería conocer el Monumento a la Guerra de Secesión levantado en el Parque Nacional Militar. Es una mañana soleada de septiembre. Desde la cafetería del centro de visitantes donde nos hemos sentado, el señor Bierce y yo vemos la explanada de hierba y la franja de bosque donde termina. Le he pedido que nos encontremos aquí para hablar de su libro.

Fue el acontecimiento más importante de mi época. También el de mi vida. Me refiero a la guerra civil. Tenía que escribir sobre todo eso. Sobre lo que había visto y lo que había vivido. Claro que no podía hacerlo tan pronto. No inmediatamente después de las batallas. Había que dejar pasar el tiempo. Esperar a que llegase ese día en que los hechos pierden dramatismo y empiezan a desarrollar una vertiente legendaria.

Se nota que detrás de sus relatos hay un testimonio de primera mano, algo experimentado por el autor. Sin embargo, ¿no cree que esa circunstancia puede perjudicar en ocasiones al texto a efectos literarios?

Entiendo lo que quiere decirme. A veces el haber estado allí entonces, en el lugar y en el momento que sean, impide al escritor ganar la distancia mínima que requiere la literatura. Le encadena demasiado a la realidad. Sin embargo, lo mío fue diferente. Y es que antes de escribir estos cuentos, yo me dediqué al periodismo, publiqué artículos y crónicas que no tenían nada que ver con la guerra. En cuanto a ésta, el haber participado en ella me permitió alejarme de los tópicos habituales, centrarme en aspectos peculiares que nadie imaginaría en un entorno tan sangriento.

Es cierto que hay una desmitificación de la contienda. Supongo que usted quería alejarse todo lo posible del tratamiento que recibe en los manuales de Historia esa clase de hitos.

Y ocuparme de casos concretos. Contar cómo los individuos se enfrentaban en solitario a algo así. Porque toda guerra es un compendio de muchas guerras. Yo quería seguir a un soldado, de la graduación que fuese, y conocer su aventura particular. Su manera de prosperar en medio de tanta destrucción. Su forma de sobrevivir o de morir manteniendo a salvo la dignidad. Quería saber qué cosas había dejado atrás, antes de alistarse o ser reclutado. Las circunstancias que le habían llevado a hacerlo. Quería averiguar cómo se adaptaba al nuevo lugar, al escenario de la batalla. En qué se convertía una vez allí. Hasta qué punto continuaba siendo la misma persona, alguien con ilusiones y esperanzas, con virtudes y defectos. En qué medida éstos seguían activos a pesar de la gravedad de la situación. Sí, quería enterarme de todos esos detalles, de modo que eché mano de mis recuerdos y empecé a inventar a partir de ellos.

Me gustan los fragmentos donde usted describe el paisaje, la naturaleza. Me gusta que los personajes de la mayoría de sus relatos dediquen tiempo a la contemplación, sean conscientes de toda esa belleza en un contexto tan adverso.

Porque hay infinidad de momentos muertos en medio de una guerra. Porque a menudo ésta se interrumpe por razones técnicas o por apatía y quienes la disputan se quedan en una especie de limbo en que ya no hay explosiones, ni escaramuzas, ni enemigo, ni motivos para tenerlo. Entonces los hombres permanecen quietos y callados, sentados junto a un árbol o apostados en una colina, y miran hacia el horizonte sin pensar en nada.

Se ha cubierto el cielo en Gettysburg. Han llegado nubes de lluvia desde el Medio Oeste. Este local ha ido llenándose de gente y ahora al señor Bierce se le ve inquieto y con ganas de marcharse. Yo no quiero entretenerle más, así que me dirijo a él una última vez. Le pregunto qué le pasó en México, si es verdad que se enroló en las tropas rebeldes y que le mataron durante la revolución.

Me uní a ese ejército como periodista, para cubrir aquellos episodios en calidad de reportero y, sin embargo, acabé luchando a su lado. Quizá echaba de menos los días de mi juventud. La emoción de la batalla. A lo mejor añoraba a mis personajes y deseaba un desenlace parecido, un final épico como el que tuvieron ellos.

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