Agostino, Alberto Moravia

He venido a Capri a encontrarme con el escritor italiano. Él nació en Roma, pero ambientó en esta isla del Tirreno la historia de la que vamos a hablar enseguida. Es una mañana luminosa de noviembre. El señor Moravia y yo nos hemos sentado en uno de los muelles del puerto de Marina Grande. Desde aquí se ven las barcas amarradas y, más allá de la bocana, las olas chocando contra los acantilados.

Escribí esta novela corta un día como hoy. A mediados de otoño. Entonces vivía en Roma y debí de recordar con nostalgia las últimas vacaciones. Seguramente llovía y yo echaba de menos el sol y el calor. Quizá, en un intento por regresar con la imaginación a este sitio, calculé mal las distancias y, en vez de desplazarme en el espacio, acabé viajando en el tiempo.

Supongo que se refiere a la evocación del principio de la adolescencia, del final de la infancia.

Que es el gran tema de mi libro. Esa edad en la que todavía somos niños pero ya intuimos lo que vendrá. El inicio de la transformación. Así como nuestra voz se rompe en tonos diferentes, nuestro carácter pierde la estabilidad de los años felices y se desequilibra dando bandazos como un borracho por la calle. Es ahí donde se encuentra mi personaje. En el umbral de un periodo turbulento.

Y en cuanto al entorno donde contar todo eso, yo quería ambientar la trama en un lugar de verano. En un contexto de ocio y de ligereza. Necesitaba una estación en la que los cambios físicos y mentales de un muchacho fuesen más veloces, más evidentes. Una época en que la atracción entre los cuerpos, el componente sexual, jugara un papel relevante.

Sí, el sitio y el momento parecen propiciar un despertar colectivo en ese sentido. Por un lado, el flirteo de la madre de Agostino con el joven del patín; por otro, la relación ambigua del Saro con los chavales de la pandilla y el interés que empiezan a notar ellos por las mujeres en general.

Todo sucede de golpe. Durante esa clase de días en que no hay nada más importante, nada más urgente que dejarse llevar por los propios apetitos. Y esa contraposición entre lo que observa en su madre y lo que experimenta cuando está con los otros chicos explota en la vida del protagonista como un acontecimiento decisivo. Agostino sabe que son distintos aspectos de un mismo fenómeno. Manifestaciones de un cambio inevitable. Sin embargo, las cosas ocurren tan deprisa que él no tiene tiempo de asimilarlas. No ha podido prepararse para ellas. Lo único que puede hacer es reaccionar sobre la marcha, intentar que el impacto psicológico sea el menor posible.

Usted describe muy bien la confusión del personaje, su encontronazo brutal con el universo de los adultos. No obstante, ¿no cree que en algunos pasajes hay un exceso de explicaciones?

Es posible. A menudo el autor subestima la capacidad del lector. La destreza que le permite leer entre líneas, ir más allá de la escena narrada. Teme no ser lo suficientemente claro y practica una especie de escritura defensiva. Prefiere repetirse, insistir en las cuestiones que considera esenciales, con tal de que llegue la idea. Con tal de transmitir de una manera solvente sus observaciones, su disección audaz de los sentimientos. Entonces comete el error de aportar al texto fragmentos superfluos, de invadir el terreno del lector.

Ya atardece en Capri. Ahora los dos nos hemos callado para contemplar las luces de los barcos y los faroles de los pescadores que han colocado sus cañas en el muelle. Antes de despedirme del señor Moravia, me vuelvo una última vez hacia él y le pregunto cómo se imaginó la madurez de Agostino. En qué tipo de persona cree que se habría convertido.

Sé que le benefició cruzarse con aquellos chicos diferentes. Creo que, gracias a ellos, conoció una realidad distinta, un mundo al que no se habría asomado en otras circunstancias. Seguramente formó parte de la pandilla durante varios veranos, y el contraste entre ese entorno semisalvaje y su vida de muchacho rico, de joven privilegiado, le enseñó muchas cosas. Le hizo un hombre de verdad.

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Poemas de amor, Anne Sexton

Me he desplazado hasta Wellesley, a las afueras de Boston, para conversar con la poeta norteamericana. Es una mañana de octubre, un día del verano indio en Massachusetts. La señora Sexton mira con curiosidad hacia la calle a través del ventanal del café donde nos hemos sentado. De vez en cuando, parece recordar que no está sola, pues vuelve a fijarse en mí como al principio. Entonces yo aprovecho uno de esos momentos para preguntarle por su poemario.

Quise poner por escrito todos mis encuentros. Ya había publicado varios libros de poesía, pero ahora necesitaba ser más explícita. Recurrir a mis experiencias. Necesitaba evocar mis coqueteos y mis citas, mi vida sexual al margen del matrimonio. Quizá por eso, más tarde, cuando llegaron los críticos con sus cuadernos y sus argumentos, se lanzaron a por mí con más ganas que nunca.

Desde las primeras páginas, se aprecia en su voz una atención especial hacia el propio cuerpo. Hacia las partes del mismo en reposo, pero también en movimiento.

Cuánto disfruté con esa observación. Porque antes de convertirse en verso y en estrofa, en palabras con rima, la mirada fue sólo mirada. Una contemplación de persona miope. Un regreso a lo cercano, a lo orgánico, a lo que palpita junto a cada uno de nosotros. Yo dirigí la vista hacia mis manos y hacia mis piernas, hacia mi pecho y mis caderas. Y aunque había cierta incomodidad en el ángulo que requerían mis ojos para ver todo eso con detenimiento, luego pude recoger lo valioso. El resultado de aquella pequeña tarea. Extraje conclusiones sobre mí como objeto y supe que entonces ya estaba preparada para la abstracción.

De algún modo, usted se examinaba para poder amar. ¿No es así? Para saberse digna de lo que venía a continuación.

Pero con una dignidad más física que moral. Con una solvencia del cuerpo para comportarse como cuerpo. Una vez demostrada la capacidad de mis miembros para notar la caricia, el beso, el arañazo y el temblor, ya podía irrumpir el sentimiento. Claro. Porque en ese caso, si alguien me reprochaba un exceso de ideas, una huida prematura hacia lo afectivo, yo podía enseñarle mis credenciales. Contarle mi pasado. Mi esfuerzo reciente. Yo podía levantar la cabeza con gallardía y decirle que mucho antes de ser una mujer amando, había sido una mujer reaccionando al roce, al encontronazo brutal con las cosas.

Sus poemas están llenos de refugios: de casitas, de cuevas, de habitaciones diferentes.

Lugares donde se concreta el amor. Espacios siempre provisionales. Más allá del mundo de los otros. Dentro de ellos, los amantes son conscientes de que en cualquier momento pueden llamar a la puerta. Saben que, por muy intensos que sean esos ratos que comparten, están destinados a un final aciago. Tarde o temprano, se conocerá su paradero, el de los dos cuerpos desnudos que se han unido para jadear. Llegará el marido, o el propietario, o el encargado o el policía, y esa fiesta inofensiva será castigada con dureza como una infracción de la ley.

¿Y qué ocurre después?

Oh, nada bueno. Pero ya no importa. No, porque lo esencial ya habrá sucedido. Lo que queda es una copa vacía, o un dibujo o una nota escrita que no leerá nadie. Serán pruebas de un acontecimiento difícil de explicar. Ellos, los protagonistas, apenas acertarán a describirlo, se perderán en balbuceos al intentarlo. Y los demás, todos los que no estaban allí para vivirlo, se inventarán una historia sin interés ni emoción, un episodio vulgar narrado con tono mezquino.

Es mediodía en los alrededores de Boston. Ahora, en los comienzos del otoño, imagino lo que pasó hace muchos años por la misma época, en un octubre tan cálido como éste. Imagino a la señora Sexton metida en un coche, en el garaje de su casa. La imagino cerrando las puertas, poniendo el motor en marcha, dejando que el humo la envuelva, desvaneciéndose del todo. Sí, mucho tiempo después, abstraído en esas imágenes, hago un gesto para evitarlo, para abrir una vía de aire, pero mi mano se detiene a medio camino. Torpe como un hombre interrumpido en el amor.

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El año de la liebre, Arto Paasilinna

Estoy sentado en las escalinatas que hay a los pies de la catedral luterana de Helsinki. Es una mañana soleada de julio. Con la luz de verano, la piedra blanca del edificio resplandece más que nunca. A mi lado, el escritor finlandés mira con curiosidad a los turistas y sonríe sin decir nada. Yo dejo que se relaje durante unos minutos y luego me vuelvo hacia él para preguntarle por su novela.

Disfruté mucho escribiéndola. Me lo pasé tan bien como Vatanen, el protagonista. Además, aproveché la ocasión para viajar por el país, para recorrerlo de un extremo a otro. Entonces hacía tiempo que no me movía de casa, así que el libro fue un buen pretexto para volver a encontrarme con los paisajes y la gente de mi tierra.

El atropello fortuito de la liebre y la decisión de Vatanen de recogerla y curarla es el elemento desencadenante de todo lo que ocurre después. Lo curioso es que, a pesar de vivir un año entero con ella, no llega a ponerle nombre.

Al principio quise que lo hiciese. Pensé que era lo habitual en una situación así. Más tarde me di cuenta de que la mascota mantenía mejor su valor simbólico de esa manera. Llamada con un término genérico.

Por otro lado, el encuentro con la liebre es más revelador en relación con el pasado del personaje que con su futuro. Con la existencia que ha llevado hasta el momento. Es verdad que determina lo que le sucede a partir de ese día y, sin embargo, significa sobre todo el final de muchas de las cosas absurdas y banales que ha tolerado el periodista. Un punto de inflexión. Una especie de caída bíblica del caballo. De golpe, en medio del bosque, Vatanen comprende que se ha comportado como un estúpido durante gran parte de su vida.

Su periplo errático por Finlandia le permitió a usted como autor trazar un retrato del país, tomarle el pulso en una época concreta.

Quise hacerlo en clave cómica. A través de una serie de figuras peculiares. Era un modo indirecto de abordar los problemas, los asuntos importantes. En cierto sentido, Vatanen es como el Principito en el relato de Saint-Exupéry. Y quizá la liebre sea el cordero. Sí, hay un paralelismo entre ambos libros. Los personajes con los que se topa mi protagonista son tan extravagantes como los descritos por el pequeño príncipe. Su forma de tratarles es similar. Yo los exagero para que el lector vaya más allá de lo aparente. Para que trascienda el envoltorio grotesco de cada individuo y vea en él un corazón atribulado, una pena en marcha, un sueño por cumplir. Para que, observando a todos esos hombres y mujeres perdidos entre lagos y bosques, intuya lo que ocurría o lo que no funcionaba entonces en ese territorio de Escandinavia.

En un tiempo en que predominaban en Europa las novelas con carga ideológica y formas experimentales, debió de sorprender la suya, sencilla y sin pretensiones.

El escritor no debe hacer caso de las modas. Ni de lo que reclame el público en general. Debe seguir su propio camino. Dejarse llevar por su olfato estético. Por las voces que susurran en su cabeza. Bajo esa premisa, yo un día imaginé a Vatanen y quise conocerle mejor. Quise saber si era capaz de romper con todo y adentrarse en la espesura. Averiguar hasta qué punto necesitaba convertirse en alguien diferente. Así que le hice bajarse del coche en el primer capítulo, buscar a la liebre que había atropellado su compañero, y alejarse con ella hacia un universo nuevo, hacia un lugar donde no había estado antes.

Y para narrar todo eso me bastaba un estilo claro, un discurso al alcance de cualquiera. En cuanto a las ideas de fondo, prefería que las pusiera cada lector.

Atardece en el centro de Helsinki. El señor Paasilinna parece más inquieto que al principio. Entonces, cuando voy a preguntarle por la causa, él se anticipa y se dirige a mí una última vez.

Hay algo que no me gusta de la novela. Algo que hoy quitaría, que escribiría de otra manera. Me refiero a los episodios del cuervo y del oso. Ya no los mataría. Ya no permitiría que Vatanen los matara. No, ahora dejaría que los persiguiera entre los árboles, pero luego ellos escaparían y seguirían viviendo con toda su dignidad de criaturas salvajes.

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