Aquí no hay Ptolomeos ni esto es Alejandría, aquí campan los alegales y esquilman a los legales. Aquí estamos los que pagamos impuestos, viendo cómo se les permite todo a quienes no los pagan.
E N el pueblo no han abierto una gran biblioteca. Hubieran ido los vecinos a pedirla, pero, con buen criterio, las autoridades competentes, que de mercadear cultura saben un huevo de pato (vale, otro de pata), les habrían aplicado su retórica: ¿Para qué queréis una biblioteca?Y hubieran tenido razón.
Nadie imagina al personal preguntando en Pamplona y en otros puntos de la católica geografía foral por dónde se va a Badostáin para, a continuación, correr a encerrarse en su biblioteca. No acabo de verlo claro. Las bibliotecas son reductos de conocimiento apilado que alimenta a cuatro espíritus ávidos de saber, no son instalaciones capaces de atraer al público, de generar movimiento o, por mejor explicarlo, de procurar negocio. Por eso, no han abierto una biblioteca. Mi abuelo, que fue maestro de ese pueblo, se haría cruces al ver hacia dónde ha caminado el futuro, pero, pienso yo, le impresionaría -mucho más que Internet o los iphones- la reconversión de aquella casita ubicada junto al Camino Viejo en una fábrica de plusvalías horizontales. Pobre abuelo, enfrentándose cada día a niños de todas las edades, en un maremágnum ajeno a todo método lógico de docencia, intentando que al menos supieran lo básico, y enfrentándose a su magro sueldo de maestro nacional y, todo hay que decirlo, a su propio nieto, yo mismo... Pobre abuelo, de tan rígida moral, jamás pudo soñar la deriva del Badostáin del XXI.
De repente, al pueblo comenzaron a llegar coches extraños, avisados por los papeles -eres lo que anuncias- y desde la ventanilla sus dueños preguntaban por tal dirección porque, aunque no sea la capital de Estados Unidos -como le cantan a Calahorra, el pueblo va camino de parecerse a Washingtón - la gente no quiere perderse y lo mismo da que les informes: Oiga, que aquí no hay una gran biblioteca, ni un museo, ni un triste bar, ni nos alcanzan los festivales de Navarra, ni nada de nada. No importa, todos llegan con una idea fija entre las piernas, exigen saber dónde. No cuenta demasiado, al parecer, que los niños vean limitada su libertad de jugar, coartados por un trasiego de gente que no es muy normal, si por ello entendemos la circulación habitual de vecinos. Pero, ¿a quién le preocupa el problema, si todo lo que ocurre es alegal? Somos tan desahogados con nuestras leyes que, cuando no las hay, le ponemos una a delante a la ilegalidad y nos quedamos satisfechos. Inventamos situaciones para las que no existe remedio, y nada importa que se lleven por delante la convivencia, es decir, habría palos si maltrataran la coexistencia de un montón de votos o si aquí viviera un juez. Pero no, ninguna de esas circunstancias concurre, y así tenemos que una zona residencial se prostituye en favor de un negocio alegal, al que no le mete mano ni la temida Hacienda. Y si el fisco hace las carreteras para todos los que contribuyen, ¿por qué circulan por ellas los alegales? Que vayan a buscar las acarreteras, y acudan a la asanidad, ¿no? Entre tanto, la alegalidad sigue eludiendo dinero negro por un tubo. Ellos pueden hacerlo, pero que Dios te ampare, contribuyente de mierda, como te descuides en hacer la declaración de la renta, para eso te hicieron legal. Eres legal como tu nómina, so imbécil.
Llega gente al pueblo, y no son fiestas. Algunos se tapan la cara con disimulo mientras avanzan hacia el chalé alquilado, porque la pela es la pela -la fama, para los escoltis polacos, y aquí, a cardar la lana- y no importa si la promotora del asunto toma el nombre de un monasterio, eso no obliga a la pobreza. Ni a la castidad.
Unos clientes muestran su limitado poder adquisitivo, tardan veinte minutos en emprender el regreso hacia el papel de padres correctos o hijos amantes. Otros se estiran casi una hora, serán gentes de más posibles. ¡Ay, Badostáin!, ahora que habías renegado de la bosta de vacas y bueyes, cuando tu suelo es adoquín limpio y moderno, ahora que te han puesto el gas natural en el morro de la cocina, en estos tiempos de sabañones desterrados, de piscinas y de eras de trilla edificadas., cuando te las prometías tan felices por la cercanía, cada vez mayor, a la capital..., en tiempos de calidad de vida oficial, te han metido de lleno en la Redglobalizada, y tu nombre puede cliquearse con el ratón de la tecnología punta. Allí te buscan los navegantes digitales porque ya eres una referencia en las soledades rijosas de la noche, o de la mañana, qué más da si el servicio cubre las 24 horas. Por cierto, ¿habrá un problema social en medio de toda esta alegalidad? ¿O la alegalidad seguirá protegiendo estas explotaciones de solomillo que no entran, precisamente, en la Ciudad de la Carne?
No, no han abierto en Badostáinuna biblioteca, este pueblo no es Alejandría. Pero nadie imaginó nunca -ni los más intelectuales del lugar- que el progreso sería... una casa de putas.
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El periodista de Diario de Navarra, Francisco Javier Zudaire.
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