Alcohol. Peleas. Caídas... Los dos módulos prefabricados, al otro lado de la carpa, se transformaron en un improvisado servicio de urgencias...
SON las 22 horas de un viernes seis de noviembre pasado por agua y barro. Hace 14 horas que ha empezado la juerga en la carpa universitaria y la algarabía continúa sin tregua ni descanso a ritmo de batukada. Muchos han empezado a las ocho de la mañana con el campeonato de muchos y , otros, abordan el casco de lona blanca por primera vez ahora. Lo hacen cargados de bolsas de plástico y botellas con todo tipo de bebidas alcohólicas.
Las han comprado en la gasolinera más cercana frente a la Policía Foral. Llueve con fuerza. El termómetro marca 8 grados. El camino que desciende hasta la carpa es un abrevadero resbaladizo. No importa. Todos lo bajan eufóricos. El perímetro es un inmenso lodazal. Antes de entrar, se ajustan la ropa de abrigo a la cintura, y se sumergen entre la marea de miles de brazos en alto. Este año se cree que la afluencia de jóvenes ha disminuido por el tiempo y la crisis.
Mientras unos escapan del alborozo en busca de una bocanada de aire y se dirigen al único emplazamiento donde venden comida, otros, disimuladamente, se arriman a la valla metálica que separa el corazón de la fiesta de dos misteriosos barracones de obra. Los urinarios móviles son una larga lista de espera bajo el diluvio. Los dos pequeños barracones de obra, dos prefabricados modulares, cobijan el operativo de 25 voluntarios que ha desplegado la Asamblea Local de Cruz Roja en Burlada.
"Llamad a su padre"
Dos voluntarios de la Cruz Roja cargan con Idoia, de 18 años, que a duras penas se mantiene en pie. La tumban en la camilla del barracón número 1. Cae inconsciente. "¡Idoia! ¿Escuchas?". La médico de la Cruz Roja, Gemma Lacuey, y la enfermera, Nekane Apostua, intentan reanimarla. "Intoxicación de sangre muy alta", apuntan. A Idoia le acompañan dos amigas. "Hemos llegado a las siete y media y el problema es que no ha cenado nada", revelan. Su pulso es aparentemente normal. "Sus padres tienen que venir a recogerla y llevarla a casa", inquiere Gemma. Las dos amigas se abrazan. Lloran: "No puede ser. No se puede quedar aquí hasta que se recupere... si no reacciona. No se le sostiene la cabeza", expresan. "Es lo mejor para ella", apuntan las voluntarias. Tiene que dormir en casa". No les queda otra solución. Cogen el móvil y marcan el número de sus padres. No contestan. Lo intentan en dos ocasiones. No hay señal. Al final, les devuelve la llamada. "Soy María, la amiga de Idoia. ¿Puedes venir a recogerla? No se encuentra bien", cuelga. Diez minutos después, su padre ya está en la carpa. Les hace una llamada perdida. "Ya está fuera", señalan en el barracón. Varios voluntarios sacan la camilla.
En ese momento entra Tania, de 16 años, con un fuerte ataque de ansiedad. Ha discutido con su novio, tres años mayor. "Le he pillado con otra", Tania habla entrecortada por la congoja. Leire Recio, ATA ( Auxiliar de Transporte en Ambulancia), habla con ella. Le tranquiliza. Tania tiembla de frío. Le cuesta respirar. Nekane, la enfermera, le coloca una mascarilla de oxígeno. Tania parece que se relaja. Agarra el bolso, alcanza el móvil, y escribe un mensaje a sus padres. Tenía que estar en casa a las once. Llegará más tarde. Son las 22.45 horas.
Eduardo Canamero Martín, coordinador del operativo, irrumpe en este pequeño hospital improvisado. Intenta comunicarse por móvil: "La red está colapsada". Al final lo consigue: "Tenemos abierta la Samu y la ambulancia medicalizada". El sonido de la música de la batukada sucumbe al coincidir con las paredes endebles de estos módulos prefabricados. "Este año se oye menos el sonido de la carpa", apunta Eduardo.
El extrarradio de la valla es un flujo de gente constante. Sigue lloviendo. Las ruedas de las ambulancias resbalan entre el barrizal. Con ayuda de palés, varios voluntarios de la Cruz Roja y miembros de la organización empujan hasta sacarlas.
A las 23.00 horas, el segundo barracón se convierte en un sumidero de vomitonas. Seis jóvenes duermen la mona en el suelo, encima de una camilla, cubiertos con mantas y con las cabezas dentro de palanganas azules. Asier Gascón s (ATA) les toma el pulso. Alguno se resiste. Prefieren no moverse. Irantzu, de 18 años, es la única que se quiere ir a bailar. Su novio se lo impide. Tiene la tensión por lo suelos. A su lado, Haizea, vomita una y otra vez sobre sus botas. El balde está a sus pies pero no acierta a cogerlo. Un voluntario se lo arrima. Toma la fregona y limpia el suelo. "¡Estoy bien!¡Dejadme ir!", insiste Irantzu. "¡Esto me pasa a menudo!¡Sólo he fumado porros de marihuana!"
A medio metro, Rubén, de 19 años, no para de tiritar bajo una manta amarilla. Es estudiante de "teleco". Sus tres amigos no se despegan de su lado. Le miran. En silencio. No tardarán en desplazarle al hospital. Ainara, de 18 años, aparece con un corte en la rodilla. Leire Recio, la auxiliar que se encontraba en el primer barracón, le cura.
"¿Por qué sois tan cabrones los tíos?",gimotea Haizea. Su amiga le acerca el balde azul. "¿Qué ha bebido?", le pregunta Asier. "Ginebra con naranja. Pero no ha cenado". Haizea recupera por unos minutos la lucidez: "He estado muy nerviosa por los exámenes. Estudio segundo de bachiller". Asier y Leire toman de nuevo el pulso a Irantzu. No cambia: 8/4. "¡Quiero fumar un cigarro!", persevera. "Estoy muy mareada", tartamudea Haizea. Rubén continúa temblando bajo la manta amarilla.
De nuevo, en el primer barracón. Son las 23.45 horas. Nekane desinfecta las heridas en la nariz a Victor. Le han atizado un puñetazo. "No me lo explico", dice el joven. Gemma da ahora puntos en la barbilla a Isabel, de 18 años. Se ha caído de cara contra el asfalto. "Decidme que no me tenéis que dar puntos. Mi madre me mata. ¡Quiero un espejo!". Es de Madrid. Ha venido a Pamplona a pasar la noche en la carpa con unas amigas. La tumban. Ana, de 21 años, también entra en este habitáculo. Le ha brotado por el cuerpo una reacción alérgica. Le acompaña una amigo. Está sobrecogido. "No me extraña que caiga la gente", dice, "sólo hay un puesto de hamburguesas para poder comer algo. Y ahí dentro hay miles de personas bebiendo".
"Estaba sola en el barro"
Son las 00 horas, Gemma y Nekane se quedan vigilantes en el primer barracón y el resto de los voluntarios se congregan en el puesto de coordinación. Rodean a Asier. Le cantan el cumpleaños feliz. La celebración dura un par de minutos. Dos chicas se esfuerzan en acercar hasta el puesto de coordinación a Patricia. "No la conocemos de nada", señalan, "estaba tirada sobre el barro vomitando". Canamero entra a comprobar que todo está en orden. "Por favor, sólo un amigo", asevera." Esto es como una pequeña guerrilla. Hay menos atenciones en comparación con el año pasado. Quizá por la lluvia. Ya hemos pasado el primer pico fuerte, el que va de las seis de la tarde a las diez de la noche. Ahora nos queda el segundo, el de las tres de la madrugada hasta las seis de la mañana".
Son las 00.30 horas. No hay pausa. Segunda pelea. Aparece un chico aquejado del oído. Sangra. Le han dado un puñetazo y ha caído al suelo por el golpe. "¿Has perdido el conocimiento?", pregunta Gemma. Asiente. Isabel, la chica de Madrid con puntos en la barbilla, sigue en la camilla. Del segundo barracón sacan a Rubén y lo meten en una ambulancia. Las ruedas traseras de se quedan varadas en el barro. Empujan. Arranca. La lluvia no cesa. Camanero hace un descanso. Da cuenta de un buen bocadillo que tiene que dejar a medias. Surge otro aviso.
"¡César entra dentro!" Le grita un chico a su amigo que cae al suelo. Los voluntarios Ángel Astiz y Jose Manuel Sarasa le recogen y cargan con él hasta el segundo módulo. Se resiste. "Somos estudiantes de "teleco". Llevamos desde la una y media de marcha. Teníamos comida de con los de la carrera", comenta el amigo que se queda en la calle, bajo la lluvia, sin paraguas y en manga corta. "¿Está bien?" , pregunta afligido. "¡Se nos están acabando las sábanas!", advierte el ATA Carreira. La música electrónica toma el relevo a la batukada. "¡Cuidado con el material!", avisa Eduardo, "que no se ensucie con el barro". Se sienta y termina el bocadillo. Llega un nuevo contusionado por pelea. Le han roto la nariz de un puñetazo. Gemma y Nekane le observan la fractura. Le mandan directamente al hospital.
Son las 02.00 AM. En cuatro horas los 25 voluntarios de la Cruz Roja han atendido a 49 jóvenes. A las seis de la mañana dará por finalizada la décima carpa.
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Un voluntario de la Cruz Roja atiende a dos jóvenes durante la Carpa.
Modulo donde la Cruz Roja ha llevado a cabo las atenciones. Al fondo la carpa. Para poder acceder a los barracones había que hacer auténticos equilibrios por el barro. FOTOS IVÁN BENÍTEZ
Cruz Roja atiende a dos de los 75 atendidos en las 22 horas de fiesta. A la izquierda, una chica por intoxicación etílica. A la derecha, por pelea. BENÍTEZ
La mayoría de los jóvenes atendidos no habían cenado. En la imagen, interior de uno de los módulos.
El coordinador del operativo Eduardo Camanero y la médico Gemma Lacuey asisten a una de las chicas.
Las ambulancias en el barro.
Voluntarios de la Cruz Roja que permanecieron de guardia desde las cinco y media de la tarde hasta las seis de la madrugada. Para la mayoría no es su primer servicio en la fiesta universitaria de la carpa.
Nekane Apostua, enfermera, toma el pulso a Idoia a las diez de la noche.
Un estudiante de "teleco" no se mantiene en pie. Se resiste a ser atendido por los voluntarios.
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